Alexander Prokhanov

Ha enriquecido la conciencia rusa con una multitud de conceptos, ha revivido conceptos olvidados y su enseñanza es una contribución preciosa a la metafísica de la conciencia

Traducido por Vicente Quintero

¡Estimado Aleksandr Gelevich! Tus sesenta son los seiscientos bíblicos. Durante estas seis décadas, has logrado lograr algo más allá del poder de una persona común. Eres el creador de todo el mundo, al cruzar el umbral del cual, una persona se transforma. Empiezas a ver lo invisible, a escuchar los zumbidos tectónicos de la historia, a sentir cómo van cambiando los dibujos de los límites y contornos de los continentes. El Señor te ha otorgado el don de ver el núcleo profundo de los fenómenos. Así parece que tú, alejándote de lo terrenal, te elevas a la altura, donde lo terrenal y lo material se convierten en lo ideal; adquieren su verdadera forma y significado. Y, habiendo comprendido estas formas y significados, devuelves el fenómeno del cielo a la tierra en su forma transformada y espiritualizada.

Nuevo día

Has enriquecido la conciencia rusa con una multitud de conceptos, has revivido conceptos olvidados. La enseñanza de los mismos es una contribución preciosa a la metafísica de la conciencia rusa.

Te reconocí cuando tú, todavía muy joven, casi joven, cruzaste el umbral del diario "День". En ese momento, los fragmentos del comunismo perecido volaban y silbaban. Parecía que cuando estos fragmentos chocaban, solo podían surgir polvo y caspa histórica. Pero usted traía una novedad asombrosa, una belleza mental asombrosa a День. Después de usted, muchos empezaron a repetir palabras como atlantismo, mundialismo, geopolítica; nombres como Karl Schmidt, Mackinder, Samuel Huntington.

Recuerdo cómo cruzaste, Duguin, el umbral de la Academia del Estado Mayor como un joven intelectual extravagante y embriagó a los sabios generales soviéticos con su elocuencia, su intelectualismo. Con su ayuda, publicaron un libro de texto sobre geopolítica, y por primera vez apareció una dirección geopolítica en la conciencia estratégica de los militares rusos, la que guía el comando político-militar ruso hoy, considerando el espacio europeo, asiático y africano como direcciones de la expansión rusa.

Tú trajiste a Moscú a toda una cohorte de "nuevos derechistas" europeos que se preservaron en medio del venenoso liberalismo europeo, con la esperanza de encontrar sus ideales conservadores en Rusia. No los encontraron entonces, pero estos ideales, gracias a usted, Aleksandr Gelyevich, están echando raíces en la política rusa actual. Ha introducido el concepto de "eurasianismo" en el habla común de los rusos. Tú, un imperialista ruso, has formulado el concepto de un nuevo imperio euroasiático sobre las cenizas del imperio rojo. Este concepto es doloroso, pero inevitablemente es implementado por el actual gobierno ruso.

Ante mis ojos, en la sala "abigarrada" de la Casa Central de Escritores, nació el Partido Nacional Bolchevique de Limonov*, y tú, Aleksandr Gelyevich, fuiste su comadrona. Todo ese impulso floreciente, hirviente y extravagante de Limonov se produjo gracias a su energía y su capacidad para extraer de la historia los preciosos hilos de la alfombra tejida en los viejos tiempos.

Sus trabajos se estudian en universidades de Europa, en la ciudad sagrada de Qom, en los departamentos de las escuelas científicas chinas. Su original trabajo "La Cuarta Teoría Política" es una tremenda contribución científica asociado con descubrimientos intelectuales tanto como con conocimientos prácticos.

La escuela filosófica rusa es impensable sin ti. Eres adorado, ellos aprenden de ti, te siguen. Te odian, te tiran piedras, te sacan de los púlpitos. Pero no los estás buscando: donde estás, aparece el púlpito.

Sesenta años es un microsegundo. Vives por una hora, día, año, eternidad. Una persona rusa debe vivir mucho tiempo. Debes estar a la altura de ese momento delicioso en que el universo se te revelará como reinos florecientes, sobre los cuales "la Vía Láctea ha florecido inesperadamente como un jardín de planetas deslumbrantes".

UN MAESTRO DEL PENSAMIENTO

Maxim Medovarov

Alexander Dugin ha cumplido 60 años este 7 de enero del 2022, que es el día en que los ortodoxos celebran la Navidad. La conmemoración de este aniversario es sin duda increíble, especialmente si tomamos en cuenta la enorme cantidad de libros, artículos, conferencias y discursos que Dugin ha impartido durante los últimos treinta años. Como miembro de la generación que nació y creció bajo la época de Gorbachov, me es difícil articular las palabras adecuadas para felicitar al héroe que hoy celebra su aniversario y al mismo tiempo no caer en halagos o banalidades sin sentido. Se puede decir que soy uno de los hijos espirituales de Alexander Dugin y solo conozco sobre sus peripecias dentro del “Círculo Yuzhinsky”, sus luchas dentro de la sociedad «Pamiat» (Memoria) durante la Perestroika y los primeros años del proyecto Arktogeia por lo que de ello cuentan nuestros mayores.

Una de las cosas que he aprendido de mi contacto esporádico con Alexander Dugin es que él es un verdadero filosofo, tanto por vocación como por pensamiento. Por supuesto, también se puede decir que ha sido reconocido internacionalmente como un poeta, un compositor, politólogo y geopolítico cuyas ideas y predicciones se han ido cumpliendo a lo largo de los años. Pero todas estas facetas se derivan de su pensamiento filosófico: Dugin es, ante todo, un filósofo, más o menos del mismo modo que Evgeny Vsevolodovich Golovin (1), uno de sus grandes maestros, fue antes que nada un poeta.

Alexander Dugin es uno de los pocos pensadores rusos realmente originales e independientes que han surgido en las últimas décadas. Consigno sus primeras reflexiones filosóficas en un manuscrito hasta ahora inédito llamado Los templarios del otro (aunque algunos fragmentos de esa obra han salido a la luz recientemente), en el cual habla sobre la estructura del espacio y la percepción del ser humano (ideas que sin duda son muy parecidas a las de Yuri Vitalievich Mamleev, pero que tienen origines muy distintos) (2) y la misión imposible y necesaria que debe cumplir el Sujeto Radical. Todos sus posteriores escritos no son más que un desarrollo de estas ideas.

Además, Dugin también ha adquirido un enorme bagaje filosófico que va desde la lectura de Guenón y Heidegger hasta el estudio sistemático de Schelling y Brentano, Platón y Aristóteles, Porfirio y Scoto Euriginea. No obstante, toda esta basta erudición solo ha servido para que Dugin expresara el potencial que llevaba en su interior desde su juventud. Las décadas posteriores no fueron sino un preámbulo para enriquecerse con los desarrollos de la filosofía de otras partes del mundo y que le permitieron llegar a una comprensión profunda de muchos autores que han sido malinterpretados y insuficientemente estudiados tanto por los académicos soviéticos como por los rusos (un ejemplo de todo ello sería Heidegger). Por supuesto, ¿qué podrían aportar realmente semejantes académicos a la comprensión del camino filosófico seguido por muchos autores que, como Dugin mismo dice, no es más que la expresión de una guerra que existe en sus almas?

El pensamiento filosófico de Dugin se desarrolló de forma independiente y paralela a las principales corrientes que dominaron el pensamiento ruso de finales del siglo XIX y principios del XX. Fue a partir de finales de la década de 1990, debido a su lectura de los primeros pensadores eurasiáticos y de la serie de radio Finis Mundi, que el pensamiento de Dugin comenzó a apropiarse de los aportes filosóficos de esta corriente y en los últimos años ha sido una de las figuras contemporáneas que más ha rescatado a estos pensadores rusos (entre los que podemos contar a varios semi-filósofos o verdaderos filósofos como el poco conocido sacerdote Pavel Florensky) asimilándolos a su propia comprensión de la filosofía antigua, europea y asiática. Dugin ha consignado estas reflexiones en programas como “La sofiología como idea de las nuevas élites revolucionarias” y, sobre todo, en el tomo número 28 de “Noomajía” donde escribe acerca del Logos ruso, especialmente en el apartado que dedica a las “Imágenes del pensamiento ruso, el zar solar, el resplandor de Sofía y la Rusia del subsuelo”. Fue así como Dugin fue capaz de fundir, sintetizar y ligar la sofiología, el eurasianismo, la geopolítica, el tradicionalismo clásico, el platonismo y la fenomenología en un todo que entra en contacto con las reflexiones anteriores de muchos pensadores rusos.

El gran defecto que ha tenido el pensamiento ruso de los dos últimos siglos es el haberse dividido en un ala rusofoba-occidentalista, que reniega nuestras particularidades nacionales, y una vertiente patriótica y eslavófila, que desprecia tanto los desarrollos filosóficos del exterior como el contexto internacional. Ambas corrientes terminaron por adoptar características particularmente horripilantes durante la década de 1990. El principal logró de Alexander Dugin ha sido haber hecho volar en pedazos esta división antinatural y reconciliar lo universal (las perspectivas filosóficas universales del pensamiento ruso) y lo particular (el fuego ardiente y abrazador del patriotismo ruso) dentro de un todo. Es por eso que Dugin ha dedicado muchos estudios a la etno-sociología del pueblo ruso, sin hablar de sus muchos análisis sobre las etnias que habitan nuestro territorio o la estructura de nuestro pensamiento. Estas reflexiones las ha consignado en libros como La idea rusa o los volúmenes de Noomajía. La tarea que el poeta Viacheslav Ivanov definió como la síntesis entre “lo nuestro y lo universal” (tarea que Ivanov jamás completo) ha sido por fin lograda por Alexander Dugin de una forma esplendida. Sus ideas no solo son muy particulares, es decir, rusas, sino que han alcanzado un grado de universalidad lo suficientemente amplio como para que sea leído y escuchado en los más diversos rincones del planeta.

Ser ruso significa abrazar el eurasianismo eurasiático y los débiles de espíritu, que no se atreven a pronunciar ni una sola palabra sobre el destino histórico de Rusia como Eurasia Interior o la parte Norte de Eurasia, siempre han retrocedido cuando se enfrentan a semejante reto. De cualquier forma, el eurasianismo hace parte integral del pensamiento ruso: podemos encontrar sus primeras manifestaciones en el pensamiento de Konstantin Leontiev y Vladimir Lamansky, pero no fue sino hasta que los emigrantes rusos en el extranjero como Trubetskoi, Savitski y Karsavin realizaron sus trabajos que el eurasianismo se convirtió en una corriente coherente. Cuando la Unión Soviética se desplomó, lo único que quedaba del eurasianismo eran los libros y memorias que habían dejado sus fundadores. Ninguno de ellos estaba vivo: los discípulos de Lev Gumilev jamás se les paso por la cabeza fundar un movimiento político. Fue Alexander Dugin quien reestructuró el eurasianismo para convertirlo en una ideología lo suficientemente actual como para afrontar los retos del siglo XXI, adquiriendo una dimensión institucional y geopolítica capaz de asimilar las ideas contemporáneas. Es más, Dugin no sólo fue capaz de organizar un partido y posteriormente un movimiento social después de la catástrofe acontecida en 1991, sino que además consiguió que algunos de los dirigentes de la CEI adoptaran sus ideas (aunque de forma burda) y que muchos influyentes pensadores europeos (y ahora de varias partes del mundo) tomaran en cuenta sus reflexiones.

Han pasado más de dos décadas desde que Dugin fundó el Movimiento Euroasiático Internacional (MEI) y la Unión de Juventudes Euroasiáticas (UJE). En ese transcurso de tiempo varias ONG juveniles y de otro tipo han desaparecido, y eso a pesar de que eran financiadas directamente por el Estado. Sin embargo, el MEI y la UJE, que carecen de financiación y apoyo de las autoridades, no solo han sobrevivido, sino que incluso se han hecho mucho más fuertes gracias a que algunos de sus miembros han recibido su bautismo de fuego en Siria y el Donbass. De hecho, las actividades de Alexander Guélievichllevaron a que el Departamento de Estado de EE.UU. impusiera desde el 2014 una serie de sanciones contra él (y eso a pesar de que nunca ha tenido un cargo oficial dentro del gobierno) y varios jóvenes sin conexiones e influencia, viviendo la mayoría de ellos en lugares remotos. Fueron estos representantes del eurasianismo, y no los funcionarios y politólogos del gobierno, los que Washington consideró como la principal amenaza para la hegemonía atlantista. No por nada personajes tan variopintos como el difunto Zbigniew Brzezinski, George Soros y Bernard-Henri Levy (quienes siempre han despreciado y faltado el respeto a sus propios lacayos) han reconocido públicamente que Alexander Dugin es su mayor enemigo.

Este reconocimiento explícito de los poderes extranjeros de la obra y la importancia de Dugin y el Movimiento Euroasiático ha provocado la envidia y la histeria de muchas figuras públicas rusas que quisieran gozar de semejante honor. Alexander Guélievichha sido víctima de este resentimiento durante las últimas décadas, pero los perros ladran y la caravana sigue su curso. No obstante, resultaría demasiado simple reducir las objeciones de sus opositores a simple resentimiento. Existe otra razón, mucho más objetiva y lamentable: la falta de voluntad y esfuerzo de los intelectuales rusos para pensar.

La verdadera razón por la que la gran mayoría de los intelectuales rusos (y extranjeros) son incapaces de recibir el título de filosofos se debe, ante todo, a cuestiones políticas. Muchos de los más importantes académicos actuales nunca pronuncian ni una sola palabra porque tienen miedo de que lo que digan atente contra la corrección política o no haga parte del consenso liberal. La autocensura paraliza el pensamiento de muchos de ellos desde su infancia y termina por convertir el discurso de tales personajes en gruñidos ininteligibles y sin sentido. Por el contrario, Alexander Dugin es un raro ejemplo de un intelectual que vuela libre y sin estar atado a nada, sacando las conclusiones pertinentes dependiendo del caso. Una de estas conclusiones tiene que ver con que todo sistema filosófico conlleva una serie de propuestas que deben determinar los aspectos económicos, sociológicos y jurídicos de nuestro mundo, además de sus implicaciones políticas y geopolíticas. Los liberales, los marxistas, los racistas, los nacionalistas y los fundamentalistas religiosos siempre han negado la importancia de la geopolítica y, sin embargo, esta ha demostrado una y otra vez su importancia para comprender la política internacional. La geopolítica le ha permitido a Dugin superar las quimeras ideológicas y hacer un análisis exacto de las correlaciones de fuerzas que existen a nivel internacional.

Finalmente, el pensamiento de Dugin ha propuesto la creación de una Cuarta Teoría Política como un medio para deshacernos de toda la chatarra ideológica (entendida como “falsa conciencia”) que ha ensucia el pensamiento político contemporáneo. El neo-eurasianismo de Alexander Guélievich cambia las coordenadas de la lucha ideología, pasando de las categorías horizontales de “derecha” e “izquierda” a una lucha vertical entre los de arriba y los de abajo.

Muchas de las ideas que Alexander Dugin ha defendido, como por ejemplo integración eurasiática, oposición al atlantismo y multipolaridad, eran marginales durante la década de 1990, pero con el pasar de los años se han convertido en parte del discurso político dominante y ahora muchos analistas las usan para entender el panorama internacional. Es más, estas ideas han llegado a convertirse en parte de la doctrina de defensa y la política exterior de Rusia e incluso son usadas por nuestro presidente.

El legado de Alexander Guélievich resulta muy difícil de juzgar a primera vista, especialmente porque continúa ampliándose cada día. ¿Cómo podrá acceder a él el común de la gente que no puede leer sus siete docenas de libros o escuchar los miles de horas que abarcan sus conferencias? Quizás la única forma de acercarnos a este legado sea como sucedía en la antigüedad, cuando las doctrinas de los filósofos eran enseñadas oralmente por los testigos, amigos y alumnos que pasaban de boca en boca los dichos del maestro. Creo que las conversaciones y las ideas de Alexander Guélievich se transmitirían mucho mejor oralmente que por medio de sus libros, ya que estos últimos no son más que el “esqueleto” que queda después de que las conversaciones y discursos han pasado. Quizás el mayor problema que tienen los críticos para entender y comprender las ideas de Dugin tiene que ver con el hecho de que se reúsan a escuchar la voz viva de este filósofo y en su lugar se contentan con leer y citar frases aisladas del mismo. En muchas ocasiones estos críticos son incapaces de captar el doble o hasta el triple sentido que tienen muchas de sus frases, siendo todos ellos sordos ante el sarcasmo que encierran muchas de sus ideas encerradas en imágenes poéticas que las expresan.

Muy pocas cosas ocurren por casualidad en la existencia de los seres humanos y las naciones. No por nada Alexander Dugin nació el 7 de enero, es decir, la fecha en que traspasamos “el momento del año” invernal y entramos en la primavera, tema sobre el cual el René Guénon escribió antes de morir, once años antes de que Dugin naciera. Resulta interesante que uno de los compañeros de armas de Alexander Dugin naciera precisamente cuando “el momento del año” marca el inicio del verano. Los ritmos del cosmos influyen claramente en los destinos de los seres humanos.

Y precisamente este 7 de enero, cuando se cumplen los “60” años de su nacimiento es el momento perfecto para reflexionar sobre este problema. Creo que el mejor homenaje que se podría hacer a un filósofo durante esta fecha sería que las personas (especialmente las de origen ruso) comiencen a pensar por sí mismas y dejen de lado los limitados marcos a los que están acostumbrados. Dugin nos ha enseñado durante décadas que la mejor forma de seguirlo era precisamente seguir nuestro propio camino (ya que copiarlo o imitarlo carecía de sentido): lo importante era pensar por nuestra cuenta, ya que este es el único modo de llevar a cabo una revolución ontológica, es decir, una Revolución Conservadora universal de carácter metafísico que vaya más allá de la política. La misión de un intelecto luminoso no es otra que la encender la luz de miles de millones de otras mentes. ¡Feliz cumpleaños, estimado Alexander Guélievich!

Notas:

1. https://zavtra.ru/blogs/authors/1791

2. https://zavtra.ru/blogs/authors/36

UNAS CUANTAS PALABRAS SOBRE ALEXANDER DUGIN

Geidar Dzhemal

Una de las películas más famosas de la industria cinematográfica soviética fue El destino del soldado estadounidense. En esta película se planteaban reflexiones muy interesantes las cuales giraban alrededor de la vida de un personaje heroico y valiente que vivía dentro de un ambiente intrínsecamente mediocre, pacifista y hostil a todo lo que este representaba.

Podría decirse que la vida de Alexander Dugin es el libreto con el cual filmar una película llamada El destino del intelectual ruso. Especialmente porque en Rusia el intelectual es un soldado, es decir, un guerrero cuyo Espíritu se encuentra luchando constantemente contra el mundo material que lo rodea. Dugin es el prototipo de esta clase de intelectuales.

Entre todos los intelectuales del pasado, solamente Dostoievski fue capaz describir a esta clase de intelectuales genuinos: personajes que de repente se detienen debido a que son golpeados y aturdidos por un pensamiento terrible que los desliga por completo de su rutina diaria. Esto los lleva a perder cualquier contacto que tuvieran con sus alrededores hasta que son consumidos por este pensamiento grandioso y terrible. No importa cual es el pensamiento que los asalta, lo único que importa es que se trata de un pensamiento profundo y paradójico que es inaceptable para el mundo exterior o el entorno en el que viven. Los prototipos clásicos de esta clase de verdaderos intelectuales descritos por Dostoievski son Shatov y Kirillov. Dugin es muy similar a ellos. Los verdaderos intelectuales son aquellos que consideran que sus ideas son mucho mas importantes que su existencia física.

La vida de Dugin, al igual que la de muchos de nosotros – aunque no de todos –, se encuentra dividida en dos partes que son completamente opuestas entre sí: una vida antes y después de 1990. Se podría decir que esta división nos recuerda al famoso dicho ruso que dice: “existe un momento para recoger piedras y otro para lanzarlas”. En realidad, los años anteriores a la década de 1990 fueron un tiempo donde un gran número de personas, que luego se convirtieron en figuras públicas, recogieron las piedras que luego lanzarían contra sus enemigos durante los años de crisis que siguieron.

Conocí a Alexander Guellievich en la década de 1980, cuando apenas tenía dieciocho años, y debo decir que recorrió un camino bastante largo durante los diez años siguientes durante los cuales logró organizar, estructurar, alimentar y nutrir su intelecto hasta el punto de convertirlo, por así decirlo, en un enorme telescopio capaz captar la “luz de las estrellas más lejanas”. Consiguió realizar semejante tarea mediante el estudio constante, sistemático y cuidadoso del tradicionalismo guenoniano. Para llevar a cabo semejante tarea, debía dominar las principales lenguas europeas tan rápido como fuera posible, algo que consiguió gracias a su capacidad intelectual. Y no solo consiguió dominar el inglés, el alemán y el francés (que fueron las lenguas que le aconseje que estudiara), sino también el español, el italiano y muchas otras más. Incluso aprendió hebreo y árabe frente a mis ojos, mientras que en los últimos años ha empezado a estudiar turco.

Además, su bagaje intelectual no se ve limitado a las referencias estériles que predominan en la academia rusa, pues conoce a muchos autores diversos debido a su dramática trayectoria intelectual. Gracias a nuestras conexiones, fuimos capaces de acceder a varias colecciones de libros poco frecuentadas, por ejemplo, conseguimos acceder a los libros del depósito especial de la Biblioteca de la Academia de Ciencias Sociales en Inostranka, la cual es una fuente muy valiosa de información. Además, nos enviaron varios libros desde el extranjero.

Pero esta es una cuestión bastante secundaria. Lo que importa es que Dugin realizó un trabajo muy importante durante estos diez años y eso lo ha llevado a dominar una cantidad enorme de conocimientos que los tradicionalistas occidentales ni pueden soñar. Después de haber estudiado a profundidad la metodología y el marco interpretativo de la escuela tradicionalista, Dugin fue capaz de aplicar los conocimientos que adquirió a un horizonte intelectual que va mucho más allá de los estrechos límites impuestos por la metafísica tradicionalista. Además, Dugin también se sumergió en el estudio de las actuales tendencias del pensamiento académico occidental contemporáneo y consiguió hacerse con una enorme bastedad de recursos profanos de campos tan variados como la sociología, la economía y la filosofía, todos los cuales analizo bajo el prisma de la filosofía perenne, es decir, la “filosofía eterna” o el acceso a un conocimiento superior. Sin duda, esto último es lo que diferencia a Dugin de la mayoría de los tradicionalistas guenonianos occidentales que viven cómodamente dentro del limitado marco analítico que han creado, como si se tratara de gallinas que buscan su nido únicamente para dormir. No obstante, a diferencia de estas últimas, estos intelectuales jamás pondrán un huevo de oro debido a que algo así destruiría la esterilidad en la que viven sus vidas.

Desde un punto de vista simbólico, Dugin me recuerda a la figura de Adam Kadmon que tiene una mano dirigida hacia arriba y otra hacia abajo. Una de las manos de Dugin se eleva hacia el horizonte de la filosofía, mientras que la otra baja hasta rozar el campo de la política y la sociología. Es como si dejara que las corrientes energéticas del intelecto fluyeran a través de él, pasando del campo de la pura especulación metafísica al campo del pensamiento práctico. De todos modos, Dugin nunca se ha encerrado en una “torre de marfil”, a diferencia de uno de sus más respetados e influyentes maestros, Evgeny Golovin, quien siempre ha mantenido una actitud guenoniana que lo hacía alejarse de los acontecimientos políticos. Comencé diciendo que la vida de muchos de nosotros se dividía en dos partes: antes y después de 1990, pero una de las personas a la que esto no se aplica es Golovin. Golovin vivió todo lo que ocurrió antes y después de 1990 de la misma manera: lo único que le interesaban eran sus propias investigaciones y despreciaba todo contacto con el mundo de lo cotidiano.

Sin embargo, no todos los tradicionalistas son así y Julius Evola es un ejemplo de ello: nunca dejó de luchar en las primeras líneas del campo de batalla, ya fuera que esta lucha tuviera un carácter espiritual (figurada) o literal (armada). Evola fue un auténtico guerrero del Espíritu, siendo herido en 1945 y pasando, por lo tanto, el resto de su vida en una silla. La vida de Dugin se parece mucho más a la de Evola que a la del ya fallecido Evgeny Golovin, uno de los hombres que más amó y respeto.

El legado científico de Dugin no tiene precedentes en la historia del pensamiento ruso contemporáneo. De hecho, diría que es imposible encontrar algo parecido igualmente en el pasado. La sola obra de Dugin es equivalente a todo lo que ha producido un instituto científico en sus mejores momentos. Esto se debe a que la perspectiva de Dugin, es decir, el pensamiento que atraviesa su alma y su cerebro, es el resultado de todas las tendencias del pensamiento científico, filosófico y sociológico contemporáneo. La envergadura de su obra no tiene paralelo y simplemente no ha sido asimilada. Quizás solamente las generaciones futuras podrán apreciar la bastedad de su obra.

La obra de Dugin resulta aún más sorprendente si tomamos en cuenta que ha surgido en medio de un desierto intelectual: ¡Dugin se encuentra completamente solo! A su alrededor lo único que encontramos son los restos decadentes del viejo academicismo postsoviético, el cual ha degenerado rápidamente hasta convertirse en una especie de “bobok” (balbuceo). Nadie dentro del ambiente académico e intelectual puede dialogar o entender lo que Dugin está haciendo . Es más, estos “boboks” (que no son otra cosa que los restos balbuceantes de la vieja escuela de humanidades soviética) ya habían caído en la especialización y la modorra cuando aún eran jóvenes y creativo. Por otra parte, ellos hace tiempo que se plegaron a la disciplina que les imponía la ideología dominante; pero en el momento en que esta ideología se disolvió y dejó de ser el estímulo y la guía de sus vidas, simplemente dejaron de pensar, siendo incapaces de saber qué pensar o hacer y contentándose con repetir, cuidadosamente y autocensurándose todo el tiempo, los fragmentos de las reflexiones que hicieron hace treinta o cuarenta años. Y es medio de este bosque reseco, árido y sin vida que se yergue la obra de Alexander Dugin con todo su increíble aparato de erudición.

Me atrevería a decir que Dugin realizó una inmensa hazaña intelectual, especialmente porque esta no se ha limitado a él, sino que incluso ha tratado de reunir bajo su cargo a toda una pléyade de intelectuales de los cuales es su maestro y con los que intenta crear una escuela. Esto ha llevado a que Dugin entrará en contacto con muchos jóvenes talentosos que se han embriagado de este pensamiento fresco. Es a ellos a quienes intenta transmitir una metodología amplia que va desde la contemplación metafísica hasta llegar al análisis concreto de la sociología y la etnología.

Quizás lo único en lo que podría diferir en semejante obra heroica y luminosa – a la que Dugin llamaría una “obra en blanco” – es el excesivo apego que él mismo ha tenido frente a la realidad política rusa y las excesivas expectativas que ha puesto muchas veces en ciertas tendencias de la vida política de nuestro país durante los últimos veinte años. Tales expectativas no se han cumplido y Dugin es muy consciente de ello.

No obstante, la disonancia de ese fracaso no es nada comparada con la fuerza de atracción que ejerce la personalidad de Dugin y su increíble actividad, lo cual es fruto de su capacidad de trabajo y a su asombrosa agudeza para prestarle atención a las ideas que surgen en el ámbito del pensamiento.

Dugin no trata de reducir el pensamiento a un “simple mercado de ideas”, pues para él el mundo de las ideas es un escenario dramático donde cada idea es un personaje trágico.

ALEXANDER DUGIN CUMPLE 60 AÑOS

Konstantin Stepanov

Empecé a interesarme por la obra de Alexander Guélievichhace exactamente 30 años, en el momento en que comenzó a publicar los primeros capítulos de su libro “La gran guerra de los continentes” en el periódico “Den” (Día).

En ese entonces era un adolescente que apenas estaba terminando los últimos años de la escuela, pero prefería leer libros en lugar de pasar tiempo con mis compañeros. De todos modos, no solo leía libros, sino también periódicos como los que vendían en el legendario “Muro de los Lamentos” de San Petersburgo, un lugar que se encontraba junto a la calle Nevsky y que estaba cercado por la valla de Gostini Dvor porque en ese entonces el lugar estaba bajo reparación. Era un sitio de encuentro donde los estalinistas y los anarquistas, los monárquicos ortodoxos y los cabezas rapadas, los fanáticos de Nevzorov y del Tercer Reich se reunían a discutir: era una especie de Arca de Noé donde se reunían todos aquellos que habían sido marginados por el Estado ruso.

Fue en ese lugar donde me tope por primera vez con el periódico “Den”. En ese momento me llamó mucho la atención los anuncios de Año Nuevo de la primavera de 1992, que promocionaban la publicación de un libro con un título muy vago pero llamativo: “La gran guerra de los continentes”. El nombre de su autor me era desconocido y recuerdo que el anuncio decía algo como “revelaremos los principales misterios de la historia del mundo”. En ese momento supuse que el texto hablaría sobre el “complot judeo-masónico mundial” y revelaría algunos detalles desconocidos hasta ahora, algo que era muy común dentro del periodismo patriótico ruso. Sin embargo, ese no era el caso…

Creo que sería superfluo adornar la impresión que me produjo este texto diciendo que se trataba de un “un soplo de aire fresco” o “que estalló como una bomba” en los ambientes patrióticos. No obstante, aquello sobre lo que escribía el autor de “La gran guerra de los continentes” era totalmente distinto de lo que decían el resto de los autores leídos dentro de los ambientes del patriotismo ruso. El autor de este texto, en lugar de hacer un tedioso recuento del número de judíos que componían las filas del Sovnarkom (1) o de exponer los vínculos que tenían Gorbachov y Yeltsin con la CIA y la Mossad, intentaba crear un marco conceptual completamente diferente y abrirnos un mundo desconocido por medio de antagonismos como tierra/mar, eurasianismo/atlantismo, sin hablar de que citaba a muchos autores que eran desconocidos en nuestro país. Debo decir que me encontraba familiarizado con el concepto de eurasianismo gracias a la obra del muy respetado Lev Nikolayevich Gumilev, aunque la forma en que Dugin presentaba el eurasianismo como una corriente opuesta a las civilizaciones del mar era algo completamente novedoso y, sin duda, bastante correcto.

Fue así como me convertí en un asiduo lector de Den y esperaba ansiosamente cada nuevo número donde escribían el brillante Limonov, el furioso Prokhanov, el calmado Baburin y, por supuesto, Dugin. Luego vino el libro de Conspirología, los primeros números de Elements y los programas que emitió la televisión rusa bajo el nombre de Los secretos del siglo XX. Fue una época bastante interesante, ya que se podía hablar tranquilamente en la televisión estatal sobre el trasfondo ocultista del Tercer Reich, la historia del NSDAP, la Sociedad Thule y la Ahnenerbe. De todos modos, esta serie de televisión solo tuvo cuatro capítulos, pues el quinto fue prohibido. Sin embargo, Ren-TV ya no se permite semejantes extravagancias.

Posteriormente compre los primeros números de la revista Limonka en el Muro de las Lamentaciones. En esa época era muy difícil acceder a la información y, de hecho, existía un gran vacío en ese sentido. El Internet, los correos electrónicos y las redes sociales llegaron unos años después, pero en la década de 1990 acceder a las noticias de actualidad era una proeza, porque prácticamente era imposible saber que pasaba afuera. Es por esa razón que cuando en el otoño de 1995 aparecieron en el patio de nuestra escuela carteles que decían “Mecánica Pop #418. En memoria de Aleister Crowley. Kuryokhin para Dugin”, me surgió la duda de sí era el mismo Dugin de quien estábamos hablando. Leí ese cartel dos veces, de arriba hacia abajo y viceversa, fumé un cigarrillo y luego volví a mi salón de clases pensando que se trataba del Dugin que yo conocía.

Notas del traductor:

1. El Sóviet de los Comisarios del Pueblo o Sovnarkom (SNK) fue la institución de Gobierno formada por el Segundo Congreso Panruso de los Soviets en el transcurso de la Revolución de Octubre en 1917 cuyo primer presidente fue Vladímir Lenin. Creado con la intención de derrocar al Gobierno Provisional Ruso, este sóviet (o consejo, en ruso) sentó las bases para la reestructuración del país y condujo a la formación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1922. Fue evolucionando hasta convertirse en la máxima autoridad gubernamental del poder ejecutivo bajo el sistema soviético instaurado en las Repúblicas de la URSS.