Israel Vian

Hay héroes de la historia de España que cayeron en el olvido, como el segundo teniente de infantería Luis Sans Huelin. Su hazaña no trascendió a la literatura, al cine o, simplemente, a la memoria colectiva, tal y como sí le ocurrió a los conocidos como «últimos de Filipinas», aunque todos dieran la vida por la misma causa: defender los últimos territorios de la madre patria en ultramar. A los famosos cincuenta soldados que resistieron el asedio de los independentistas tagalos, durante 337 días, en una pequeña iglesia de Baler en 1898, incluso ha sido llevados recientemente al cine de la mano actores de la talla de Luis Tosar, Javier Gutiérrez y Karra Elejalde.

De Sans Huelin, sin embargo, apenas encontramos una pequeña referencia en la prensa de finales del siglo XIX, otra con motivo de un sencillo homenaje brindado en 1919 por el rey Alfonso XIII en la Academia de Infantería de Toledo y, por último, una escueta entrada en el libro «Flores del heroísmo», publicado en 1939 por el comandante Francisco García Alonso. No fue hasta que, en 2001, su historia fue recogida por el profesor y militar retirado José Luis Isabel Sánchez en la obra «Caballeros de la Real y Militar Orden de San Fernando», editada por el Ministerio de Defensa.

En «Flores del heroísmo» —dedicada a aquellos «oficiales y soldados que pelearon estoicamente en la selva filipina, en las maniguas cubanas o en los riscos magrebíes, cayendo ensangrentados en el suelo de la patria»— le dedicaban dos párrafos en los que se apuntaba que Sans Huelin fue condecorado a título póstumo con la Cruz Laureada de San Fernando debido a «su comportamiento en la acción de Caracong de Siles» en 1897. Esta le fue otorgada en 1900 y conllevaba una pensión de 1.000 pesetas anuales para sus herederos.

La revolución filipina

Pero, ¿qué ocurrió en esta batalla y cómo llegó nuestro héroe hasta allí? Había nacido en Málaga en 1876 e ingresado en la Academia de Infantería de Toledo siendo muy joven. Cuando se licenció, recién cumplidos los 20 años, en 1896, ya era segundo teniente y partió hacia Filipinas como tantos miles de españoles. El 21 de agosto de ese año, el presidente del Congreso había interrumpido la sesión para ceder la palabra al ministro de Ultramar, que leyó ante los diputados un telegrama recién llegado del general Ramón Blanco y Erenas, gobernador general del archipiélago: «Descubierta vasta organización de sociedades secretas con tendencias antinacionales». En ese mismo instante, saltaba un nuevo conflicto independentista para España, justo un año después de que se hubiera iniciado la Guerra de Cuba. Y allí acudía nuestro protagonista, como tantos otros, a defender aquel reducto de los rebeldes.

El general Blanco solicitó inicialmente el envío de mil hombres de refuerzo, pero el Gobierno le mandó dos mil. Eran los primeros de un numeroso contingente que acabó ascendiendo a cuatro batallones de infantería de marina, diversas unidades de caballería y artillería y 15 batallones de cazadores expedicionarios, entre los cuales se encontraba Sans Huelin. Fue enviado a la isla de Luzón, donde la rebelión se extendió rápidamente.

Hasta 1897, la guerra no fue ni mucho menos fácil. Pero el 1 de enero del nuevo año se produjo la que puede considerarse la primera gran batalla de la guerra de Filipinas. El general Diego de los Ríos había organizado una operación combinada de seis columnas que debían lanzarse al combate contra los rebeldes de Nueva Écija, Morong y Bulacán. Tras una serie de escaramuzas, unos 2.000 insurrectos acabaron reunidos en un monte situado en el término de la pequeña ciudad de Caracong de Silé, cerca de San José, en la última de estas tres provincias. Allí habían constituido la «República del Kakarong», que estaba comandada por el «jefe supremo» Canuto Villanueva y el general Eusebio Roque.

Un objetivo difícil

El monte tenía unas excelentes condiciones defensivas. Acceder a él parecía una misión imposible, ya que la fortificación estaba rodeada por cortes en el terreno que había formado paredes escarpadas llenas de asperezas. En lo alto, los defensores disponían de ocho cañones y numerosas armas de fuego y armas blancas. pesar de ello, el general Ríos decidió mandar allí, en primer lugar, a una columna de 600 soldados españoles (o 450, según la fuente), entre los que estaba Huelin. Todos bajo las órdenes del comandante José Olaguer Feliú.

Este fue el ataque principal. Las otras cinco columnas restantes apoyaron por diferentes puntos que cortaban la retirada al enemigo. El comandante Oleguer subió por el camino central sorprendiendo a los rebeldes a base de disparos y bayonetazos, mientras estos respondían con fusiles, escopetas, lantacas, cañones de metralla e, incluso, piedras. Sin embargo, los españoles lograron rechazar los ataques de los tagalos, algunos cuerpo a cuerpo con armas blancas, y coronar las trincheras.

Una vez allí, vieron una sima cubierta de maleza. En un primer momento no se percataron de que en ella había escondidos un buen número de rebeldes a la espera de que los españoles pasaran por allí para atacarlos por la espalda. Cuando notaron su presencia, Sans Huelin y los suyos no dudaron en prender fuego al espeso ramaje que cubría aquel accidente geográfico y doscientos de ellos murieron abrasados. Muchos intentaron salir de las llamas, pero fueron inmediatamente abatidos. Y otros fingieron estar muertos sobre el terreno con la intención de atacar por sorpresa, pero no tuvieron suerte: todos recibieron una bala.

La operación iba viento en popa. Dos de las columnas de apoyo, la de López Arteaga y Sarthou, atacaron al mismo tiempo por los dos flancos. El primero acabó con doscientos rebeldes que trataban de huir y el segundo, con trescientos. Por su parte, el comandante Oleguer y el teniente Sans Huelin, al frente de una sección del Batallón de Cazadores Expedicionario número 6, habían acabado con seiscientos y capturado seis fortificaciones, siete cañones, una fábrica de municiones y numerosas armas de fuego.

Combatiendo herido

Sin embargo, cuando siguió avanzando al frente de sus hombres, el teniente se acercó tanto al enemigo que resultó herido gravemente de un balazo en la pierna. Estaba tendido en el suelo y no se podía mover por sus propios medios, a pesar de lo cual no abandonó el combate. La victoria estaba próxima y no podía dejar abandonados a sus hombres, así que le pidió a uno de sus soldados que le ayudara a levantarse. Después se apoyó sobre él y le rodeo con el brazo, para continuar animando a su tropa mientras caminaba gritando y disparando con la otra mano. Las defensas de Cacarong de Silés seguían escupiendo fuego desde las trincheras, pero no parecía importarle mucho. Continuó renqueante hasta que una nueva bala le alcanzó en la cabeza y cayó fulminado.

Así se describía aquella escena en el libro «Flores del heroísmo»: «Al frente de su sección combatió amoroso por los santos ideales de la Patria. Su mando fue guía felicísima de la obediencia. Herido gravemente, se apoyó en uno de sus soldados, no queriendo abandonarlos en su empuje arrollador, y, cuando el triunfo se posa sobre las armas españolas, una bala corta la existencia del bravo oficial». No concretaba si los mismos disparos que acabaron con la vida de este héroe español mataron también al soldado que le llevaba en volandas.

La batalla de Caracong de Sile fue el primer combate importante que causó muchas bajas a los filipinos de aquella guerra. La victoria fue tan importante que hizo que la actividad de los rebeldes disminuyera notablemente en toda la provincia de Bulacán y que muchos de los insurrectos se entregaran a las autoridades peninsulares. Se calcula que los españoles acabaron con la vida de entre 700 a 1.100 hombres. Unos 600 murieron en el ataque principal de Oleguer y San Huelin y los restantes en el avance de las otras columnas. Los filipinos solo acabaron con dos oficiales, con nuestro teniente protagonista y con 25 soldados más, además de un oficial, un capitán y 65 soldados de tropa heridos.

El Rey Alfonso XIII

El comandante Olaguer, que sobrevivió, recibió la prestigiosa Cruz de San Fernando y fue ascendido al grado de Teniente Coronel. San Huelin recibió la suya a título póstumo en septiembre de 1900, en reconocimiento a «su comportamiento en esta acción». En noviembre de 1919, el rey Alfonso XIII descubrió una lápida en la Academia de Infantería de Toledo dedicada al teniente, que se convirtió en el primer oficial muerto en combate de su dicha academia.

En los discursos de aquel acto, recogidos por «La correspondencia militar» el 19 de noviembre de 1919, se contaba su hazaña, añadiendo ante el Rey de España: «Vuestra real presencia ‌nos dispensa la merced de mostrar a la luz de los siglos el nombre glorioso de Luis Sans Huelin, nuestro primer mártir. Mártir, sí, porque niño aún, cuando todavía acariciaba su oído el eco de estas aulas, cuando su entusiasmo y su aliento guiaban los primeros pasos de su adorada profesión, el dios de la guerra quiso probar su temple en la palestra de los héroes. Y, cumplidamenie satisfecho, le ciñó los laureles inmortales y le alzó a los renglones de lo eterno».

Los de Baler no fueron «los últimos de Filipinas», puesto que muchos soldados continuaron regresando cautivos hasta 1902, tres años después de que España perdiera la guerra y sus últimos territorios de ultramar. El Gobierno español nunca supo con exactitud cuántos de ellos permanecieron en el archipiélago como prisioneros de los tagalos. Las cifras oscilan entre 10.000 y 12.000. Luis Sans Huelin no tuvo, ni siquiera, la oportunidad de estar entre ellos.

Fuente: ABC

CANAL

 

elespiadigital.com
La información más inteligente

HONOR Y RESPETO

PARA LOS QUE NOS DEJARON POR EL COVID-19

El Tiempo por Meteoblue