Manlio Dinucci

Los documentos sobre la guerra en Afganistán desclasificados a pedido del ‎‎Washington Post no demuestran que Estados Unidos fracasó al tratar de pacificar ‎ese país. Lo que realmente muestran es que el Pentágono sigue al pie de la letra la ‎estrategia de «guerra sin fin» trazada en su momento por Donald Rumsfeld y el ‎almirante Arthur Cebrowski. Una operación que supuestamente debía durar sólo ‎semanas prosigue aún, de forma deliberada, desde hace 18 años. ‎

En la imagen, la estrategia Rumsfeld/Cebrowski prevé adaptar el papel del Pentágono a la globalización ‎capitalista. El Pentágono se dedica ahora a destruir los Estados en países de varias regiones ‎geográficas, comenzando por el Gran Medio Oriente o Medio Oriente ampliado, para sembrar ‎el “caos constructivo”. Es la “guerra sin fin” iniciada por el republicano George Bush hijo, ‎continuada por el demócrata Barack Obama y hoy denunciada por Donald Trump.‎

En la Declaración de Londres [1] los 29 países miembros de la OTAN reafirmaron su ‎‎«compromiso por la seguridad y la estabilidad a largo plazo de Afganistán». Una semana ‎después, habiendo utilizado la Ley sobre la Libertad de Información (que se usa para vaciar ‎de vez en cuando algunos armarios llenos de esqueletos, pero sólo una buena cantidad de años después de ‎los hechos), el Washington Post “obtuvo” la desclasificación de unas 2 000 páginas de ‎documentos que «revelan que funcionarios estadounidenses engañaron al público sobre la guerra ‎en Afganistán» [2]. Fundamentalmente, esos funcionarios escondieron los desastrosos efectos, ‎incluso las consecuencias económicas, de una guerra que ya dura 18 años. ‎

Los datos más interesantes tienen que ver con los costos económicos. Esa guerra costó al menos ‎‎1 500 millones de dólares, cifra que sin embargo «sigue siendo “opaca”», o sea es un ‎estimado conservador ya que nadie sabe cuánto gastaron los servicios secretos ni cuanto ‎costaron verdaderamengte los «contractors», como llaman a los mercenarios reclutados para la ‎guerra a través de ciertas compañías –actualmente son unos 6 000. ‎

Como «la guerra se financió con dinero prestado», los intereses de tales préstamos se elevan a ‎‎500 000 millones de dólares, lo cual ya representa una suma de 2 000 millardos [3]. Pero todavía hay que agregar otros gastos: 87 000 millones para el ‎entrenamiento de fuerzas afganas y 54 000 millones para la «reconstrucción» –en gran parte ‎‎«perdidos en corrupción y en proyectos fracasados». También hay que contar al menos ‎‎10 000 millones más dedicados a la «lucha contra el narcotráfico», cuyo resultado paradójicamente ‎es un fuerte ‎incremento de la producción de opio: hoy en día Afganistán aporta el 80% del tráfico mundial de ‎heroína. ‎

Con los intereses que siguen acumulándose (en 2023 se elevarán a 600 000 millones) y el costo ‎de las operaciones actualmente en marcha, el gasto sobrepasa ampliamente los ‎‎2 000 millardos. ‎

Pero todavía queda por agregar a eso el costo de la ayuda médica destinada a los veteranos que ‎regresan de la guerra gravemente heridos o inválidos. Hasta ahora, para los que combatieron ‎en Afganistán o en Irak, ese gasto se eleva a 350 000 millones, pero en los próximos 40 años ‎ya será de 1 400 millardos. Como la mitad de ese gasto va a los veteranos de Afganistán, ‎el gasto de la guerra se sitúa para Estados Unidos en unos 3 000 millardos de dólares. ‎

Al cabo de 18 años de guerra y con un número indeterminado de víctimas civiles, el resultado en ‎el terreno es que «los talibanes controlan gran parte del país y que Afganistán sigue siendo una de ‎las principales fuentes de refugiados y migrantes». El Washington Post concluye que estos ‎documentos desclasificados muestran «la cruda realidad de pasos en falso y fracasos en el ‎esfuerzo estadounidense por pacificar y reconstruir Afganistán». ‎

Pero, con esa conclusión, después de haber demostrado que funcionarios estadounidenses ‎‎«engañaron al público», el prestigioso Washington Post también engaña al público ya que presenta ‎la guerra como un «esfuerzo estadounidense por pacificar y reconstruir Afganistán». ‎El verdadero objetivo de la guerra de Estados Unidos en Afganistán, en la que la OTAN ‎participa desde 2003, es controlar esa área de primera importancia estratégica por su situación ‎de encrucijada entre el Medio Oriente y el centro, el sur y el este de Asia, sobre todo para tratar ‎de obtener ventaja sobre Rusia y China. ‎

En esa guerra está participando Italia, bajo las órdenes de Estados Unidos, desde que el ‎parlamento autorizó –en octubre de 2002– el envío de un primer contingente militar italiano ‎a partir de marzo de 2003. El gasto militar de Italia, proveniente de los fondos públicos, como ‎en Estados Unidos, está estimado en unos 8 000 millones de euros, a los que habría que agregar ‎otros gastos indirectos. ‎

Para convencer a la ciudadanía afectada por las reducciones de los gastos sociales de que ‎hay que asignar más fondos a la guerra en Afganistán, nos dicen que ese dinero aportará ‎mejores condiciones de vida al pueblo afgano. Y los Hermanos del Sagrado Convento de Asís ‎entregaron al presidente Mattarella la «Lámpara de la Paz de San Francisco», ‎en reconocimiento a que «Italia, con las misiones de sus militares, colabora activamente para ‎promover la paz en todo el mundo». ‎

NOTAS

Traducido al español por la Red Voltaire a partir de la versión al francés de Marie-Ange Patrizio

[1] «Déclaration de Londres», Réseau ‎Voltaire, 4 de diciembre de 2019.

[2] “The Afghanistan Papers. A secret history of the war. At war with the truth”, Craig Whitlock, The Washington Post, 9 de ‎diciembre de 2019.

[3] 1 millardo = ‎‎1 000 millones

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