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Luis Rivas

La guerra diplomática entre Francia y su principal aliado en África occidental, Malí, puede saldarse con un desastre para la política de París que salpicaría a toda la Unión Europea.

La presencia francesa en el Sahel está más que nunca en entredicho. Las autoridades de Malí, la junta surgida del putsch del verano de 2020, quiere revisar el acuerdo de defensa vigente con Francia. El primer ministro maliense, Choguel Kokalla Maiga, declaró el 16 de enero la necesidad de "releer los acuerdos desequilibrados que nos convierten en un Estado que no puede sobrevolar su territorio sin permiso de Francia".

Sin esperar la reacción francesa, Bamako denunció poco después el vuelo sobre su espacio aéreo de un avión A400 del ejército francés, que efectuaba una operación logística entre Abidjan (Costa de Marfil) y la base militar francesa de Gao, en territorio de Mali.

Los acuerdos de defensa entre Francia y la República de Malí datan de 2013, cuando se inició la llamada Operación Serval que daba pie a la intervención militar francesa contra los yihadistas que ocupaban parte del territorio maliense. Serval dio paso en 2014 a la Operación Barkhane que, tras ocho años de vigor, es discutida hoy por la junta maliense.

La sombra de la retirada de Afganistán

El presidente francés, Emmanuel Macron anunció el pasado año la "transformación de Barkhane en un nuevo modelo", lo que implicaba la reducción de los 5.000 soldados franceses en casi la mitad y el abandono de varias bases militares. En definitiva, acabar con la instalación permanente de las tropas francesas en un país determinado y transformar esa labor de ejército/policía en operaciones puntuales.

Para nadie era un secreto que, a pesar de haber eliminado a varios de los principales dirigentes de los grupos yihadistas que actuaban en la región del Sahel, la Operación Barkhane no ha cumplido con sus objetivos. Su coste desmesurado y las 57 bajas entre las tropas francesas habían ya empujado a París a replantearse una aventura que era criticada en la propia Francia por la opinión pública, la oposición política y por altos mandos militares. La sombra de la retirada occidental de Afganistán planea sobre la capital francesa.

Las tensiones entre Bamako y París se iniciaron tras la toma de poder por el coronel Assimi Goita, en el verano de 2020 y su nuevo golpe en 2021. París exigía al nuevo hombre fuerte del país la celebración de elecciones en el plazo de un año. Goita se negó y amplió ese período a cinco años, arguyendo que la inseguridad crónica sobre el territorio hacía imposible la celebración de comicios.

Como denuncian medios oficiales malienses, las presiones "democratizadoras" de París sobre Bamako difieren del trato que Francia ha tenido con otros gobernantes africanos que no han pasado por las urnas, o su complacencia con otros dirigentes de ese continente que han violado el principio de renuncia a la reelección tras dos mandatos consecutivos.

Mercenarios rusos, como excusa

El presidente Macron ha presionado a la Comunidad Económica de África del Occidental (CEDEAO) para sancionar a su "aliado". La CEDEAO ha impuesto duras sanciones a Malí, que ve cerradas las fronteras de varios de los países vecinos miembros de la organización, entre otros castigos.

Francia ha querido implicar también a sus socios de la UE en el fracaso de su campaña africana. En una reunión celebrada en la ciudad de Brest con sus homólogos europeos, la ministra francesa de Defensa, Florence Parly, se preguntaba cómo continuar con las operaciones militares "en un país que es objeto de sanciones y que utiliza mercenarios".

El gobierno francés acusa a Mali de recurrir a la empresa rusa de seguridad privada "Wagner", en un intento por implicar directamente a Moscú en sus disputas con un país que, hasta ahora, como otras excolonias francesas del área, formaban parte de su esfera de influencia.

Rusia ha desmentido siempre los vínculos oficiales con el Grupo Wagner, pero no renuncia a mantener y ampliar las relaciones en África, en competencia no solo con Francia y otras antiguas potencias coloniales, sino también con Estados Unidos, China o Turquía. Las relaciones de Moscú con Malí no son recientes, precisamente. Al día siguiente de la salida del último soldado francés y la declaración de independencia, en 1960, la Unión Soviética iniciaba un pacto que incluía, además de material de guerra, la formación de los pilotos civiles y militares.

Deserciones europeas

Emmanuel Macron ha comprometido a sus socios europeos en la contención de los grupos yihadistas que ganan posiciones no solo en Malí, sino en toda África y, en especial, en la zona sahariana y en el Sahel. Algunos países de la UE participan en la misión de formación militar para Malí (EUTM) y en el grupo Takuba, formado por miembros de las fuerzas especiales de Suecia, Eslovenia, Republica Checa, Italia, Dinamarca, Portugal, Bélgica, Grecia, Países Bajos. Alemania ya ha anunciado su intención de abandonar la misión de formación en Mali; Suecia, por su parte, está decidida a cerrar su participación en Takuba. España no ha querido integrarse en ese grupo y ha preferido centrarse en la formación, dentro de la misión EUTM.

Unir esfuerzos para frenar el avance del terrorismo islamista en África es algo a lo que muchos gobiernos europeos se ven obligados. Pero la solidaridad europea no implica apoyar al ejército francés en misiones que parecen contribuir solo al mantenimiento de la influencia y los intereses de París en sus excolonias del África del oeste.

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