Arabia Saudí será obligada a poner fin a su guerra en Yemen mediante negociaciones con Ansarolá o por aceptar las resoluciones de las Naciones Unidas.

Que el régimen saudí cese su intervención en Yemen es un buen augurio en materia de respeto a los derechos humanos y salvar la vida de los civiles, pero en realidad, qué hay detrás de las intenciones de esta monarquía absoluta que, tal y como indican los informes, está desesperada en busca de una salida a este conflicto armado. Riad pondrá fin a su contienda militar en Yemen mediante la realización de negociaciones con el movimiento popular yemení Ansarolá, dividir este país o acatar las resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para no sufrir más gastos militares, políticos y económicos.

Yemen es el país más pobre de la región Asia Occidental, que ha atestiguado durante los últimos años, una escalada de tensión azuzada por Arabia Saudí, que va camino de convertirse en una de las peores catástrofes de la historia. Este país hace 30 años estaba dividido en dos partes independientes: Yemen del Sur y Yemen del Norte.

Yemen del Norte, fue un país que existió desde 1962 hasta 1990 en la parte noroeste de lo que ahora es Yemen. Su capital era la ciudad de Saná. Ali Abdolá Saleh era el último presidente de este país. Mientras que Yemen del Sur, el primer Estado socialista que existía en el mundo árabe, tenía como capital la ciudad sureña actual Adén, y en 1990 se unificó con su vecino norteño, dando lugar a la actual República de Yemen.

Con el tiempo, viendo cómo se los marginaba del poder, los líderes de Yemen del Sur se arrepintieron de la unificación de los dos países y reanudaron su lucha por la independencia, pero estos esfuerzos siempre han sido reprimidos por el gobierno central.

Durante la Presidencia de Ali Abdolá Saleh, Yemen fue testigo de la tiranía de uno de los gobiernos más mafiosos del mundo árabe que aseguró su supervivencia recibiendo sobornos de los líderes tribales. La ineficiencia del Gobierno de Saleh que propiciaba el sabotaje económico, el racismo contra los chiíes, el desempleo, pobreza y hambruna en el país árabe, ha dejado Yemen inmerso en una crisis política, económica y social.

Los Estados frágiles no tienen la capacidad para planificar e implementar políticas definidas del gobierno, carecen de legitimidad y no gozan de una economía nacional coherente. Estas palabras de LotharBrock, en su libro llamado “Estados Frágiles: Guerra y conflicto en el mundo moderno” definen mejor que nada las características del Gobierno fallido de Ali Abdolá Saleh.

Según estas interpretaciones, Yemen era un ejemplo claro de un Estado frágil, un país en el que la unidad entre sus diversos grupos parecía imposible; en vez del gobierno central, las tribus jugaban un papel relevante en la gestión del país, y la situación de la economía y la política allanaron el camino para una guerra civil. Las protestas populares de Yemen, como casi toda la región de Asia Occidental, han entrado en una nueva fase desde el comienzo del despertar islámico en 2011.

En aquel entonces, tanto los yemeníes del sur así como los del norte pidieron la destitución de Ali Abdolá Saleh, quien abandonó el poder tras haberlo ejercido durante 33 años, entre acusaciones de corrupción y gobernanza fallida, y fue sustituido por su vicepresidente, Abdu Rabu Mansur Hadi. El nuevo cambio no frenó las protestas, ni tampoco resolvió nada, hasta el punto que los combatientes de Ansarolá se hicieron con el control de Saná, la capital del país.

Tras incrementarse los enfrentamientos, Mansur Hadi abandonó el poder, y se fue a la ciudad sureña de Adén, desde donde huyó a Arabia Saudí para pedir la intervención de este régimen en la crisis armada de su país. Pues, el 25 de marzo de 2015, el régimen de los Al Saud, que lideraba una coalición de sus aliados, atacó a Yemen con el objetivo de instalar de nuevo en el poder al presidente fugitivo yemení.

Esta ofensiva señaló el inicio de un conflicto armado abierto al comenzar Arabia Saudí y sus aliados una dura campaña de bombardeo contra el país más pobre del mundo árabe. En los cinco años siguientes, el conflicto se extendió hasta afectar a todo el país, de modo que la población civil es quien está pagando las consecuencias de la desmesurada ambición del príncipe heredero saudí, Muhamad Bin Salman. Al menos 12 000 civiles han muerto en los ataques saudíes, mientras que la mitad de los 27 millones de yemeníes se encuentra en riesgo de hambruna.

Yemen ha sido considerada el “patio trasero” de Arabia Saudí, que se niega a perder su influencia a manos de la creciente potencia del movimiento popular yemení Ansarolá. De hecho, con su intervención en Yemen, Riad busca conseguir dos objetivos: garantizar el acceso al estrecho de Bab el-Mandib —uno de los puertos marítimos más importantes del mundo para facilitar sus exportaciones de petróleo—, y establecer su hegemonía en este país para frenar la influencia de Ansarolá. Pero después de cinco años se dio cuenta que su intervención se ha convertido en una guerra de desgastes, cuya continuación solo impondrá más costos al régimen saudí.

El ataque yemení contra la empresa petrolera saudí, y la caída del precio mundial del petróleo, lleva a Arabia Saudí al camino de adoptar políticas de austeridad, y revisar su implicación en el conflicto yemení. Bin Salman está consciente de que el hecho de no abandonar la guerra en Yemen no solo fortalecerá el historial de las violaciones saudíes de los derechos humanos en Yemen, sino que el costo de esta contienda podría destruir la economía del reino árabe.

A pesar de que los EAU están luchando contra Ansarolá en Yemen, pero ahí sus intereses y aspiraciones se cruzan con el régimen saudí, hecho que resultó en duros enfrentamientos entre las dos partes en el sur de Yemen, y esos choques se consideran otra razón para que Riad deba retirarse del territorio yemení. Los emiratíes anhelan hacerse con el dominio del estrecho Bab el-Mandib, y por ello, además de abrir frentes de combates contra Ansarolá, están combatiendo contra el partido salafista Al-Islah. Abu Dabi considera este partido otra rama de los Hermanos Musulmanes (HHMM), que sirven a los intereses de Catar y Turquía. Pero, para confrontar a Ansarolá, el partido salafista Al-Islah y Mansur Hadi son las únicas esperanzas que quedan para los Al-Saud para conseguir legitimidad del pueblo yemení.

Además de las diferencias ideológicas, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos tienen contradicciones en sus intereses políticos y económicos en este conflicto armado. El fracaso de Riad en su ofensiva ha llevado a los emiratíes a separarse del reino árabe y apoyar el ‘Consejo de Transición del Sur’— conocido también como ‘los líderes del sur de Yemen, que busca su propia independencia. Abu Dabi proporcionó a los separatistas del sur de Yemen asistencia financiera y de armas, y utilizó sus combatientes para atacar a Ansarolá con el fin de ganar la guerra. Un sueño que aún no se ha hecho realidad.

Los posibles escenarios para la guerra en Yemen

Transcurridos más de cinco años desde su brutal ofensiva en Yemen, llegó el momento para que Arabia Saudí abandone este país con las manos vacías, sin conseguir ningún avance relevante en el campo de batalla. Pero lo que ha impedido que el príncipe heredero saudí tome esta decisión drástica para Yemen es su miedo a anunciar el fin de una guerra en la que no ha logrado nada. Pues, en la situación actual, se ven los siguientes escenarios para el conflicto armado en Yemen:

  • Los comités populares de Yemen, dirigidos por Ansarolá, entablan negociaciones de paz, y así conseguir un acuerdo con el gobierno del presidente prófugo AbduRabu Mansur Hadi para poner fin a cinco años de combates.
  • Que los combatientes yemeníes continúen con su resistencia armada hasta expulsar todas las fuerzas y mercenarios extranjeros del territorio yemení.
  • Establecer el federalismo en Yemen, una forma de organización política consistente en establecer una alianza entre comunidades – para Yemen las tribus- con el fin de unir realidades diferentes.
  • Dividir este país en dos Estados; Yemen del Norte y Yemen del Sur.

Teniendo en cuenta estos escenarios, Arabia Saudí y sus aliados se verán obligados a poner fin a su aventurerismo en Yemen, ya que este reino se encuentra en una posición negociadora más débil y es el momento de aprovecharla. Permitir que continúe la matanza sin hacer nada, sabiendo que el sufrimiento de la población civil va a ir de mal en peor, no debería ser una opción. Pues, el régimen saudí además de cesar sus violaciones en Yemen, debería poner sobre la mesa un plan de paz viable que ayude a reducir el sufrimiento del pueblo yemení. El tiempo nos dará o nos quitará la razón, pero lo que es seguro es que estamos empezando a ver el fin de la guerra yemení, azuzada por Arabia Saudí, un régimen que funciona como reino absoluto, desde hace décadas.

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