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Alexander Dugin

Rusia ha comenzado a experimentar cambios fundamentales y esto se revela en la actual discusión sobre la existencia de un “partido de la guerra” y un “partido de la paz”. No obstante, creo que tales conceptos son erróneos: quizás era posible usar tales categorías en el 2014, pero ahora se han esfumado.

Primero, no existe un “partido de la paz” en Rusia porque la guerra liquidó esa opción. Occidente aplastará a cualquiera que se encuentre al mando de los rusos y ni siquiera aceptará nuestra capitulación. Por supuesto, la élite occidental sigue haciendo insinuaciones de que negociará con nosotros si nos “deshacemos de nuestro comandante en jefe, nos arrodillemos y pidamos perdón”. Sin embargo, es imposible deshacernos de nuestro presidente y es totalmente falso que Occidente nos va a perdonar.

En segundo lugar, tampoco existe un “partido de la guerra”: podría haber existido, teóricamente hablando, antes del 22 de febrero del 2022, pero no es así. Ahora mismo no tiene sentido que exista, pues estamos en plena guerra con Occidente (y no con Ucrania), por lo que escalar mucho más la situación se hace irrelevante: de todos modos, nada volverá a ser como antes, hemos pasado el punto de no retorno y resulta improductivo seguir forzando los acontecimientos.

Todos los patriotas que luchan en Ucrania, que son leales a Putin y que se consideran ciudadanos de este país podrían ser catalogados como “el partido de la guerra”, pero la actual operación militar especial no fue lanzada por este partido, sino que es una continuación lógica de la historia rusa. No existe nada de individual o subjetivo en todo esto, era un proceso inevitable.

Ahora bien, ¿por qué han aparecido semejantes categorías? Para un país que se ha involucrado en una guerra con el Occidente colectivo y los países no occidentales leales a él debemos admitir que carecemos (al menos hasta ahora) de una estructura política e ideológica que nos permita llevar a cabo esta confrontación: no solo no existe, sino que simplemente no la tenemos. El poder del Estado ruso recae totalmente en las decisiones de un solo hombre y lo que no le interesa o simplemente deja de lado es decidido por otros. Son esos otros los que forman la élite y esta última es totalmente nefasta.

La élite rusa es obediente y bastante dócil (en parte eso es bueno), pero también es completamente inepta, occidentalcéntrica y corrupta: carece de las cualidades necesarias para luchar en una guerra de civilizaciones. La élite rusa está compuesta por cínicos que se han adaptado a cualquier situación con tal de mantenerse en el poder, y además no poseen ninguna clase de cultura, honor, conciencia, lealtad o ideología. Además, la mayoría carecen de habilidades administrativas, sustituyéndolas por sofisticadas estrategias de relaciones públicas.

Es a esta élite a la que se denomina el “partido de la paz” y aunque no defienden la paz no sirven para la guerra. Lo cierto es que son leales al comandante en jefe y no tienen intención de seguir su propia agenda (los que tenían su propia agenda han sido eliminados hace tiempo): los que quedan son los mansos. No obstante, son percibidos de dos maneras completamente diferentes: el comandante en jefe los ve desde arriba como obedientes, mientras que el pueblo los ve desde abajo y los considera traidores y malnacidos. Claro, el presidente de Rusia considera falso que exista un “partido de la paz”, pero es un hecho sociológico que debe ser interpretado correctamente.

La sociedad entiende por el “partido de la paz” la ineptitud de las élites: así es como la perciben aquellos que luchan en la guerra, viven en el campo o desempeñan tareas ordinarias: para ellos es algo completamente obvio. Además, el pueblo no hace tales juicios basados en informes, expresiones faciales, muecas, entonación de la voz o lenguaje corporal. Para el pueblo todo egocéntrico y narcisista que juega con su bigote y dice que todo está mal es considerado por ellos “como un traidor”. El comandante en jefe los escucha y responde: “Eso no es cierto, no existe nadie más obediente…”

El problema subyace en que el pueblo y el comandante en jefe hablan lenguajes totalmente distintos. El pueblo entiende que la élite actual debe ser renovada o jamás alcanzaremos la Victoria. La élite rusa actual no es la élite de la Victoria y realmente no tiene nada que ver con ella. Además, todos los canales de comunicación entre el comandante en jefe y la sociedad pasan por esta élite y, sin embargo, el pueblo considera que estos intermediarios con inadecuados. El pueblo sabe que en medio de una guerra tales autoridades llevaran al fracaso. La culpa de todo recae sobre esta élite: el comandante supremo es bueno, pero la élite es un fiasco.

El Estado necesita movilizar al pueblo para obtener la victoria, pero la élite, de forma arregañadiente, se opone. Esta situación no se resolverá de forma técnica. La guerra con Occidente se está convirtiendo en una guerra entre pueblos y civilizaciones. Los ciudadanos desean que defendamos nuestros valores, objetivos y horizontes. También es necesario explicar estas cosas a los ucranianos de los territorios liberados, porque, siendo sinceros no nos retiraremos ni de Bucha, Irpen, Kiev y Lviv.

Entonces, ¿qué les diremos? ¿Les explicaremos quiénes somos? ¿Qué queremos de ellos? ¿Por qué hemos venido? ¿En qué creemos? A estas preguntas debemos dar una respuesta clara: todos nosotros somos parte de la civilización ortodoxa eslava oriental (euroasiática). Somos un Imperio que representa la Sagrada Tradición y estamos en guerra con la civilización del Anticristo. Vamos a construir un nuevo mundo que sea justo y bello. Todos nosotros somos parecidos y hacemos parte de un todo, ya que no solamente compartimos un común pasado, sino también un futuro común. Debemos construir nuestro sueño juntos. Esto es lo que espera del gobierno no solo el pueblo ruso, sino también quienes luchan a nuestro favor y en nuestra contra. Algunos luchan por convicción y otros dudan sobre nuestras intenciones creyendo que se trata de declaraciones falsas. Pero Rusia es, antes que nada, el último Imperio espiritual que hoy existe, no una empresa o una organización económica. Esto no tiene nada que ver con la guerra o con la paz, sino con el ser y la nada (esto último será nuestro destino en caso de que no hagamos lo que se nos ha encomendado).

Supongo que eso es lo que piensa nuestro comandante en jefe y sé de primera mano que así piensa el pueblo ruso. Todos esperan que digamos las cosas abiertamente. Sin embargo, estas ideas son incompatibles con la élite actual, ya que estas palabras e ideas les son indiferentes. Nuestra economía, cultura, educación, información, gobierno, administración e incluso nuestras fuerzas de seguridad giran alrededor de otras cosas. Nadie dentro de estos campos considera relevante estas aspiraciones.

Los que luchan en la guerra son la vanguardia tanto de Rusia como de Eurasia: en esta lucha está surgiendo una nueva hermandad entre rusos, chechenos, tártaros, daguestaníes e incluso ucranianos, se trata de una verdadera hermandad, la hermandad nacida de la guerra y la Victoria. Resulta imposible prescindir de ellos pues son los representantes de la victoria y no los de la sumisión y el control. Encarnan los valores y los principios espirituales por los que vale la pena morir, sufrir, ser torturado, quemado, cortado en pedazos y mutilado. Son los representantes de algo mucho más grande, importante y profundo, un poder supremo emanado del Espíritu y que se ha encarnado en un cuerpo, un ser tangible y concreto que toma la forma de una Patria, un Pueblo, un Poder y una Fe.

Frente al nacimiento de este Espíritu la élite actual se desmorona frente a nuestros ojos: no está preparada para semejante situación, solo sabe ser obediente, algo que resulta insuficiente frente a los retos que enfrentamos. No necesitamos de la obediencia y el acatamiento, sino del despertar de la voluntad del Pueblo, una fuerza que viene de las profundidades del Espíritu: es esta fuerza la que puede iluminar, esclarecer y purificar a nuestra élite (la cual no está compuesta exclusivamente por canallas) o barrerá con ella.

Ser lanzado al cubo de la basura de la historia es sin duda malo, pero nuestros enemigos son buenos sociólogos. Ellos saben muy bien esto y quieren utilizarlo a su favor: quieren que el despertar de la voluntad rusa – los patriotas – se vuelva contra Rusia. El golpe que se le dé a las élites rusas actuales en semejantes condiciones militares tendrá un sentido muy diferente. Hace parte de la guerra híbrida.

Ahora debemos hacer exactamente lo contrario de lo que decidimos, por lo que congelar todo sería igual a “no cambiar de caballo mientras cruzamos la encrucijada”, como dice un viejo dicho. Nuestros enemigos esperan eso y la creciente indignación del pueblo solo aumentará mientras eso no pase. No cambiar nada significa destruirlo todo: los “partidarios del statu quo” son los representantes del “partido de los traidores” y no los que quieren la paz. Son ellos los que temen el despertar del pueblo y que este se convierta en un sujeto. En definitiva, la élite rusa no nos está llevando hacia la paz – pues la paz es imposible ahora –, sino que nos impide la victoria: son el “partido de la derrota”, aunque este es un asunto totalmente distinto.

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