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Eduardo Bautista

Muchos le llaman la guerra 3.0 porque es el primer conflicto bélico que se vive en redes sociales en tiempo real. Sputnik investiga por qué lo que sucede en Ucrania marcará un antes y un después en la historia de los fenómenos geopolíticos.

Las imágenes de los soldados rusos entrando al territorio ucraniano como parte de una operación militar especial ordenada por Vladímir Putin no fueron transmitidas, esta vez, por ninguna cadena grande de televisión. Ahora fue el turno de Twitter, Instagram y Facebook.

Bombardeos en streaming, tiroteos como stories y castigos públicos como posts demuestran cuánto ha cambiado la forma de ver y entender los conflictos internacionales. Si hace 32 años la Guerra del Golfo en Kuwait fue una exclusiva de CNN —que se metió hasta el frente de batalla—, ahora son las televisoras las que recogen la información que se difunde en las redes sociales.

El problema estriba en que esa información no siempre es fidedigna y circula en plataformas que, al final, también obedecen a intereses económicos y políticos muy específicos, generalmente apegados al discurso occidental debido a que la mayoría de estas empresas tienen su sede en Estados Unidos o Europa, advierten expertos consultados por Sputnik.

"La desventaja [de la guerra 3.0] es que estamos ante una apología del militarismo como elemento cotidiano en las redes sociales. Cada vez más contenido que tiene imágenes militares con una oda al nacionalismo y al patriotismo, y que hace de la violencia un mecanismo de diálogo que, acompañado con imágenes y audios vía streaming, cautiva al internauta", alerta Moisés Garduño, internacionalista de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y doctor en Estudios Árabes e Islámicos por la Universidad Autónoma de Madrid.

Armas y redes: no todos ganan

Mientras en Facebook, Twitter, Instagram y TikTok corren ríos de material multimedia sobre el conflicto en Ucrania, las grandes empresas armamentistas viven un auge financiero sin precedentes.

Desde hace décadas, Estados Unidos es el principal productor y exportador de armas en el mundo, según datos del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI, por sus siglas en inglés).

Del periodo 2011-2015 al de 2016-2020, el país norteamericano aumentó sus exportaciones de armamento del 32% al 36%. El 47% de esas armas fueron vendidas a la región del Medio Oriente, aunque el SIPRI estima que la industria bélica estadounidense suministra activos a 96 países.

Con el 20% del mercado mundial acaparado, Rusia es el segundo exportador de armas más grande del orbe. Estados Unidos abarca el 37%, Francia el 8,2% y Alemania el 5,5%.

"Recordemos que la economía estadounidense es una economía esencialmente bélica. A la economía de Estados Unidos es a quien más le conviene que Europa del Este se hunda en un conflicto de grandes proporciones", asegura el historiador y analista internacional Christian Nader.

Los medios de comunicación tradicionales también recurren a la apología del militarismo. El 11 de marzo —a pocos días de que estallara el conflicto entre Rusia y Ucrania— el canal español de televisión Cuatro transmitió la opinión de un estratega militar que alentó a "matar más rusos".

El programa se llama Horizonte y en él intervino José Jiménez Planelles, quien en su perfil de Linkedin se identifica como Criminalista Forense en ALTA Gestión Integral de Peritajes. En esa emisión, el especialista habló a detalle, en prime time, sobre las armas que se han utilizado durante el conflicto, como los proyectiles de tungsteno y los misiles C-90. Incluso llevó algunas armas para que el público pudiera verlas en su pantalla.

Banalizar para ganar dinero

El auge del "militarismo digital" es muy peligroso porque merma la capacidad de la población mundial para desarrollar una crítica social de los fenómenos geopolíticos, asegura Garduño, quien también es especialista en Oriente Medio por el Colegio de México (Colmex).

"Los medios de comunicación quieren hacer un espectáculo de todo fenómeno que se reporta. Cualquier evento de crisis debe ser informado como lo que es y no como un espectáculo sujeto a la contemplación de likes o emoticones que sirvan para subir ratings o generar estadísticas para verificar audiencias de distintos medios y redes sociales, como Twitter, Facebook o cualquier otra", observa el experto.

Otro problema es que las plataformas digitales como Google, YouTube o Facebook —por mencionar algunas— no han construido un piso parejo a los actores del conflicto en Ucrania. Los medios rusos Russia Today (RT) y Sputnik han sido bloqueados en Estados Unidos y en los países miembros de la Unión Europea (UE). Sus contenidos fueron retirados de Google y sus canales no son visibles en YouTube.

Aunque hay ventajas de que el conflicto bélico se informe vía redes sociales, sobre todo porque en esta ocasión hay espacio para narrativas alternativas al discurso predominante, también es cierto que los conglomerados tecnológicos no son entes imparciales o inertes, sino actores políticos que se deben, en buena medida, al país al que pertenecen, explica Alejandro Salgó Valencia, especialista en geopolítica del Oriente Medio de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

La familia Meta —la nueva subsidiaria que aglutina Facebook, Whatsapp e Instagram y que a partir del 21 de marzo se considera por Rusia como una organización extremista— tiene su sede en California. TikTok, en cambio, es una plataforma china e incluso ha estado a punto de retirarse de retirarse de Estados Unidos por la guerra comercial entre ese país y el gigante asiático. Twitter, por su parte, opera desde San Francisco, y Google es el rey de Silicon Valley.

"A pesar de que las redes permiten una democratización del acceso a la información hasta cierto punto, creer que eso es una verdad absoluta resulta en una falacia. Cuando vimos que Twitter canceló la cuenta de Donald Trump, descubrimos que también hay un control mediático de parte de estos gigantes tecnológicos", añade Salgó.

"Lo escandaloso en estos momentos es que Meta censura cualquier narrativa que no obedezca a sus intereses o criterios. Las redes no son tan democráticas porque, finalmente, también son un negocio. Creer en ellas de forma absoluta sería cometer el mismo error que cuando confiamos plenamente en la televisión. Porque igual que CNN mintió hace años al decirnos que el armamento estadounidense no mataba civiles [en la Guerra del Golfo], hoy las redes nos venden la idea de que Rusia va perdiendo la guerra, que sus tanques se quedan sin gasolina, que sus soldados enfrentan una desmoralización, cuando eso es una absoluta mentira", asegura.

Discurso de odio: un atajo para evitar pensar y profundizar en problemas políticos y sociales

Samuel Cortés Hamdan

Estadounidenses blancos se declaran una raza superior y llaman a restringir las vidas de sus conciudadanos latinos, indígenas, árabes, asiáticos; israelíes se inconforman con la cohabitación de los palestinos y arrinconan a sus rivales en guetos.

El mundo occidental pide la cancelación de la cultura rusa en represalia contra las decisiones de un gobierno; un comediante mexicano, Chumel Torres, se hace famoso humillando a los marginados; el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, ridiculiza a las víctimas de la dictadura militar de su país y el magnate Donald Trump basa su campaña rumbo a la Casa Blanca en 2016 en el desprecio de las minorías.

Detrás de estas violencias, estas afirmaciones que se niegan a comprender la circunstancia del otro, hay una práctica identificada por promotores de derechos humanos, instituciones jurídicas, organismos internacionales y la propia Organización de las Naciones Unidas (ONU): el discurso de odio.

"En todo el mundo estamos presenciando una inquietante oleada de xenofobia, racismo e intolerancia, con un aumento del antisemitismo, el odio contra los musulmanes y la persecución de los cristianos", advertía ya en 2019 el secretario general de la ONU, António Guterres.

"Los movimientos neonazis y a favor de la supremacía blanca están avanzando y el discurso público se está convirtiendo en un arma para cosechar ganancias políticas con una retórica incendiaria que estigmatiza y deshumaniza a las minorías, los migrantes, los refugiados, las mujeres y todos aquellos etiquetados como los otros", abundaba entonces.

En un momento de tensión política internacional donde se pide anular las novelas de Fiódor Dostoievski y las películas de Andréi Tarkovski, Sputnik conversó con la doctora en literatura Mariana Ozuna, académica de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y especialista en literatura mexicana del siglo XIX, para tratar de entender los abusos, mecanismos, orígenes y objetivos del discurso de odio.

Interrumpir el debate político sin argumentos

El discurso de odio impide el debate político

"Cuando las ‘fuerzas políticas’ promueven discurso de odio y cuando los medios lo ‘amplifican’, se evidencia que las fuerzas políticas miran a cortísimo plazo y que el discurso de odio es más una estrategia que asumen sin ponderar —y sin importarles— los alcances sociales de los mismos", estima Ozuna.

Además, identifica que el discurso de odio se ejerce como una herramienta generalizada cuando se carece de argumentos, sin especial preponderancia en un sector del espectro político.

"El discurso de odio es superficial, bidireccional, alarma el hecho de que odiando se evite pensar y que, paulatinamente, odiar en redes y en los medios sea un ejercicio discursivo inmediatista que evita historiar los problemas", evalúa la especialista en el autor mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi.

Si bien reconoce falta de datos estadísticos para identificar si los grupos conservadores esgrimen el odio mayoritariamente, la profesora de la UNAM sí distingue que estos discursos hostiles se pagan con recursos aladinescos.

"Es decir, hay grupos —las oligarquías, por ejemplo— que destinan cantidades obscenas a promover y amplificar el odio hacia una figura política, hacia ideas políticas, hacia transformaciones sociales, contra luchas históricas", apunta la universitaria.

"Estas oligarquías, grupos políticos, comunidades, se esmeran por pagar estupendamente la secrecía, quizá sea esa secrecía la que debiera obsesionarnos: ¿por qué no pueden conocerse las genealogías políticas?, ¿de dónde viene el dinero que sostiene tal o cual medio, tal o cual institución educativa?, ¿quiénes son los intocables por invisibles?", indaga.

Estos grupos, insiste, mandan odiar desde la penumbra mientras se exhiben a plena luz sólo para algunos informados, conocedores más específicos de un entramado de intereses.

Miedo constante: caldo de cultivo para el odio

Cuestionada sobre qué individuos o comunidades son susceptibles de la manipulación que supone el discurso de odio, la académica evalúa que para odiar se requiere un proceso previo que sumerja a estos grupos y personas en un miedo constante.

"Y que este miedo sea alimentado incansablemente —para eso se requiere el financiamiento. El discurso de odio reduce la obturación de nuestra mirada, y de esa manera nos reduce", apunta.

"Temer a una comunidad implica sustraer a esos seres humanos su cualidad de persona, se les atribuyen poderes y fuerza, se les atribuye el tiempo de la inminencia, y paralelamente el grupo odiante se mira como aquel llamado a detener (¿conjurar?) ese inminente mal, y su tiempo es el del presente por el futuro", analiza.

"Una expresión clara de la implosión de la modernidad"

El discurso de odio expresa la implosión de las contradicciones de la modernidad que, desde la izquierda o la derecha, promete un modelo de vida universalizado como civilizatorio, recuerda Ozuna, mientras se basa en el colapso ecológico y el genocidio.

"¿Qué es lo que se nos dice que perderemos si tal o cual comunidad adquiere legitimidad como personas? Perderemos, nuestras propiedades, nuestras creencias serán devaluadas, nuestra cultura avasallada, es decir, se nos recita la receta que desde hace siglos han vivido cientos de comunidades ante la globalización del colonialismo de la mano del capitalismo", critica.

"La escasez, la privación de la dignidad como condición para vivir en este orden mundial no puede sino producir rabia y esta, cuando no es digna, fácilmente deriva en discurso de odio", añade.

Si bien puede provenir de indignaciones legítimas ante la injusticia —la precariedad, la anulación, la reificación, la desigualdad, la humillación, enumera la docente—, esta rabia se despoja de su conciencia de origen y se vuelve cobarde arma arrojadiza, califica la doctora en letras.

"Así, el odio en el discurso congrega a quienes temen y se sienten humillados pero no alcanzan a reconocer el origen cotidiano de la humillación, y siempre será preferible sentir odio a sentirse humillados, desechados, intrascendentes", identifica.

La literatura, ¿una alternativa contra esta desinformación?

Especialista en la literatura que acompañó el proceso de consolidación del México independiente, en un arco histórico que inicia en la revuelta armada contra España a inicios del siglo XIX y culmina en la dictadura de Porfirio Díaz, que a su vez motivó la Revolución mexicana de 1910, la doctora Ozuna también problematiza el papel combativo de la literatura ante el odio.

"Ahora hay una literatura institucionalizada financieramente: premiada por la industria con fines de la industria editorial, por ejemplo. La literatura sin mediación me parece que poco puede", reconoce.

"Me resulta aberrante que se promueva, en distinguidas reuniones en nuestro país, Americanah(novela de la autora nigeriana Chimamanda Ngozie Adichie) y no Los sueños de la niña de la montaña (de la autora zapoteca Eufrosina Cruz Mendoza): por un lado la voz educada y crítica de una mujer afrodescendiente; por otro, la voz de una mujer indígena que se alza desde la más lejana periferia social desde nuestro país para —como diríamos— echarle limón a la herida en pleno rostro mexicano: el racismo", describe.

A pesar de considerarlo vibrante, el discurso de la novelista africana ha sido legitimado por la institución colonial, califica la experta: se le atribuye racionalidad, mientras que a la autora zapoteca se la acusa de no ser comprensible, pues su voz proviene de sujetos históricamente considerados irracionales.

"Al pensamiento de Cruz Mendoza se le escatima racionalidad y, por supuesto, belleza", reclama.

Ozuna identifica que actualmente hay un uso de la literatura sobre todo industrial, mercantil: escenario ante el que es necesario el papel de los mediadores y de la mediación para acceder a su potencial de mostrar caminos.

"(Y) llegar a esa literatura que nos desentraña, me refiero a las universidades, las escuelas, los críticos literarios, y no soy optimista al respecto. Muy al contrario, la literatura de la mesa de novedades, la literatura premiada rehúye sistemáticamente deshojar la margarita de los odios en nuestro país, quizá a lo mucho los hace pintorescos y aceptables", considera.

Para desatar el potencial literario de impulsar discursos de re-conocimiento y de aceptación, apunta la académica, hay que leer esos trabajos, esos discursos que humanizan a los odiados.

"Porque requisito esencial del odio es la deshumanización del grupo o la comunidad detestada —animalizarlos, exagerar aquello que se considera opuesto a las creencias del grupo que odia—", subraya.

"En ese sentido, el cine ha logrado sacudir el odio. Django unchained (Tarantino, 2012) o El camino (2008), de Ishtar Yasin Gutiérrez, me vienen a la cabeza porque se abren paso entre la vocación aletargadora de la cultura del entretenimiento mainstream y nos entregan a sentimientos incómodos y francamente desgarradores", ejemplifica.

Acudir a este arte poético o cinematográfico que desgarra, que hiere y sacude hasta el llanto o la indignación, considera la profesora de literatura, implica dejarse arrobar por mundos que no son complacientes.

"Y seamos honestos: la furia de la vida cotidiana deja poco lugar para esos ejercicios, la comodidad resulta casi irresistible", ironiza.

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