Alexander Dugin

El principal problema que enfrenta hoy la política internacional es la difícil transición de un orden mundial unipolar, el cual surgió en los años 90 tras el colapso de la URSS, a un mundo multipolar. Este proceso se ha estado produciendo durante los últimos 20 años y podemos decir que comenzó con el atentado a las torres gemelas en Nueva York, cuando el único polo existente en el mundo sufrió un ataque terrorista.

Mientras tanto, las reformas que emprendió Putin en Rusia consiguieron que nuestro país dejara de ser un objeto pasivo y se convirtiera en un sujeto activo, llevando a la restauración del polo ruso (euroasiático).

Sin embargo, Rusia, tal y como existe hoy, es incapaz de restablecer la realidad bipolar anterior. El catastrófico colapso de la URSS, sumado a la pérdida de la mitad del territorio y la población de este espacio anteriormente unificado, hacen imposible que tal cosa suceda en el futuro cercano.

En cambio, China ascendió gracias a su aprovechamiento de las ventajas que le brindo el mercado, pero conservó la verticalidad política de su régimen unipartidista. Además, China participó activamente en la globalización, aunque se aseguró de que ello los beneficiara. China rechazó los dictados de Occidente de hacer reformas políticas a su sistema y, finalmente, se convirtió en un polo independiente.

Rusia y China tienen papeles muy distintos en el emergente mundo multipolar. Rusia es una potencia militar que cuenta con grandes cantidades de recursos naturales, los cuales Moscú ha usado con tal de mantener y reforzar, aunque fuera de forma relativa, su complejo militar-industrial para poder competir con los Estados Unidos. Rusia es hoy en día un polo autónomo debido a su ejército, su política exterior independiente y su control sobre una parte importante de los recursos energéticos del mundo. Estos han sido los logros que ha conseguido Putin en el transcurso de los años. Todo lo demás se encuentra subdesarrollado (por no usar un término más peyorativo).

En cuanto a China, podemos decir que se encuentra muy por detrás de Estados Unidos y Rusia en cuanto a su poder militar, pero en términos económicos y financieros China es ahora la segunda economía del mundo y es probable que se convierta en la primera. Eso significa que el estatuto de China como polo independiente se debe a que cuenta con una economía poderosa.

Individualmente, Rusia y China son muy inferiores a los Estados Unidos y los países de la OTAN. Pero juntas, sumando sus fuerzas y combinando sus activos, podemos decir que cuentan con el poder para responder a sus enemigos. Por lo que podemos decir que la multipolaridad es una realidad.

La actual histeria anti-rusa y anti-china en Estados Unidos y la Unión Europea tiene su origen en este problema. La anteriormente todopoderosa hegemonía del mundo unipolar se desvanece y es muy doloroso admitir tal realidad. Y eso lo observamos en las crecientes tensiones que se dan en las relaciones internacionales, ya que no importa quién mande en los Estados Unidos, sea el realista Trump o el liberal y globalista Biden, este enfrentamiento entre el fin de la unipolaridad y el nacimiento de la multipolaridad no cambia para nada.

Precisamente aquí es donde surge lo interesante. En primer lugar, el negarse a aceptar el nacimiento de un mundo multipolar – que sería en estos momentos tripolar – nos lleva a afirmar que un conflicto global – es decir, una guerra mundial – es muy probable. Mientras Rusia y China sigan siendo fuertes, solamente veremos aparecer conflictos fronterizos. Sin embargo, si una de las dos llega a flaquear, o termina por debilitarse y retroceder, entonces enfrentaremos el riesgo de una colisión directa entre las diferentes economías mundiales antagónicas.

Además, Rusia y China deben continuar apostando por la construcción de un modelo multipolar que no se limite a la actual tripolaridad. Por lo tanto, debemos apoyar, de forma sincera y desinteresada, el surgimiento de nuevos polos como la India, el mundo islámico, América Latina, África e incluso Europa, a la cual debemos ayudar a liberarse de su dependencia del otro lado del Atlántico.

No es una reactualización del Gran Juego que sucedió entre el Imperio Británico y Rusia en el siglo XIX y principios del XX. Este es un Gran Juego distinto… o, más bien, es el verdadero Gran Juego.

Normalmente no somos conscientes de ello porque nos limitamos a resolver los problemas que tenemos en nuestra casa y dentro de nuestra frontera, especialmente todo lo que tiene que ver con el covid – que consume toda nuestra atención –. No obstante, en estos momentos se están produciendo cambios tectónicos a nivel mundial.

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