Hace 40 años, en abril de 1980, en un intento de liberar a los rehenes estadounidenses en Teherán, el país norteamericano lanzó la operación especial Eagle Claw. Esta acabó siendo una de las más desastrosas de su historia. ¿Qué llevó a los servicios especiales de EEUU a un resultado tan desastroso?

La embajada de Estados Unidos en Irán junto con todo su personal estaba en manos de estudiantes radicales desde el 4 de noviembre de 1979. Un total de 53 personas estaban detenidas. Los secuestradores exigían la extradición del exsha Mohammad Reza Pahleví a Irán y la confiscación de sus bienes en el extranjero.

Las negociaciones estaban en un callejón sin salida. Los estudiantes se apoderaron de toda la correspondencia diplomática disponible en la embajada, materiales secretos de la CIA y otras agencias, instrucciones sobre el reclutamiento y el uso de documentos falsos, códigos, libros de encriptación y mucho más.

Fue una violación directa de todas las convenciones diplomáticas: los edificios de las embajadas y misiones y el personal diplomático en principio son intocables.

El primer ministro Mehdí Bazargán reconoció su impotencia frente a la violencia y renunció. Todo el poder en Irán pasó a los ayatolá —líderes espirituales—.

El presidente de EEUU en aquel momento, Jimmy Carter, decidió llevar a cabo una operación de fuerza para liberar a los rehenes tomados por Irán. El columnista del medio ruso Vzgliad Evgueni Krútikov analizó los eventos que ocurrieron después.

El plan de la operación

La operación fue planeada por la CIA, en concreto por un grupo de operaciones especiales en Teherán bajo el liderazgo del mayor retirado Richard Meadows, que vivía en la capital iraní bajo la apariencia de un vendedor de autos usados irlandés.

Meadows era conocida por la infructuosa operación Blueboy: un intento por liberar el campo vietnamita de prisioneros de guerra estadounidenses con ayuda de helicópteros. Eagle Claw era muy parecida a Blueboy y con los mismos fallos.

En papel, todo se veía bien. El grupo de fuerzas especiales Delta iba a ser llevado sigilosamente a una base en el desierto en el centro de Irán, a unos 370 kilómetros de Teherán, por un avión de transporte militar C-130 Hercules. Los helicópteros de un portaviones que se encontraba en el golfo Pérsico también debían volar hasta allí.

Algunos de los aviones de transporte debían llevar combustible adicional para los helicópteros en contenedores de goma. Al día siguiente, las Fuerzas Especiales iban a volar en helicópteros repostados a otro punto de encuentro, a 90 kilómetros de la capital iraní. Los helicópteros debían acercarse aún más a Teherán en algún punto secreto y esperar una señal, cubiertos con redes de camuflaje.

Las fuerzas especiales en tres camiones Mercedes alrededor de la medianoche debían entrar en Teherán, acercarse al edificio de la embajada, neutralizar a los guardias, entrar y liberar a los rehenes. Luego, los rehenes con fuerzas especiales debían ser evacuados del estadio cerca de la embajada en helicópteros. En la madrugada del 26 de abril, los helicópteros con los rescatados debían volar 65 kilómetros al sur de Teherán hasta el aeródromo.

Allí, a los rehenes los debían evacuar en aviones C-131, y a las fuerzas especiales, en los mismos C-130 Hércules, primero a Omán y luego a Egipto. Como plan de contingencia, dos AC-130 Gunships, armados con cañones de gran calibre, estarían patrullando el cielo para poder proporcionar apoyo aéreo.

¿Qué tuvo de malo ese plan?

De acuerdo con el columnista, el primer problema de este plan fue el hecho de que se establecieron cinco puntos de encuentro diferentes. Eran demasiados, según Krutikov, ya que cuantas más posiciones intermedias hay, más probable es que algo vaya mal en alguna parte.

Segundo, como quedó claro más tarde, la CIA no tenía ningún dato real sobre el enemigo, ni siquiera información sobre el terreno. Así, se ignoró el hecho de que la capital iraní estaba repleta de puntos de control y muchedumbres de manifestantes.

Por lo cual, era muy difícil que las Fuerzas Especiales pudieran entrar tranquilamente en Teherán y asaltar el edificio de la embajada, en aquel momento atestado de "decenas de estudiantes armados hasta los dientes".

Además, ninguno de los soldados que iría en estos camiones hablaba farsi ni tenía apariencia de iraní. De hecho, entre ellos hubo soldados afroamericanos y latinos. Otro ejemplo de la falta de información de EEUU fue el aeródromo que eligieron para el aterrizaje de los aviones.

Este fue construido por las tropas británicas durante la Segunda Guerra Mundial y desde entonces no se había usado.

Sin embargo, por alguna razón no lograron ver la concurrida autopista que pasaba a unas decenas de metros del aeródromo. Tampoco la vieron los dos agentes secretos que aterrizaron allí en una avioneta ligera en una misión de reconocimiento pocos días antes de la operación.

Cómo empezó a ir mal

El primero de los ocho helicópteros cayó al agua por una razón desconocida, recién salido de la cubierta del portaviones. El segundo se topó con una tormenta de arena, perdió su orientación y dio la vuelta.

Tan pronto como el primer Hercules con fuerzas especiales aterrizó en el primer punto de encuentro, un autobús de pasajeros ordinario con unos 40 residentes locales apareció cerca de la autopista. Las fuerzas especiales lo detuvieron. Pero el autobús fue seguido por un camión cisterna. Al ver a unos hombres armados en medio de la noche su conductor optó por no detenerse pese a las señales de los estadounidenses.

Las fuerzas especiales, que no se lo esperaban, dispararon al camión con lanzagranadas. El automóvil cargado de combustible lanzó una nube de fuego y humo visible a decenas de kilómetros de distancia.

"Después de ello ya no se podía hablar de ningún camuflaje o sigilo. Precisamente en ellos se basaba el plan", explicó el columnista.

No obstante, se decidió que la operación debía llevarse a cabo hasta el final, porque el aterrizaje de los helicópteros parecía haber ido bien. El criterio para la decisión fue el número de aeronaves utilizables. Y quedaban seis, exactamente las que se necesitaban para evacuar a todos los rehenes y las fuerzas especiales.

El infierno comienza

En medio del caos generado por la explosión, uno de los helicópteros que maniobraba en la pista de aterrizaje chocó con el Hercules con el combustible. Hubo una monstruosa explosión. Todo el combustible almacenado en el suelo para la operación se incendió. La munición comenzó a explotar. El grupo de militares que guardaba el perímetro alrededor del aeródromo creyó que habían sido atacados por los iraníes y abrieron fuego a discreción. Comenzó el pánico.

El personal de los helicópteros se apresuró a esconderse abandonando toda la propiedad estadounidense, las armas y los propios helicópteros, violando todos los estatutos y órdenes conocidos, destaca Krutikov.

Se dio la orden de evacuación urgentemente. El grupo se subió en el Hercules restante y abandonó el lugar de los hechos. Cinco helicópteros permanecieron en tierra con mapas secretos, tablas, equipos y miles de dólares y de reales (la divisa iraní). Tampoco se llevaron los cuerpos de los fallecidos.

Resultado de la operación

Ocho pilotos murieron, el Ejército de EEUU quedó desacreditado, cinco helicópteros fueron a parar a las manos de los persas como trofeos, dos helicópteros se perdieron y un Hercules quedó destruido, 130 millones de dólares fueron arrojados al desierto. Las negociaciones con Teherán tuvieron lugar y la nación persa salió vencedora, según el columnista.

Para aquel entonces el sha ya había fallecido en EEUU de cáncer, así que las exigencias de su extradición ya habían perdido todo el sentido. Así que las negociaciones se limitaron al aspecto económico.

Todas las cuentas extranjeras del país persa fueron desbloqueadas junto con los ingresos por petróleo de más de 12.000 millones de dólares. El 20 de enero de 1981, 52 rehenes estadounidenses (el restante había sido liberado antes por los iraníes debido a su grave enfermedad) tras 444 días de cautiverio fueron liberados. También los persas devolvieron los cuerpos de ocho pilotos muertos, los ocho soldados que las Fuerzas Especiales habían abandonado en el aeródromo del desierto.

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