Claudio Fabián Guevara

Un plan documentado se enfoca a encender una conflagración en América Latina en torno a Venezuela y la cuenca del Caribe. Ahora se agrega la transformación de Bolivia en un nuevo Estado sicario que colabore con la generación de la guerra. En el horizonte, un caos de larga duración y la subdivisión política del continente en unidades más pequeñas.

"Estados Unidos, en vista de su retroceso mundial, quiere reordenar su espacio geopolítico… () y sumir a nuestra América en un caos sin fin de odios ideológicos externamente implantados".

Miguel Angel Barrios

"América Latina es una vez más el territorio de la dialéctica geopolítica de la colonización/descolonización. En todas partes. Bolivia, Chile, Argentina, Brasil, Venezuela, Uruguay y así en el mismo patrón: los liberales pro-EEUU (más liberales de extrema derecha) vs. las fuerzas de descolonización, en su mayoría de izquierda".

Alexander Dugin

Las piezas se van armando. Con el desmentelamiento de la UNASUR y las instituciones multilaterales que cimentaban la paz y los proyectos de integración entre las naciones sudamericanas, todas las fichas están moviéndose en dirección a una guerra inducida en América Latina.

En las últimas semanas, todas las variables se han acelerado.

Las principales hipótesis de conflicto parten del cerco multidimensional en torno a Venezuela. Ahora se agregan los peligros de una ruandización de Bolivia, y su transformación en un nuevo Estado sicario que colabore con la generación de la guerra, junto a Colombia, Perú, Ecuador, Brasil y Guyana.

Las naciones latinoamericanas no tienen motivos históricos reales para entrar en guerra. Un potencial conflicto bélico solo puede engendrarse artificialmente a partir de falsos positivos, atentados de falsa bandera, o decisiones gubernamentales que inmolen al continente en el altar de una entelequia de origen extranjero, como la "defensa de la democracia" en Venezuela, o la "lucha contra el terrorismo" que ahora enarbola el régimen usurpador de La Paz.

Un plan detallado para involucrar a un grupo de naciones latinoamericanas en un conflicto de este tipo salió a la luz el año pasado, y sus primeros pasos están a la vista.

La agenda profunda del Golpe Maestro

A principio de 2018, un artículo de la periodista argentina Stella Calloni sacó a la luz un documento de 11 páginas con la firma del almirante Kurt Walter Tidd, entonces comandante en jefe del Comando Sur (SouthCom) estadounidense: "Plan para derrocar a la dictadura venezolana". Allí se esboza la agenda profunda de la guerra contra Venezuela, que en su etapa más avanzada prevé una operación multinacional.

El documento llama a ejecutar pasos prácticos con vistas a erosionar el Gobierno de Maduro y forzar su caída:

En el plano económico, incrementar la inestabilidad interna, intensificando la descapitalización del país, la fuga de capital extranjero y el deterioro de la moneda nacional, mediante la aplicación de medidas inflacionarias que incrementen ese deterioro. Obstruir todas las importaciones y desmotivar a los inversores foráneos. Sabotear la industria del petróleo. Generalizar el desabastecimiento de comida, medicinas y bienes básicos. Contribuir a hacer más crítica la situación de la población y fomentar el descontento. Todas las calamidades vividas por la población serán explotadas para "culpar al Gobierno". En el plano social, apelar a aliados internos y agentes externos implantados en el país, para provocar protestas y actos violentos, generar inseguridad, saqueos y robos. Promover los secuestros de embarcaciones para desertar del país. Estructurar un plan para lograr la deserción de los profesionales más calificados del país. Promover la fatiga entre los miembros del partido gobernante y sus seguidores.

En el plano mediático, ridiculizar la figura de Maduro, hacerlo caer en incontinencias verbales y equivocaciones para provocar desconfianza hacia su figura. Acosarlo, ridiculizarlo y ponerlo como ejemplo de torpeza e incompetencia. Minimizar su importancia internacional. Exponerlo como una marioneta de Cuba. Exacerbar las diferencias entre los miembros del grupo en el Gobierno. En el plano militar, fogonear un golpe de Estado, perpetrar el fuego continuo en la frontera con Colombia, multiplicar el tráfico de combustible y otros bienes, el movimiento de los paramilitares, incursiones armadas y tráfico de drogas. Provocar incidentes armados con las fuerzas de seguridad de la Frontera. También reclutar paramilitares mayormente de los campos de refugiados en Cúcuta, la Guajira y del Norte de Santander.

En un primer nivel de lectura, el plan es una explícita declaración de guerra y de injerencia desembozada que explica gran parte de los padecimientos de Venezuela hoy.

En un segundo nivel de lectura, el documento puede interpretarse como un manual para el acoso y control de la población de las colonias. Este conjunto de estrategias se aplican en otros escenarios, contra otros pueblos.

En un tercero, es un instructivo ideológico para los centros generadores de noticias. Los estereotipos y construcciones discursivas que propone el documento para desacreditar al "líder enemigo" permean transversalmente la cobertura noticiosa sobre la Venezuela actual.

Preparación de una coalición internacional

A la par del fomento de la inestabilidad interna, se traza un plan para obtener la cooperación de las autoridades aliadas de "países amigos": Brasil, Argentina, Colombia, Panamá y Guyana.

Las provisiones de las tropas, el apoyo logístico y médico se realizarán desde Panamá. Se hará uso de las facilidades de la vigilancia electrónica y las señales inteligentes, de hospitales y dotaciones desplegadas en Darién (selva panameña), el equipamiento de drones del Plan Colombia, como también las tierras de las antiguas bases militares de Howard y Albroock (Panamá) así como las pertenecientes a Río Hato.

Además, se utilizará el Centro Regional Humanitario de Naciones Unidas, diseñado para situaciones de catástrofe y emergencia humanitarias, que cuenta con un campo de aterrizaje aéreo y sus propios almacenes.

Se desarrollará la operación militar bajo bandera internacional, patrocinada por la Conferencia de los Ejércitos Latinoamericanos, bajo la protección de la OEA y la supervisión, "en el contexto legal y mediático, del secretario general [de la OEA] Luis Almagro" (sic).

Se prevé una operación multilateral con contribución de Estados, organismos no estatales y cuerpos internacionales, anticipando especialmente los puntos más valiosos en Aruba, Puerto Carreño, Inirida, Maicao, Barranquilla y Sincelejo en Colombia, y Roraima, Manaos y Boavista en Brasil.

Se unirá a Brasil, Argentina, Colombia y Panamá para contribuir al mejor número de tropas, con la presencia de unidades de combate de Estados Unidos y de estas naciones, bajo el mando general del Estado Mayor Conjunto liderado por Estados Unidos.

Este plan, razona Stella Calloni, "hace comprensibles las recientes maniobras militares de Estados Unidos en esta región en la frontera de Brasil con Venezuela [Brasil, Perú y Colombia], en el Atlántico Sur [Estados Unidos, Chile, Gran Bretaña, Argentina], en el caso argentino sin autorización del Congreso nacional".

El golpe maestro preveía acelerar los acontecimientos antes de las elecciones de mayo de 2018. No logró sus objetivos en los plazos anunciados. El almirante Kidd fue retirado pocos meses después de las revelaciones periodísticas.

Pero el plan continúa su marcha.

Ultimas novedades en el frente venezolano

En el orden interno, Venezuela vive todos los ingredientes del plan previsto en el golpe maestro: al boicot de la economía, se suma un cúmulo de acciones desestabilizadoras. Durante 2019, cinco conspiraciones violentas de la derecha venezolana lograron ser desactivadas. El último incidente ocurrió el 23 de diciembre con el ataque de un grupo armado al Batallón 513 en el sureño estado fronterizo de Bolívar, donde murió un miembro de las FAB. El Gobierno venezolano informó del robo de armamento de guerra, supuestamente con el propósito de realizar una acción de bandera falsa para propiciar una intervención militar de EEUU contra Venezuela.

Los Gobiernos de la región, lejos de obstaculizar la propagación de la violencia, muestran una convergencia con las líneas de acción previstas en el plan del Comando Sur. El ministro de información de Venezuela, Jorge Rodríguez, dijo que Colombia, Perú, Ecuador y Brasil facilitaron los movimientos del grupo armado responsable del ataque al Batallón 513. Los hechos parecen darle la razón.

El presidente Maduro exigió a Brasil la captura de los militares responsables, que sin embargo fueron recibidos en territorio brasileño en el marco de la operación Bienvenida. La Cancillería brasileña anunció que los desertores solicitaron asilo y que fue concedido.

Es decir que por un lado, hay un fomento a la emigración, una recepción amigable, incluso si se trata de elementos violentos.

Por otro lado, se agita el éxodo de los venezolanos como un motivo de alarma internacional. El 11 de septiembre de 2019, 11 países de las Américas (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, El Salvador, Estados Unidos, Guatemala, Haití, Honduras, Paraguay, República Dominicana) resolvieron convocar una reunión de Tratado Inter Americano de Asistencia Recíproca (TIAR), con el argumento de que la situación actual en Venezuela tiene un "impacto desestabilizador" y plantea una "amenaza para la paz y la seguridad en el hemisferio".

Esta reunión puede ser la antesala de una operación militar conjunta.

Las venas abiertas de América Latina

La guerra ya empezó hace muchos años con epicentro en Colombia. Hace más de medio siglo que la patria de Gabriel García Márquez se desangra, con el Estado ausente en muchas zonas rurales, hoy en manos de narcotraficantes y paramilitares. Colombia en las últimas décadas registró al menos 260.000 muertos, 60.000 desaparecidos y más de siete millones de desplazados. Desde la firma de los acuerdos de paz en 2016, se registró el asesinato de 620 líderes sociales.

En este clima, se teme que el presidente Iván Duque se aventure en una guerra contra su vecino, Venezuela. Duque se sumó a la campaña contra la patria bolivariana, a principios de año con la operación de "asistencia humanitaria" en Cúcuta, y en septiembre con un show lastimoso en la ONU donde denunció a Venezuela de proteger a guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Pero Duque presentó como prueba fotos falsas, y quedó en ridículo cuando la Agencia France-Presse lo dejó en evidencia.

La frontera colombiano-venezolana es una zona de permanentes fricciones. Desde junio, en Cúcuta y Maicao, poblaciones fronterizas con Venezuela, se encuentra un contingente de Cascos Blancos de la Cancillería argentina. En Siria y otros escenarios, los Cascos Blancos han sido responsables de operaciones de falsa bandera y fraudes noticiosos. La misión, más que una acción de asistencia sanitaria, forma parte del cordón de presión contra Venezuela y puede detonar episodios que sirvan de pretexto para el inicio de las operaciones.

Centroamérica es otra zona de tensiones. Cuba y Nicaragua han sido advertidas una vez más que son un target militar del Pentágono. La fortaleza militar de la isla no parece haber menguado, pero Nicaragua dio muestras de haber sido infiltrada con el ensayo de guerra híbrida de abril del 2018. La NED y la USAID le dieron un respaldo explícito a los estudiantes y paramilitares nicaraguenses que el año pasado movilizaron protestas violentas que arrojaron centenares de muertos y heridos.

Bolivia es otro ariete contra la paz regional. El desgobierno de facto de Jeanine Añez empieza a hacer el papel de perro rabioso, al estilo de Israel en Medio Oriente. Hace semanas hubo una incursión ilegal de militares bolivianos en territorio argentino. Ahora se anuncia la potencial invasión de la Embajada de México en La Paz, y la expulsión de la embajadora mexicana y diplomáticos españoles. Este incidente sigue la matriz de la crisis de las embajadas venezolanas, y el descrédito creado a partir del reconocimiento en algunos Estados de los falsos representantes diplomáticos de Guaidó.

La política de Bolivia hoy es funcional al deterioro de la institucionalidad de la región, una línea de acción persistente del Pentagonismo. Se trata de ridiculizar el orden jurídico de los países de la zona no integrada, entronizar líderes de papel, desconocer normas elementales de convivencia entre las naciones y confundir a la población con falsos debates.

Conclusiones: los piromaníacos que se arrojan al fuego

Un programa guerrerista de largo aliento, acuñado por el Pentagonismo, tiene estrategias bien definidas para encender una conflagración en América Latina. El nuevo mapa del Pentágono se va perfilando con preparativos en el terreno, condiciones sociales largamente abonadas y una narrativa que lo justifica en los noticiarios. Se trata de una miríada de elementos de gran dinamismo, con diferentes actores capaces de entrar o salir de escena según el curso de los acontecimientos.

Esta receta para incendiar América Latina no arrojará vencedores entre las naciones latinoamericanas. El diseño de la guerra tiene por objeto una ruina generalizada, la imposición de un caos de larga duración, que facilite la reconfiguración de la región, y la subdivisión política del continente en unidades más pequeñas (la secesión de Santa Cruz, la balcanización de Venezuela y el desmembramiento de la Argentina figuran en la agenda globalista).

Así lo ve Stella Calloni: "Estados Unidos está armando un escenario de guerra en Latinoamérica, que luego amenazará a todos los países de la región, incluso a los que hoy se prestan para los planes contra Venezuela".

En Caracas se librará una batalla decisiva. Como lo ha dicho Atilio Borón, Venezuela es la nueva Stalingrado.