Esteban Hernández

Es sorprendente la animadversión que se tiene contra el largo plazo en nuestro país. En cualquier empresa o institución pública, las iniciativas en esa dirección son percibidas desde el desdén o la futilidad, como si fueran baldías, inocuas o, peor todavía, un instrumento encubierto que busca un objetivo no confesado. La creación de la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia del País a largo plazo, una iniciativa promovida por Iván Redondo, ha sido interpretada desde esa perspectiva, y su anuncio ha suscitado desconfianza o desinterés.

Se trata de un tipo de organización de la que nuestro país carece y que resulta necesaria. España tiene problemas cuando se trata de pensar en términos de Estado y en términos de futuro y la Oficina cubre en parte ambos déficits. Si estuviera mal diseñada, debería modificarse su organización; si los resultados no fueran satisfactorios y este equipo no funcionara correctamente, habría que cambiarlo; pero la estructura debería permanecer. Un centro público que estudie y analice España a largo plazo y sugiera propuestas es indispensable, como lo es una organización sólida y coordinada sobre inteligencia económica.

Estos instrumentos son imprescindibles, y no solo porque los países más importantes cuenten ya con ellos, sino porque es precisa una mirada larga y con perspectiva sobre asuntos que determinarán el porvenir español. En este sentido, es difícil no coincidir con Diego Rubio, el director de la Oficina: "Somos prisioneros del ahora y trabajamos con un cortoplacismo increíble, lo que tiene efectos nocivos en todos los ámbitos, desde el bienestar de la ciudadanía, hasta el rendimiento económico".

1. La Oficina

Diego Rubio —Cáceres, 1986— es joven, entusiasta y tiene un gran CV. Se licenció en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona con el mejor expediente académico, cursó un máster en el centro de élite francés, la École Normale Supérieure. Pasó por la Sorbona, fue becario en la Universidad de Columbia y se doctoró en Oxford, donde estuvo dos años trabajando como investigador.

Regresó a España para dar clases en el IE, en su School of Global & Public Affairs, donde creó y dirigió el Center for the Governance of Change, un centro en el que se estudian los efectos políticos, económicos y sociales de las transformaciones en marcha y, en especial, las ligadas a la tecnología. Rubio ha sido asesor de la ONU, la Comisión Europea, el Foro Económico Mundial y la Secretaría General Iberoamericana. Y es un convencido de la importancia crucial de la anticipación: el análisis y la previsión del futuro es lo que nos permitirá gobernarlo.

La trayectoria del director de la Oficina es importante porque sintetiza el sesgo que Redondo ha querido dar a su iniciativa. Gente joven y experta, nuevas generaciones ya consagradas, personas que manejan los instrumentos y las tecnologías contemporáneas y que cuentan con una mentalidad abierta. La Oficina está compuesta por nueve personas de distintos perfiles, desde científicos hasta analistas, pasando por economistas o por una ingeniera química especialista en el cambio climático. "Hay más mujeres que hombres", precisa Rubio.

La Oficina, que posee rango de Dirección General, fue anunciada en enero y su puesta efectiva en marcha tuvo lugar en marzo de este año. La idea era conformar un equipo pluridisciplinar, que manejase diferentes idiomas —"entre todos hablamos ocho o nueve"—, y que fuera capaz de combinar los análisis de estadísticas y la mirada empírica con las aportaciones de las humanidades, como la historia o la filosofía. "Todos estaban trabajando en buenos puestos y casi todos ganan menos en Moncloa", puntualiza Rubio. La composición concreta del equipo no es pública, ya que, señala el director de la Oficina, "no es necesario exponer a estas personas".

2. Los objetivos

La Oficina se puso en marcha en plena pandemia, con lo que sus primeras acciones, puntuales, estuvieron ligadas a ella. El equipo realizó un análisis comparado para uso interno de Moncloa, con el fin de facilitar información sobre los distintos escenarios que podrían tener lugar y trabajó en el plan de desescalada. Una vez que lo más duro del coronavirus pasó, se centró en su primer objetivo, una estrategia nacional a largo plazo que identifique y analice los 10 retos principales que deberá afrontar España.

El informe 'España 2050' estará listo para octubre o noviembre. Hay un centenar de académicos trabajando en él, de los cuales un 30% son economistas, a los que se sumarán las aportaciones de asociaciones, empresas y sindicatos, con los que ya se han iniciado contactos. Tras él, se realizarán análisis sectoriales y estudios sobre temáticas concretas cuyo objetivo será informar la actividad legislativa. Rubio subraya que no se trata de "un organismo decisor, sino consultivo, cuya finalidad es aportar conocimiento y proveer información sobre las oportunidades y retos a los que España ha de enfrentarse, de modo que se puedan enriquecer tanto el debate público como la agenda política de la administración". Tampoco se trata de un órgano centrado en las acciones que deban realizarse a corto plazo, y menos aún un 'think tank' dedicado a diseñar los planes inmediatos para la reconstrucción.

3. El plan 2050

"La selección ha sido meritocrática", asegura Rubio. A la hora de conformar el grupo de expertos, se ha analizado quiénes están aportando conocimiento en cada campo de trabajo a través de sus publicaciones académicas. Los expertos, por lo tanto, han de ser reconocidos por su sector de referencia. La pluralidad ideológica es también una prioridad, y en el panel, afirma Rubio, "hay gente del PSOE, de Ciudadanos, del PP, de Podemos e incluso de Vox". Dado que se trata de un informe temático, hay sesgos que resultan difícilmente evitables: "Si buscas expertos en productividad económica, es probable que sean personas con un perfil más liberal, porque ese sector ha abordado más extensamente el tema; si se trata de desigualdad, encontrarás más expertos de izquierdas, porque han trabajado más sobre ese asunto".

Rubio opone la independencia, el rigor y la pluralidad que deben reinar en la Oficina y en sus informes a la costumbre española —"una tragedia autoimpuesta"— de politizarlo todo: "Acabamos utilizando cualquier tema para convertirlo en confrontacional. El objetivo de la Oficina es trabajar en clave de institución de país y por lo tanto habrá debates, pero serán plurales".

4. El contenido del informe

Las diez áreas temáticas que abordará 'España 2050' no resultan particularmente novedosas, pero sí pertinentes. La formación de los trabajadores será una de ellas porque, señala Rubio, "en nuestro país confluyen problemas propios, como una 'workforce' menos formada, que muestra carencias en las habilidades y conocimientos que requieren las empresas, con la tendencia estructural de fondo que conduce hacia la focalización del tejido productivo en industrias de mayor valor añadido". Es una brecha que no cuenta con ningún mecanismo eficiente que esté dando respuesta. Además, "España va a tener que ofrecer capacidades de recualificación a millones de personas en el futuro, sin las cuales no vamos a reducir la desigualdad ni el desempleo. Tendremos que apostar por la educación durante toda la vida y es un problema que todavía no está resuelto, ni en España ni en otros países".

Nuestro sistema educativo será otro asunto sujeto a análisis. “En España la educación ha sido una historia de éxito, ya que ha crecido muchísimo en los últimos 30 años, en un nivel solo comparable con Corea del Sur, pero tiene hoy carencias estructurales profundas, ya que aparece una alta tasa de abandonos, repetición y bajas calificaciones. Es un problema importante porque los chavales que abandonan pronto el colegio serán los futuros parados. Esto es algo que tenemos que resolver y habrá que pensar cómo". La vejez es otro tema clave, según Rubio, y no solo por las pensiones, sino por todos los cambios que se producirán en el sector de los cuidados de la tercera edad. Aquí percibe Rubio una oportunidad económica para España.

El desempleo estructural será otro reto, ya que el desarrollo de la tecnología y la digitalización de los tejidos productivos serán inevitables, y a corto plazo, supondrá automatización de trabajos y aumento del desempleo. "A la larga se crearán más puestos de los que se destruyen, como ha ocurrido en todas las épocas de cambio tecnológico, pero mientras dure la transición pueden producirse momentos duros. En países con el 6% de paro estructural esta situación es menos problemática que con el 12%, de modo que tendremos que plantearnos cómo digitalizar sin aumentar el paro; puede hacerse, pero hay que encontrar los instrumentos".

Este análisis prospectivo tendrá lugar tras "el gran cisne negro que está siendo el coronavirus". Sin embargo, señala Rubio, los cambios que se sucedan no variarán las grandes tendencias de fondo. "Será un 'shock' fuerte pero corto; un par de años es mucho tiempo en la vida de las personas, pero muy poco en lo estructural. Las grandes tendencias continuarán siendo las mismas".

5. Los problemas

El diseño de la Oficina entronca con lo que la época demanda a iniciativas de esta clase en cuanto a composición, técnicas y objetivos: es la puesta en común del conocimiento experto disponible con el propósito de dotar a los decisores de mejor información para sus políticas. Contiene, además, esa visión a largo plazo que permite equilibrar la predisposición a operar en tiempos cortos, tan habitual en la política y en la economía contemporánea; promueve la participación de los actores civiles, sociales y empresariales más importantes; y afirma organizarse desde la meritocracia y la independencia. Si esto fuera así, pocos reparos podrían ponerse, salvo el hecho de que en su fortaleza reside también su debilidad.

La objeción no es que no se sujete a los estándares del conocimiento experto contemporáneo, sino la fragilidad de este. Si pocos meses antes de la crisis de 2008 se hubiera reunido a los más prestigiosos expertos económicos mundiales, ninguno de ellos habría vaticinado la recesión. Hubo gente que mencionó que esa posibilidad estaba a punto de concretarse, pero precisamente por eso, ninguno de ellos tenía prestigio; se los consideraba agoreros, no expertos. Si en el mes de noviembre de 2019 hubiéramos reunido a los epidemiólogos más reputados, sus pronósticos distarían mucho de lo que ha ocurrido muy poco después. Confiar ahora en el criterio de los expertos ortodoxos sin compensarlo con visiones laterales o claramente diferentes, puede implicar que se repitan los errores del pasado reciente.

En cuanto a la pluralidad, habría que pensar el asunto desde otra perspectiva, porque no se trata únicamente de que estén los distintos grupos parlamentarios representados o que personas con diferentes ideologías tengan un punto de encuentro y de debate. El problema de fondo es lo que se puede dejar fuera precisamente por entender la diversidad desde este punto de vista. La gran división es entre ortodoxos y heterodoxos, y en esta época, y especialmente para encontrar pistas sobre el futuro y sobre las posibilidades de acción, las ideas de los segundos pueden ser relevantes.

En entornos estables el conocimiento estándar es muy útil, en la medida en que se proyectan sobre el futuro las tendencias vigentes y no hay mucho margen de equivocación: el porvenir tiene grandes puntos de conexión con el pasado. Pero cuando se viven momentos inestables, como es el nuestro, prolongar los movimientos operativos de la época suele ser un camino que conduce a la irrelevancia. Lo que viene puede ser distinto y es bastante probable que lo sea, por lo que conviene abrir el marco de observación. El problema se agrava en la medida en que los debates tenderán a resolverse por consenso, que es una de las maneras más eficaces de volver inoperantes las discusiones: al final no puede haber grandes aportaciones, ya que todo el mundo se pone de acuerdo en lo obvio.

El futuro es un animal esquivo y sus lecturas, demasiado a menudo, tienen mucho más que ver con las esperanzas, ilusiones o descontentos del presente, que con un análisis sustentado en bases firmes. Y nuestra época ha dado rienda suelta a la imaginación: el porvenir ya no es el momento de realización de utopías ligadas a una reorganización social que haga la vida mejor, sino el instante en que se desarrollarán enormes avances científicos y tecnológicos. O eso nos dijeron los expertos, que nos aseguraban cosas sorprendentes, como que todos íbamos a vivir 120 años en buena forma física o mental. Es extraño leer ahora esas profecías: en la primera prueba de la realidad que hemos tenido que pasar, la esperanza de vida ha disminuido radicalmente. Y no es una cuestión puntual, ligada a una pandemia, porque tampoco podemos asegurar que no haya un rebrote de la misma intensidad, o peor, que no tengan lugar pronto otras pandemias causadas por otros virus.

Del mismo modo, nos hablaron de la enorme importancia que tendría la inteligencia artificial y de las grandes posibilidades de la recopilación de datos, su tratamiento y su análisis en múltiples campos, entre ellos el de la salud. De momento, lo que hemos visto es un caos general con los datos, no solo en España, y ninguna solución efectiva; el mejor remedio que hemos puesto a la pandemia es el de siempre, encerrarnos para cortar las cadenas de transmisión. Para lo que sí han sido muy útiles los datos ha sido para el control de las personas, que ha ayudado en algunos países, pero sus usos futuros no parecen muy felices.

Y esto es importante, porque los mismos expertos que nos aseguraban todas estas cosas son los que siguen siendo considerados los grandes especialistas, y los métodos e instrumentos que utilizan para sus análisis no han variado. Pero, vaya, ya nos ocurrió con la crisis de 2008, que los economistas que no supieron anticiparla ni combatirla son los que siguen al frente de las instituciones más prestigiosas, lo que debería prevenirnos contra sus análisis y conclusiones.

El último problema es el del marco de análisis. A menudo se fija un escenario a partir del cual se intentan tejer estrategias y pergeñar opciones, y eso suele ser útil cuando estamos seguros de que el escenario futuro va a ser el mismo que el actual. Pero nuestra época lo es de tensiones y es el momento de anticipar otros marcos. También desde lo pragmático: quizá la pregunta no sea cómo organizar un sistema educativo para que las personas compitan mejor en un mundo laboral escaso, sino cómo ampliar el horizonte para que el mercado laboral español sea mucho mayor. Pero estas preguntas no salen en el libro de los expertos actuales de mayor prestigio.

Desde esta perspectiva, el diseño de la Oficina tiene todas las ventajas de utilizar el conocimiento ortodoxo, sus enfoques y sus instrumentos, pero también todos sus inconvenientes. En todo caso, se trata de una iniciativa que debería perdurar con independencia de cuál sea el signo político de los próximos gobiernos.

Fuente: El Confidencial

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