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Maxim Medovarov

El golpe constitucional que tuvo lugar en Pakistán no sólo provocó cambios significativos en la situación geopolítica, sino que también se convirtió en el reflejo de una vieja tendencia: la oposición del pueblo al parlamentarismo oligárquico.

El sistema político de Pakistán se caracteriza por una extrema inestabilidad, constantes golpes de Estado y asesinatos. Ninguno de los primeros ministros del país, desde su fundación por los británicos en 1947 hasta la actualidad, ha cumplido un mandato completo. Sin embargo, por primera vez en la historia de Pakistán, se produjo un golpe en forma de voto de censura de la mayoría parlamentaria al gabinete de Imran Khan.

Durante medio siglo, Pakistán ha estado dividido en partes y expoliado por dos clanes oligárquicos: la familia Sharif, estrechamente vinculada a los republicanos estadounidenses, las monarquías árabes y los negocios chinos, y la familia Bhutto-Zardari, orientada hacia los demócratas estadounidenses y las élites británicas. Imran Khan defendió la voluntad del pueblo, que quiere escapar de la pobreza y de las manos de estos dos clanes, asumiendo el cargo de primer ministro en 2018, y luego instalando a su colega Arif Alvi como presidente.

Por primera vez en la historia de Pakistán, Imran Khan comenzó a construir un estado de bienestar, islámico en su base doctrinal, pero decididamente tolerante con todas las minorías religiosas. Sus subvenciones sociales a la electricidad y la gasolina sacaron a decenas de millones de pakistaníes de la pobreza. Su geopolítica independiente desafió al Occidente angloamericano, apuntando a una fuerte cooperación militar con Rusia y China y al arreglo de las relaciones con la India. El ascenso de los talibanes al poder en Afganistán favoreció al pashtún Imran Khan, asegurándole una sólida retaguardia sin tropas estadounidenses.

Mediante una intervención directa, los angloamericanos se hicieron con algunos de los diputados de los partidos menores y obtuvieron una mayoría de dos (!) votos en el Parlamento. Aunque el presidente Alvi emitió un decreto para disolver el parlamento, el Tribunal Supremo se puso del lado de los conspiradores y permitió que el parlamento ilegítimo eligiera al gobierno de coalición oligárquico de Sharif-Zardari, apoyado por una serie de pequeños partidos, entre ellos islamistas puros y separatistas belicistas. El pueblo, privado de beneficios sociales por el primer decreto de Sharif, se ha mantenido fiel a Imran Khan y está organizando innumerables manifestaciones para su regreso. Irán y Afganistán apoyan de facto a Imran Khan, aunque las perspectivas de su regreso al poder son sombrías con el cuartel general del ejército pakistaní lleno de títeres estadounidenses.

Evidentemente, Shahbaz Sharif no tiene intención de romper los proyectos conjuntos con China y Rusia. Pero sin duda sucumbirá a las sanciones occidentales porque, según él, Pakistán es un país demasiado pobre para llevar a cabo una política independiente y, por tanto, en general, hay que respetar los decretos de Washington. Una declaración tan humillante se ha convertido en otro estigma para la familia Sharif, notorios sobornadores y funcionarios corruptos que ya han sido juzgados muchas veces.

Es curioso que Sharif y Zardari acusen a Imran Khan de malgastar el presupuesto en necesidades sociales y de prepararse para un impago, pero mientras tanto, en la región vecina de Sri Lanka, hay un colapso total del Estado, disturbios por hambre, falta de pan y de combustible, precisamente por culpa de la plutocracia cercana a EEUU de los gobiernos de los tres hermanos Rajapaksa, que recibieron préstamos del FMI y, a instancias de Biden, dejaron a su país sin carbón en nombre de la "energía verde". Una revuelta nacional provocó el cambio de algunos ministros de Sri Lanka, pero en general el régimen de Rajapaksa se mantiene a flote gracias a un parlamento plutocrático obediente.

La oposición del pueblo al parlamento es muy antigua. Se manifestó claramente en los siglos XVIII, XIX y XX en varios países. El miedo patológico a los referendos en la mayoría de los regímenes oligárquicos-parlamentarios de Europa Occidental y Oriental es bien conocido. Por supuesto, un referéndum también puede estar falseado o mal formulado, sin embargo, es el parlamentarismo el que más a menudo está en clara contradicción con la voz del pueblo, no como un conjunto de individuos atómicos, sino como un todo orgánico (sociología de Hans Freier). Por eso se ha creado una situación anómala en Pakistán, donde la gran mayoría de la población apoya activamente a Imran Khan y a una política exterior completamente independiente, pero no puede hacer nada contra los diputados plutocráticos, muchos de los cuales han sido sobornados en el último momento.

Ni que decir tiene que durante 30 años Ucrania se ha arrastrado en un frenesí sangriento precisamente porque una y otra vez se ha negado a aplicar los resultados de sus propios referendos sobre la autonomía de Transcarpacia (1991), la autonomía de Donbass (1994), la creación del Senado y la federalización (referéndum de Kuchma de 2000), hasta que los referendos populares de 2014 infligieron una herida mortal a esta entidad plutocrática.

Pero Moldavia sigue el mismo camino, en el que ahora -y no por primera vez- una mayoría rusófila artificialmente entrelazada de varios diputados (a veces 51 de 100, a veces 60 de 100 -ha ocurrido de diferentes maneras-) adopta "leyes tiránicas" que provocan el rechazo masivo y el rechazo del pueblo. En respuesta a la cínica prohibición parlamentaria de la cinta de San Jorge y de las letras Z y V por parte del parlamento moldavo, tanto el norte de la república (Balti) como el sur (Gagauzia) han lanzado protestas demostrativas bajo estos símbolos, defendiendo su dignidad e insubordinación frente al cobarde despotismo de Chisinau.

El parlamentarismo plutocrático de Moldavia o de Sri Lanka no es más que una copia caricaturesca de un original igualmente plutocrático: el parlamentarismo de estilo inglés y francés. Hoy, cuando el consenso real de Boris Johnson o Joe Biden ha caído al 30% (y Macron en la primera vuelta sólo obtuvo el 28% de los votos de una participación del 70%), pero el pueblo no tiene la menor posibilidad de rechazarlos, esto es más evidente que nunca. Pero cuanto más avanza la reestructuración de todo el sistema de relaciones internacionales, más cerca está el colapso de la plutocracia parlamentaria. Los acontecimientos en Pakistán pueden convertirse en un desencadenante del proceso global en este sentido.

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