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Alain de Benoist

En marzo de 2020, en el momento del primer confinamiento, escribí que el mismo podría verse como una prueba de sumisión a tamaño natural. La pasividad de la que habla confirma a primera vista mi opinión, lo cual tampoco significa que vaya a durar indefinidamente. Pero ¿cuál es la causa fundamental de esta sumisión, que es sólo una variante del antiguo tema del esclavo enamorado de sus cadenas (la “servidumbre voluntaria” de La Boétie)?

Desde hace tiempo se sabe que la mejor manera de que se acepten las restricciones a las libertades es justificarlas por la necesidad de garantizar la salud o la seguridad (o incluso por la “amenaza terrorista”). Pero me parece que debemos ir más lejos.

En el origen de esta pasividad, veo en primer lugar un sentimiento de impotencia. Los ciudadanos saben muy bien que se les imponen reglas, muchas de las cuales son absurdas, incluso grotescas. Saben muy bien que las autoridades públicas han gestionado esta crisis sanitaria de forma lamentable. Ven que después de haberla liado parda con las máscaras y los medicamentos, la lían también con las vacunas. Ven con claridad que Europa ha demostrado su inexistencia al mostrarse incapaz de desarrollar una política común, y que nuestro sistema sanitario es incapaz de adaptarse a la epidemia porque lo hemos tratado durante años como una empresa privada, sujeto a las reglas de cero stocks y producción ajustada. También ven con claridad que al querer salvar vidas individuales a través de la “distancia” y el teletrabajo, estamos desintegrando el cuerpo social. Se sienten exiliados (bajo el fascismo italiano, a los exiliados a islas lejanas ¡se le llamaba confinati!). Pero sobre todo, se sienten impotentes porque se enfrentan cada día a informaciones totalmente contradictorias (a las que hay que sumar las afirmaciones de contravirólogos y autoproclamados epidemiólogos, por no hablar de los delirios conspiranoicos).

La pregunta que se hace todo el mundo y que a uno lo vuelve loco, es: ¿a quién debemos creer? Al comienzo de la pandemia, Macron dijo que era necesario seguir el consejo del “Consejo Científico”, es decir, considerar sus recomendaciones como órdenes (parece que desde entonces ya ha cambiado de opinión). Vimos entonces cómo estallaba en directo el mito de la expertocracia basada en la “ciencia”, ya que rápidamente se descubrió que “los que saben” no se ponen de acuerdo entre sí. De repente, la gente ya no entiende nada. Todos sus puntos de referencia han desaparecido. Están hasta el moño, pero no saben qué hacer. Ésta es la razón por la que se resignan y juzgan la situación bajo el horizonte de la fatalidad. Tal vez sólo dure un tiempo, pero de momento es lo que hay.

¿No es el miedo, en última instancia, lo que empuja a los individuos, uno al lado del otro, a no reaccionar? Parece que el hombre occidental ahora le tiene miedo a todo (a morir, a actuar, a vivir…). ¿Es un signo de algo potencialmente grave en términos de civilización?

Es cierto que en la sociedad individualista, la opinión dominante es que no hay nada peor que la muerte (sobre todo porque para la mayoría de nuestros contemporáneos no hay nada después). Esta opinión es característica de todos los tiempos decadentes, mientras que en otros tiempos se cree que la servidumbre o el deshonor son peores que la muerte y que determinadas causas merecen que uno dé la vida por ellas. Al mismo tiempo, la vida se toma como un absoluto sin particularidades, lo que los griegos llamaban zoè, “vida desnuda”, simple existencia biológica, en contraposición al bios, el modo de vida, la vida plenamente vivida. Hoy en día nos preocupa mucho la extensión de la esperanza de vida, es decir, su simple duración; es mucho menos lo que preocupa su contenido. Como dice el excelente Byung-Chul Han, “la búsqueda de la buena vida ha dado paso a la histeria de supervivencia”. Los que más quieren sobrevivir son también los que nunca han vivido. Esto es lo que hay con el aspecto “civilizacional”.

Dicho esto, no debemos descalificar el miedo, como sucede con quienes, haciéndose los machotes, van repitiendo, para tranquilizarse, “¡no tengo miedo!”. El miedo no es tan sólo una cuestión de cobardes: sólo alguien inconsciente no tiene nunca miedo. Los valientes no son quienes no conocen el miedo, sino quienes lo superan. Hoy en día hay muchas razones para tener miedo: miedo al caos que se está extendiendo por todas partes, miedo a la inseguridad social, miedo a las quiebras y al cierre de pequeñas empresas que originará la pandemia, miedo a una crisis financiera global, etc. Algunos temen que Marine Le Pen llegue al poder, otros temen a la chusma de los “islamistas de izquierda”. Todos estos miedos no son iguales, y queda la gran pregunta de saber si, ante ellos, nos resignamos o resistimos.

¿No hay una paradoja en Francia actualmente con la próxima introducción de un posible derecho a la eutanasia por parte de las mismas autoridades que sacrifican una población para salvar al mayor número posible de ancianos?

¡Sería fácil responderle que los ancianos actualmente hospitalizados en cuidados intensivos no son necesariamente candidatos a la eutanasia! Es un poco como si le pareciera paradójico que se intente siempre proteger mejor a los niños a pesar de que se autoriza el aborto…

¿Cómo explica, por otra parte, que este miedo se haya extendido a nivel mundial, hasta tal punto que países que no tienen nada que ver con las democracias occidentales actúan en última instancia de la misma manera? ¿La razón ha abandonado nuestro planeta o bien ello es normal?

El virus se ha extendido en diversos grados por todo el mundo. Es bastante lógico que las mismas causas provoquen los mismos efectos. Observemos de todos modos que los países considerados (y muy a menudo denunciados) como “iiliberales” son, en su conjunto, quienes han combatido la epidemia con mayor eficacia. Cuando llegue el momento de hacer balance, es posible que se saquen algunas lecciones al respecto.

En su reciente libro La puissance et la foi [El poder y la fe], una de las cuestiones que aborda es la de la relevancia política del cristianismo. No se va hacer muchos amigos, me parece a mí…

Permítame decirle, en primer lugar, que no escribo para hacer amigos, sino para decir lo que pienso y para darles a mis amigos buenas razones para pensar lo que ellos también piensan. Además, no tengo mucho respeto por quienes consideran que sólo se puede ser amigo de aquellos que comparten tus opiniones.

Muchos autores han abordado anteriormente la cuestión de la “relevancia política del cristianismo”. Observando que a lo largo de la historia el cristianismo trató de establecer un poder religioso distinto y rival del poder político, Rousseau señala que ello acarreó un “perpetuo conflicto de jurisdicción que imposibilitó cualquier buena política en los Estados cristianos”. De hecho, la irrupción del cristianismo provocó un cambio en la relación entre la vida religiosa y la vida sociopolítica, la comunidad de fe y la pertenencia a la ciudad. El cristianismo antepone el individuo al ciudadano y, por tanto, de forma independiente de él. Dado que el individuo se considera irreductible a la comunidad o la comunidad política, de ello se deriva una nueva relación del ciudadano con el Estado, que al mismo tiempo modifica el objeto de culto y el estatus de la religión. El Dios de los cristianos no es de hecho el Dios de un pueblo, ya que tiene autoridad sobre todos los hombres, y todos tienen vocación de adorarlo: la idea de un Dios único implica la de una familia humana que es (o puede llegar a ser) espiritualmente una también. Con otras palabras, el “pueblo de Dios” no conoce fronteras. Esta es la razón por la que es difícil ver el catolicismo como una religión identitaria, especialmente cuando se es europeo, ya que los grandes batallones de la Iglesia se encuentran hoy en el Tercer Mundo. Si es un creyente riguroso, ¡un cristiano siempre preferirá que emigre a Francia un católico congoleño antes que un sueco pagano!

¿Marcará el siglo XXI la vuelta y la victoria de lo religioso especialmente sobre el materialismo?

No pretendo leer el futuro, así que me abstendré de responder a su pregunta. Para ver más claramente las cosas, sería necesario precisar en primer lugar el significado de las palabras “religioso” y “materialismo”. “Religioso” es muy vago (tan vago como la noción misma de religión). En Francia, sólo hay un 4% de cristianos practicantes, y entre quienes se dicen católicos pero nunca ponen los pies en una iglesia, ¡sólo el 52% afirman creer en Dios! El Islam, por otro lado, es una fuerza creciente, pero el islamismo tiene objetivos mucho más políticos que religiosos. En cuanto al materialismo, que hoy adopta principalmente la forma del fetichismo de la mercancía, su principal motor es la obsesión por el consumo.

No es un materialismo filosófico, sino un materialismo práctico, unido a un indiferentismo religioso que es, junto con la privatización de la fe, el principal peligro que amenaza hoy a las Iglesias. La pregunta que prefiero hacerme se refiere a la noción de lo sagrado (que es todo lo contrario de la santidad). ¿Seguirá habiendo espacio para lo sagrado en la era de la inteligencia artificial y los robots? ¿Cuáles serán las formas? ¿Dónde se encontrará? Son preguntas que pueden alimentar la reflexión.

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