A finales del verano de este año, Estonia, a través de su presidenta Kersti Kaljuland, fue el primer país de la UE en declarar categóricamente que Ucrania estaba igual de lejos de la adhesión a la UE como en los tiempos de la "Revolución de la Dignidad" de 2013-14, cuyos acontecimientos en Kiev destituyeron al indeciso presidente prorruso Yanukovich.

Poco después, la embajadora de Letonia, país vecino de Estonia, en Ucrania repitió la misma declaración de forma algo más suave. Para las actuales autoridades de Kiev fue especialmente desagradable escuchar esto con el telón de fondo de la celebración del 30º aniversario de la independencia y del "Foro de Crimea", con el que el presidente Zelenski pretendía aunar esfuerzos internacionales para apoyar a Ucrania en su enfrentamiento con Rusia. Sin embargo, en los últimos 7 años Ucrania se ha convertido para la UE en un verdadero problema, cada vez más difícil de resolver.

Ya en aquel año 2014, el Kremlin reaccionó con la mayor dureza posible al derrumbe de su aliado Yanukovich y al ascenso al poder en Kiev de las élites prooccidentales. Rusia consiguió, sin disparar un solo tiro, la anexión de Crimea, importante para la flota rusa y poblada por una mayoría rusoparlante, cuyos representantes aplaudieron de todo corazón la incorporación a Rusia. Al mismo tiempo, en el este de Ucrania, también de habla rusa, estalló una guerra civil en la que los prorrusos recibieron el apoyo activo de Moscú. En aquel momento, Europa lo tenía claro. Le convenía ejercer influencia sobre Rusia y apoyar la transición democrática iniciada en Ucrania.  Sin embargo, los nuevos presidentes del país, totalmente orientados a Occidente y portadores de valores europeos - Petro Poroshenko y Volodímir Zelenski - no han logrado ningún resultado significativo en la integración europea de Ucrania en siete años. Además, se han visto envueltos en los escándalos electorales estadounidenses, en la guerra de datos comprometedores, y no dan la impresión de ser figuras independientes. Estos líderes han estado cometiendo sistemáticamente todos los errores habidos y por haber. En las dos grandes batallas contra los prorrusos cerca de Debaltsevo e Ilovaisk en 2014-2015, las Fuerzas Armadas ucranianas sufrieron una aplastante derrota a pesar de una oleada de patriotismo y apoyo estadounidense y europeo. El cierre de las fronteras con Rusia dividió a las familias y dejó sin empleo a decenas de miles de personas. Una política lingüística poco acertada y un nacionalismo desbocado dividieron a la recién nacida nación ucraniana, mientras que la corrupción generalizada hundió al país en la pobreza.

Al mismo tiempo, Poroshenko, seguido por Volodímir Zelenski, trató de demostrar torpemente su compromiso con los valores occidentales, centrándose, por una extraña razón, en los problemas del colectivo LGBT ucraniano. Las personas abiertamente homosexuales empezaron a ocupar puestos en la cúpula del país, y la plaza frente al palacio presidencial se convirtió en escenario de desfiles del orgullo gay casi semanales. Este desprecio por los valores conservadores de los ucranianos se tradujo en una división aún mayor entre las élites gobernantes y los nacionalistas, que ahora están, en muchas cuestiones, prácticamente en conflicto directo con el gobierno de Zelenski. Y esto se convierte en otro gigantesco problema que dificulta la integración europea de Ucrania.

El hecho es que el nacionalismo ucraniano tiene raíces muy antiguas y sumamente ambiguas. Los derechistas ucranianos comenzaron como defensores de la independencia y muy pronto se aliaron con Hitler, cometiendo una serie de graves crímenes de guerra no sólo en el territorio ucraniano, sino también en la vecina Polonia. Sus sucesores honran ahora a Hitler y a los colaboracionistas ucranianos, niegan muchos de los crímenes del nazismo y defienden posturas antisemitas que son inaceptables en Europa. Es más, para ellos Rusia no es el único enemigo de Ucrania. La ultraderecha provoca activamente conflictos con los polacos, acusándoles del "genocidio de ucranianos" en los años 1930 en territorios que pertenecían a Polonia antes del 1939.

En los siete años transcurridos desde el "giro prooccidental" del país, la derecha, que ya era una fuerza organizada, se fue reforzando con veteranos de la guerra del Donbás, del ejército y de las fuerzas de seguridad. Durante años se les consideró los aliados más importantes en la lucha contra Rusia, sin reconocer a los verdaderos neonazis escondidos bajo las consignas patrióticas. Ahora son ellos los que reprimen las marchas del orgullo gay en Kiev, mutilan a los activistas LGBT, no aprecian los valores europeos y están mucho más cerca del legado del Tercer Reich. Gracias a la exención de visado para viajar a Europa, se han convertido en una fuerza habitual y a menudo destacada en las reuniones neonazis desde Alemania hasta España. Están dispuestos a matar a los refugiados de Oriente Medio y a quemar sinagogas. Además, algunos de ellos han mantenido vínculos con neofascistas rusos que se oponen de manera encubierta a Vladimir Putin, y siguen promoviendo la superioridad de la raza eslava.

El Señor Zelenski y su administración se están distanciando hábilmente de la derecha ucraniana. Incluso se les detiene y a veces se disuelven sus mítines (aunque sin consecuencias para los cabecillas). El ultranacionalista "Pravy Sektor" perdió en las últimas elecciones la representación en el Parlamento, pero conservó sus activos e influencia. Los cabecillas neonazis de facto tienen sólidos vínculos con la administración presidencial ucraniana, aparentemente liberal, y no se puede hacer nada con ellos. Y van a Europa, donde el sentimiento de derecha es muy popular.

Mientras tanto, el presidente Zelenski sigue perdiendo soldados sin sentido en la "línea de demarcación" con los separatistas, siendo incapaz de "ser fuerte en su debilidad" y establecer una tregua significativa en una guerra que no puede ganar. Como consecuencia, cada vez más armas ilegales fluyen desde el frente hacia las regiones centrales del país, y cada vez más soldados cansados de la guerra se unen a las filas de los militantes de derecha. Y no se trata en absoluto de activistas proeuropeos. Estarían contentos tanto de destrozar un campo de refugiados o maltratar a los integrantes de una marcha del Orgullo LGBT, como de hacerlo con la embajada rusa. Resulta imposible una lucha seria contra ellos por parte de las autoridades ucranianas. Tienen demasiados partidarios en el aparato estatal y demasiados activos para convertir Kiev en un hervidero de caos en cuestión de horas. Por ello, no es de extrañar que Estonia y Letonia, países con un pasado postsoviético que a su vez tuvieron problemas tanto con el nacionalismo como con la justificación de los colaboracionistas locales, fueran los primeros en alzar la voz criticando a Kiev.

Ucrania puede y debe ser vista como un nuevo miembro potencial de la UE. Pero al mismo tiempo, tendrían que obligarla a erradicar realmente el nazismo, en lugar de organizar marchas del orgullo gay en el centro de la capital, que deberían demostrar el compromiso de las élites con los valores europeos. ¿O queremos ver en el Parlamento Europeo una delegación de verdaderos neonazis, que harán que cualquier ultraderechista parezca un conservador moderado? El Señor Zelenski debe derrotar, junto a la corrupción, al neofascismo que amenaza a Europa igual que a su país, y sólo entonces podríamos hablar de integración europea. Mientras tanto, tenemos que admitir que siete años de "eurodemocracia" no han acercado a Ucrania a una Europa unida, tal y como dijo la Presidenta de Estonia.

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