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En el año 2019 Aminta Pérez, la madre del terrorista venezolano Oscar Pérez, estuvo al lado del entonces presidente Donald Trump en uno de los actos que realizó en la ciudad de Miami, durante la campaña previa a las elecciones presidenciales que tuvieron en noviembre de 2020.

Lejos estaría Aminta de imaginar que, dos años después de que el magnate gringo le levantara la mano y alabara a su hijo, tildándolo de héroe, ella estaría prácticamente en la indigencia, viviendo en un refugio en Homestead y sin poder costear sus gastos más básicos.

Así se reveló en una entrevista que ella ofreció al diario el Nuevo Herald, al que aseguró que no tiene ni casa, ni empleo, lidiando con las secuelas de un infarto y luchando contra un cáncer.

Aseguró que desde su llegada a Estados Unidos, nación en la que se autoexilio poco antes que su hijo fuera abatido en 2018 por las fuerzas de seguridad del Estado, no ha tenido estabilidad económica.

“Nunca he tenido donde estar”, señaló al relatar que “me la paso de casa en casa, de gente de las redes sociales”.

Confesó que después del acto en el que acompañó a Trump, sintió esperanza y creyó que su situación mejoraría porque recibiría apoyo y ayuda del entonces diputado Juan Guaidó, a quien el régimen gringo le dio luz verde para que se apoderara de los recursos del país que fueron confiscados en esa nación.

El Nuevo Herald cita a la abogada Dougeli Wagner, quien “ha acompañado a la madre de Pérez durante sus dificultades”.

“Se portaron fatal”, señaló Wagner, quien afirmó que “a esa señora casi que le dicen, toma para el transporte y vete de aquí”.

El rotativo gringo señala que Aminta “le había pedido ayuda directamente a Guaidó pero que el líder opositor le informó que no podía hacer mucho por ella. Los partidos políticos de la oposición venezolana nunca estuvieron alineados o sintieron gran simpatía por Oscar Pérez o con su movimiento, viendo al policía insurgente con cierto grado de desconfianza”.

“Aminta confiesa que su paso por Estados Unidos nunca ha sido fácil y ha estado marcada por la hostilidad y maltratos desde que se presentó en septiembre del 2017 ante un funcionario de inmigración al pisar la frontera en el Puerto de San Ysidro, el punto de entrada entre Tijuana y San Diego”, refiere el diario.

Aseguró que llegó al país del norte porque su hijo así se lo pidió, sin embargo, su estadía en esa nación norteamericana no es lo que imaginaba.

“Me esposaron ante los niños y a mi nuera también la esposaron. Los niños llorando porque no sabían qué estaba pasando. Nos pusieron unos grilletes. Después nos amarraron la cintura con unas cadenas y no podíamos ni caminar […] y yo me preguntaba, bueno, ¿pero qué pasó aquí? ”, relató, al tiempo que señaló que pasó varios días en una cárcel de inmigración y, posteriormente, le fue otorgada libertad condicional.

Su delicado estado de salud complica aún más su situación. Poco después del acto con Trump sufrió un infarto que ameritó una intervención quirúrgica.

Refiere el Nuevo Herald que “Aminta narra que tuvieron que cortar a través de la ingle, pero durante esa operación le lesionaron la arteria femoral. Cuando salió de terapia intensiva, se encontró que tenía grandes dificultades para caminar y posteriormente al ser sometida a un examen exhaustivo el personal médico encontró que estaba a punto de padecer gangrena en la zona”.

Tras una nueva operación para remediar esa situación, que la dejó caminando con ayuda de un bastón, le fue diagnosticado un cáncer de seno contra el que lucha actualmente.

Acota el rotativo que “en cuanto a los dirigentes políticos, Aminta difícilmente puede ocultar una marcada decepción porque no le han podido ayudar a ella, ni al único hijo que le queda con vida (Luis Armando)”.

“Yo había hablado con toda esa gente, para que me ayudaran a traerlo (a Estados Unidos), para que él estuviera conmigo. Pero me engañaron también”, afirmó la mujer.

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