Patricia Lee Wynne

La denominada Operación Causa Justa, la invasión a Panamá del 20 de diciembre de 1989, se produjo en un momento en el cual se intentó "cambiar el signo político del mundo", dijo a Sputnik el sociólogo panameño Olmedo Beluche, testigo de los hechos.

Olmedo Beluche, profesor de sociología, estaba la víspera de la invasión en una reunión política que se prolongó hasta entrada la noche. Debatían si los rumores sobre la intervención eran ciertos, pero la mayoría de los presentes no lo creía posible. Beluche pensaba que la invasión se produciría y, al volver a su casa, cerca de la medianoche, empezó a escuchar las bombas.

"En la madrugada, junto con gente de partidos de izquierda, hicimos una declaración en la única emisora que quedó al aire, pero que luego fue bombardeada. Vivimos esos cuatro días de guerra donde pasó mucho de lo que después se hizo en Bagdad",  dijo Beluche, autor del libro Testimonios de una Invasión, en el que vierte relatos de primera mano de los sobrevivientes y testigos.

El fin de la Guerra Fría y el giro ideológico

"Hubo un intento de cambiar el signo político del mundo a fines de los años 80. No olvidemos que en 1989 fue la caída del Muro de Berlín que llevaría a la disolución de la Unión Soviética en 1991", recordó el entrevistado.

La invasión a Panamá consolidó ese cambio de signo político en Centroamérica.

Se venía de diez años de euforia, tras el triunfo, en 1979, de la revolución nicaragüense y la llegada al poder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).  Llegaba a su fin la dictadura de Anastasio Somoza, que dominaba el país desde los años 30, y por primera vez desde el triunfo de la Revolución Cubana 20 años antes, tomaba el poder una guerrilla que había derrotado al ejército más fuerte de la región, respaldado por EE UU.

Este triunfo abrió un tembladeral en Centroamérica, cuestionando el dominio de lo que Washington siempre consideró su "patio trasero". La perspectiva, en los primeros años de la década de los 80, era la de un posible triunfo del movimiento guerrillero Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) en el vecino El Salvador.

EEUU estaba atado de pies y manos para intervenir militarmente, como había sido su costumbre de un siglo en República Dominicana, Granada, Guatemala, Bahía Cochinos. El gigante del norte aún no se recuperaba de la derrota militar en Vietnam en 1975, cuando una guerrilla doblegó al ejército más poderoso del mundo, obligando a sus soldados a huir por los tejados en Saigón, causándole decenas de miles de muertos y desatando un masivo movimiento juvenil contra la guerra en todo Norteamérica.

Una década más tarde, el clima era muy distinto. Justo dos meses después de la invasión a Panamá, en febrero de 1990, el Gobierno del FSLN, que resistió durante 10 años la lucha armada de los contras (mercenarios financiados por EEUU), perdió las elecciones ante Violeta Chamorro, de la Unión Nacional Opositora.

En El Salvador, tras 12 años de guerra civil, el FMLN negoció en 1992 la paz con el Gobierno, y desde 1989 el partido de la ultraderecha ARENA mantuvo el poder hasta 2009.

En ese contexto internacional y regional, el Gobierno de George H.W. Bush (1989-1993) quiso ejercitar los músculos. Panamá sería la primera prueba de la recuperación posterior a la catástrofe de Vietnam y un test para  ver si la potencia mundial podía volver al combate.

El canal más importante de América

EEUU justificó la Operación Causa Justa diciendo que era para sacar al general Manuel Noriega y luchar contra la droga. Noriega, que había trabajado para la CIA, ahora se había convertido en un molesto estorbo.

Para Beluche "es falso lo que se ha querido presentar de que EEUU ha querido restablecer la democracia y combatir el narcotráfico".

Según el sociólogo panameño, hubo "una relación directa" entre la invasión y la necesidad de Estados Unidos de mantener el control sobre el Canal de Panamá, la comunicación interoceánica más importante del continente.

En 1968, el general nacionalista Omar Torrijos dio un golpe de Estado y gobernó Panamá hasta su muerte en un extraño accidente aéreo en 1981. Durante su mandato se firmaron los históricos tratados Torrijos-Carter de 1977 que restituyeron al país el control sobre la Zona del Canal.

Esta se encontraba bajo control de EEUU desde la separación de Colombia en 1903 y la firma de los tratados Hay-Bunau Varilla que le cedieron la soberanía sobre la Zona del Canal a perpetuidad.

Además de ser una zona económica privilegiada, por consistir en el principal canal navegable interoceánico del continente, la Zona del Canal fue la sede del Comando Sur del Ejército de EEUU (Southcom) y de la tristemente célebre Escuela de las Américas.

Allí se entrenaron los militares latinoamericanos que, durante las décadas del 70 y el 80 impusieron un cono de sombra en el continente, eliminando los sistemas democráticos y provocando miles de muertos y desaparecidos.

Los tratados Torrijos-Carter entraron en vigor en 1979 y EE UU se retiró definitivamente el 31 de diciembre de 1999. En el medio, se produjo la intervención militar de 1989.

"Después de la invasión, en un país intervenido por los norteamericanos, se produjo la decisión de crear un título en la Constitución panameña sobre el Canal que separa la administración del Canal del pueblo panameño, le crea una autonomía sobre la que no se puede intervenir y ahora la gente se queja de que tenemos una especie de Zona del Canal sin norteamericanos", explicó Beluche.

Se refería al Título XIV de la Constitución panameña, que creó la Autoridad del Canal de Panamá para administrar la zona y la cuenca hidrográfica, exenta de impuestos, con un presupuesto separado y un régimen laboral especial.

"Paralelo a eso intentaron dejar bases militares con la excusa del combate al narcotráfico, pero eso no prosperó. Entonces se impusieron una serie de acuerdos de seguridad, entre ellos uno por el cual Panamá cede el control de su espacio aéreo y el mar territorial a EEUU para el combate al narcotráfico sobretodo en la zona fronteriza con Colombia, y ejercicios militares periódicos anuales para la defensa del Canal con tropas norteamericanas y panameñas, en un país que supuestamente no tiene ejército", señaló Beluche.

Todo este operativo quisieron dibujarlo con la pretexto de la lucha contra el narcotráfico. "Una de las lecciones del Pentágono de la guerra de Vietnam fue controlar los medios de comunicación y hubo mucha tergiversación, se trató de presentar la invasión como que no había víctimas sino delincuentes armados por Noriega y que su muerte había sido justificada", comentó.

Sin embargo, hay una lista de "por lo menos 560 personas con nombre y apellido fallecidas", aunque oficialmente no ha habido una investigación y cerca de 20.000 personas que perdieron su vivienda en el céntrico barrio El Chorrillo de la capital panameña, agregó.

¿Un ensayo antes de Bagdad?

La brutal intervención militar en una capital densamente poblada como Ciudad de Panamá fue un anticipo de lo que EEUU haría en la Guerra del Golfo un año después, en 1990, y mucho más tarde también en la invasión a Irak y su capital, Bagdad, en 2003. "Se usaron métodos que después en la Guerra de Irak se utilizarían de manera más masiva, como el control de los medios de comunicación", ejemplificó Beluche.

"No dejaron entrar a la zona de combate a ningún periodista, y el que más pudo graficar con fotos las muertes cometidas por las tropas norteamericanas, el español Juantxu Rodríguez, fue asesinado dos días después en la puerta de su hotel", completó.

De acuerdo con el sociólogo panameño, "está comprobado que en Panamá se experimentaron armas nuevas que después se utilizaron en las dos guerras del Golfo como los proyectiles dirigidos por láser y los aviones stealth (fantasma)".

"EEUU promovió el saqueo como una manera de controlar el conflicto armado y la resistencia —que no fue mucha y era desorganizada—, porque el Estado Mayor de Noriega abandonó a las tropas a la suerte. Los que pelearon lo hicieron como una decisión personal", concluyó el autor de Testimonios de una Invasión.

Tras la invasión a Panamá, EE UU disolvió las Fuerzas de Defensa y dejó al país sin ejército, un símil de lo que realizaría en Irak en 2003, al disolver el ejército de Saddam Hussein.

Relatos de la invasión a Panamá, en primera persona

Olmedo Beluche escuchó las bombas a la medianoche. Regresaba de una reunión, y los rumores de una eventual invasión estadounidense a Panamá había sido debatido entre quienes creían o no en esa posibilidad. La respuesta no tardó; EEUU efectivamente empezó a atacar aquel 20 de diciembre de 1989.

De acuerdo con la Cruz Roja, el resultado se tradujo en más de 2.000 heridos y 18.000 personas que perdieron su vivienda en el céntrico barrio El Chorrillo en Ciudad de Panamá. "Por lo menos 560 personas con nombre y apellido, fallecidas", aseguró Beluche a Sputnik y agregó que ningún caso ha sido oficialmente investigado hasta hoy.

Estaba allí. Fue testigo. Y a su testimonio sumó otros; de eso se trata el libro La Verdad sobre la Invasión, del sociólogo panameño. Los relatos perpetúan la memoria indignada que no se puede perder.

¿Qué pasó el 20 de diciembre de 1989?


Los testimonios a continuación fueron extraídos del libro La Verdad sobre la Invasión, del sociólogo panameño Olmedo Beluche.

  • Rafael Olivardía, maestro, vivía en un lugar con vista directa al escenario de la invasión en el barrio El Chorrillo.

"Se inició con el bombardeo de las barracas que estaban al lado de la [Cárcel] Modelo. Nosotros vimos cómo se prendieron. Allí murieron quemados la señora Sara y el viejo 'Plata'. Vimos cómo la gente corría a la deriva. Vimos cómo huían los que vivían en las casas de madera que estaban ardiendo. Vimos como los helicópteros disparaban contra todo lo que se movía.  Las tanquetas desembarcaron por mar por los lados de la Cooperativa de Pesca, abriéndose paso por el Tribunal Titular de Menores, el cual desbarataron totalmente. Del cerro Ancón se veían los fogonazos que caían exactamente en el '24 de Diciembre' y en las casas de madera. Los aviones y helicópteros bombardeaban sobre todo el área residencial. Pocas bombas cayeron dentro del cuartel, el cual quedó prácticamente intacto. Todo el combate se dio en el escenario del área civil.

Logramos ver enormes cantidades de muertos porque la gente no sabía por dónde correr. Oíamos los gritos: 'mi hijo, mataste a mi hijo'. La gente corría y gritaba: '¡mi hermano! ¡mi papá! ¡mi mamá!'. Los perros ladraban... todo era confusión. Fueron prácticamente seis horas de combate cerrado. En mi casa entró una luz por la ventana, y todo lo que tocó lo convirtió en una mancha como petróleo. Mi televisor quedó reducido a una mancha, la pintura se descascarillaba en la pared. Uno de los morteros de los helicópteros entró por la ventana de mi vecina e hizo desaparecer desde el piso hasta los muebles... La mayoría nos cobijamos en los pisos bajos porque en los altos era imposible resistir. A nosotros nos tocó salir cuando iban a ser las 8 de la mañana lo que más nos impresionó fue una mujer encinta con su niña que, en medio de la calle, parió sin que nadie le prestara auxilio. Días después supimos que estaba recluida en el (hospital) Gorgas.

Allí (...) a todos los hombres de 15 a 55 años nos montaron en un 'truck' (camión) y nos llevaron a un lugar desconocido, que se supone era una base militar. Allí, durante todo un día, sin comida, fuimos sometidos a un intenso interrogatorio por parte de los servicios de inteligencia norteamericanos. Nos preguntaban dónde había una radio, cuantos hombres había en El Chorrillo, que si sabíamos a dónde había armas, dónde había militares, etcétera. Que si cooperábamos no nos iba a pasar nada. Nos tomaban una foto y nos ponían una placa en el pecho con el número de cédula. Luego de un día nos devolvieron al campo de concentración, donde nuestras mujeres estaban histéricas porque muchos chorrilleros habían presenciado cómo algunos militares que se habían rendido fueron fusilados y creían que nos podía pasar lo mismo".

  • Crónica de una larga noche: apareció publicada en la sección Revista del diario La Prensa el 20 de octubre de 1990. Su autora es Dalys Ramos, quien entonces estudiaba periodismo y residía en el edificio No.18 de Renovación Urbana de El Chorrillo.

"Una noche catastrófica para las personas que vivíamos en el barrio El Chorrillo, un barrio popular, marginado y muy necesitado. Era la víspera de Navidad y, a pesar de la miseria, muchas personas tenían sus arbolitos de navidad para esperar la noche buena en compañía de sus familias; pero en cierto modo era una noche común, rutinaria, como cualquier noche bulliciosa. Los niños correteando por las calles, la música del regué sonando, muchachos en las esquinas...

Eran aproximadamente las 12:15 a.m., mi familia y yo decidimos irnos a dormir, estábamos tratando de conseguir el sueño cuando se dejó escuchar un grito desesperado, desgarrador, ¡viene la guerra! Era uno de los vecinos que había escuchado los ataques de Amador. Desperté a mi familia y en cuestión de segundos estábamos en la sala. Recuerdo que solo tuvimos tiempo de mudarnos de ropa. Era preciso evacuar el lugar. En la calle se escuchaban los gritos de los niños, llanto de señoras y la gente corriendo tratando de salir del lugar. Una de mis hermanas que vivía cerca de la playa se había aproximado a la casa con sus hijos, todavía muy pequeños, para avisarnos y salir todos juntos a tomar un taxi. Los soldados panameños estaban dispersos por todo el barrio, pero nosotros debíamos evacuar el lugar, sabíamos que estábamos en peligro y cuando íbamos bajando las escaleras del tercer piso, se escucharon disparos de ametralladoras, poniendo en peligro la vida de personas inocentes, cuyo único pecado era vivir cerca del Cuartel Central.

Levanté la mirada y vi tres helicópteros norteamericanos Cobra, disparaban en dirección al edificio donde estábamos. Quizás disparaban porque los guardias que estaban en el edificio les respondían al fuego, pero fue espantoso, brutal y poco inteligente la intervención. Nos arrastramos por las escaleras y logramos entrar a nuestro apartamento, pero este ya estaba lleno de vecinos que, como nosotros, buscaban refugiarse de algo inesperado. Solo hicimos entrar y continuó el ataque incesante, se escuchaban las bombas, los helicópteros, ametralladoras, gritos de personas pidiendo auxilio, el edificio temblando, las persianas rotas, la puerta deteriorada y las paredes ya comenzaban a ceder. De repente todo quedó oscuro, se había ido la luz. Fue entonces cuando comencé a llorar, más bien gritaba, estaba histérica por todo lo que estaba viviendo. Mi madre, mi familia, le pedía a Dios que por solo un minuto se calmara ese ruido ensordecedor, sentía volverme loca y ya no resistía.

Todos estábamos tirados en el suelo, una vecina con su bebé de cuatro meses, un vecino herido en un brazo gritaba de dolor, sus hijos llorando y nosotros impotentes, sin poder socorrerlo tenía el brazo casi destrozado y comenzaba a delirar del dolor. El edificio comenzaba a incendiarse y el fuego se corría por el tercer piso, solo faltaba el apartamento donde estábamos. Se sentía el olor a pólvora y el humo nos asfixiaba. Eramos aproximadamente quince personas en el apartamento. Nos percatamos de que las llamas empezaban a atrapar el altillo del apartamento. Era preciso tomar una decisión, las llamas o las balas y optamos por bajar. Bajaron los vecinos, mis hermanos. Al momento de intentar bajar mi madre, mi hermana y yo, mi tío que estaba muy afectado nos encerró. No podía controlarme, no quería levantarme del suelo al ver que no podíamos salir. Todavía continuaban los disparos, las bombas, gemidos de moribundos y todo era traumatizante. Mi hermano que había bajado, al no vernos regresó en busca de nosotros y temió encontrarnos muertos. Empujó lo que quedaba de puerta y pudimos salir.

Me percaté de que los autos, que se estacionaban frente al edificio y las viejas casas de madera, estallaban y solo quedaban cenizas.  Recuerdo que las escaleras eran de metal, estaban muy calientes y casi no resistíamos bajar, me caí, rodé las escaleras, pero logré bajar. Ya estábamos en uno de los apartamentos de la planta baja. Se había multiplicado el número de personas. Los hombres buscaban agua para darnos de beber y nos mojaban para poder resistir el calor.

Esta vez se hizo más prolongada la batalla. Nos veíamos sin esperanzas, pero empezamos a rezar y nos sentíamos confiados en que de algún modo íbamos a salir y así fue. Ya habían pasado casi tres horas, cuando a uno de los vecinos le pareció escuchar que podíamos salir. En efecto, nos daban diez minutos para evacuar el lugar. Fue en ese momento cuando escuché que alguien pedía auxilio. Miré y vi a un soldado panameño con una pierna destrozada y un charco de sangre. Me sentí miserable, inhumana, pero lo dejé. No saben lo horrible que es dejar atrás a una persona a punto de morir, pero hay veces que tiene una que tomar esas decisiones que te dejan mal. Salimos con las manos en alto, corriendo, como buscando salir de una pesadilla, a nuestro paso alambres de electricidad, muertos, heridos pidiendo ayuda, ancianos en sillas de ruedas, niños perdidos. Todos corriendo hacia la Zona, dejando atrás El Chorrillo, aquel barrio donde crecí, donde tuve momentos felices y amargos también, pero en donde esa noche solo reinaba la muerte y el dolor.

Nunca pensé que amaba tanto a mi barrio, país, amigos, vecinos y hasta mi propia familia, como los amo. Esa noche me di cuenta que uno aprecia verdaderamente algo cuando lo ve en peligro".

  • David Acosta, licenciado en periodismo de la Universidad de Panamá, publicó en el periódico Istmo No.5, de junio de 1990, un artículo titulado El Chorrillo en llamas, en el cual recoge el testimonio de Tatiana Harrington, quien narra lo sucedido a José Santos, residente de El Chorrillo.

"Según Tatiana, Santos escuchó ruidos de detonaciones cerca de su casa como a las 12:30 a.m. del día 20. Se levantó rápidamente para averiguar qué sucedía cuando escuchó gritos de que los norteamericanos estaban invadiendo Panamá. No se había alejado mucho de su casa cuando vio las tanquetas pasando rumbo a la comandancia de las Fuerzas de Defensa. Detrás de las mismas logró ver elementos militares norteamericanos disparando y vio cómo una señora fue derribada a tiros por un soldado norteamericano al disparar su arma en forma de ráfagas hacia todos lados. Intentó ayudar a la señora, pero ya estaba muerta cuando se acercó a ella.

José Santos, según Tatiana Harrington, permaneció en su edificio con su familia y vecinos hasta las seis o siete de la mañana cuando decidieron evacuarlo. Envió a su esposa e hija (de tres meses entonces) con unos amigos, mientras acudía a ayudar a su madre, a su tía y a un primo llamado Orlando que vivía cerca. Al ir a ayudar a su madre y demás familiares —dice Tatiana— , un norteamericano se les acercó empuñando una metralla en dirección hacia ellos y les preguntó que qué iban a hacer.

El norteamericano, según él, hablaba bien el español. Le dijo que se disponía a evacuar el área y que un primo suyo iba a sacar la batería de su carro por si la necesitaban. El soldado permitió la labor del primo de José, y cuando este se dirigía hacia el camión, salió otro soldado detrás de una casa y sin preguntar qué llevaba en sus manos le disparó una ráfaga cayendo el cuerpo del primo sobre José.

Las balas desprendieron varios miembros de su cuerpo, lo despedazaron. Continúa relatando Tatiana que José quedó estático en el lugar por la conmoción de ver asesinado a su primo y ver con dolor cómo la madre de Orlando, su tía, cubría el cuerpo de su hijo para que no le dispararan más. El soldado que acompañaba a José y su familia le había hecho señales al otro soldado para que no disparara pero fue muy tarde. Sólo llegó a decir que lo sentía mucho y que debería seguir la operación de evacuación. José ayudó a su madre y a su tía a subir al camión ya lleno pero, según él, lo hacía en forma mecánica, sin pensar, con los ojos llenos de lágrimas".

Análisis: Agresión descarnada en el 'patio trasero': Panamá quiso ser amiga de la URSS y EEUU la hizo arrepentirse

Denis Lukyanov

La operación Causa Justa, la agresión estadounidense contra Panamá, empezó el 20 de diciembre de 1989. Esta invasión se cobró la vida de centenares de personas y desembocó en el derrocamiento del líder del país, Manuel Noriega. Sputnik explica qué había detrás de la decisión de Washington y cómo los panameños ven a su exlíder hoy.

Manuel Noriega fue una persona muy compleja. Inicialmente fue partidario del general Omar Torrijos Herrera, quien encabezó el golpe de Estado de 1968 y se convirtió en el líder del país centroamericano. Durante el Gobierno de Torrijos se acordó la devolución del control del canal de Panamá.

El canal fue un enclave estadounidense en territorio panameño y contó con la presencia de bases militares de EEUU durante mucho tiempo, explicó a Sputnik el director de la revista Latinskaya Amerika, Vladímir Travkin.

En aquella época, los norteamericanos ejercían el control sobre el canal, que tenía una importancia estratégica crucial para la economía mundial. Panamá era —y es— un lugar muy importante tanto para EEUU como para todos los países del hemisferio occidental, y en particular para América Latina. Quienes se mostraban a favor del traspaso del control sobre el canal de Panamá contaban con el apoyo del pueblo panameño, entre ellos Torrijos y Noriega, añadió Travkin.

¿Cómo ven los panameños a Noriega a día de hoy?

"Noriega ha sido una figura bastante controvertida. Durante un tiempo fue agente de la CIA y cumplió órdenes de Estados Unidos. De hecho, los norteamericanos nunca perdieron la oportunidad de aprovechar sus activos en Panamá", expresó.

Torrijos murió en 1981 en extrañas circunstancias —una versión dice que se trató de un atentado cometido por EEUU— y Noriega se convirtió en 1983 en el líder máximo del país. Comenzaron entonces las tensiones y tiranteces con Washington, explicó Travkin.

La paciencia de Estados Unidos se agotó e introdujo medidas resueltas contra Noriega. La insatisfacción de Washington con el líder panameño culminó con la operación Causa Justa y su consiguiente destitución. Noriega intentó encontrar refugio en una embajada extranjera, pero al final los estadounidenses dieron con él. Una vez en sus manos, lo detuvieron y lo juzgaron.

Cuando se dio a conocer que había trabajado para la CIA, la percepción que se tenía de Noriega se dividió en dos bloques: por un lado, los que consideraban que había servido como lacayo de EEUU; mientras que, por el otro, estaban quienes ponían en valor que trató de defender a Panamá de la agresión norteamericana.

Otro problema con la opinión pública respecto a Noriega tiene que ver con el hecho de haber patrocinado el narcotráfico, algo que, evidentemente, no fue bien recibido por muchos de sus compatriotas.

"En una ocasión, fui de visita a Panamá y hablé con muchos periodistas locales. Me encontré con el director de un medio panameño que había estudiado odontología y me dijo que Noriega era como un diente podrido, de manera que arrancarlo fue positivo. Esto describe más o menos que en Panamá hay una amplia gama de opiniones hacia su figura", indicó Travkin.

El acercamiento a la URSS, la causa de la agresión de EEUU

Cuando Noriega decidió dar la espalda a los estadounidenses y establecer lazos estrechos con el bloque comunista, y en particular la URSS, su suerte quedó echada. Ese desenlace no convenía a la Casa Blanca.

La rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética que había en América Latina era el caldo de cultivo idóneo para que se lanzase una acción de esas características. En aquella época, Moscú expresaba apoyo y prestaba ayuda a todos los movimientos y gobiernos antiimperialistas, pero sin interferir en los asuntos internos de aquellos países.

"Washington estaba totalmente en contra de aquellos gobiernos prosoviéticos, porque ya entendía lo que podía pasar, habida cuenta del ejemplo de Cuba, donde la URSS ayudó a sentar las bases de una sociedad socialista. Fue una experiencia triste para la Casa Blanca, porque los cubanos lograron defender su soberanía en la lucha contra EEUU —la invasión de bahía de Cochinos de 1961—", declaró el director de la revista Latinskaya Amerika.

La parte estadounidense quería evitar la aparición de una segunda Cuba en América Latina. A lo largo de varias décadas, Washington patrocinó una serie de golpes de Estado en toda la región —Plan Cóndor— y, de esta manera, impuso su ley en lo que consideraba su patio trasero, dijo.

"La determinación de Noriega de estrechar relaciones con la Unión Soviética condujo a Washington a derrocarlo", confirmó Travkin.

Las invasiones de EEUU siguen cada vez el mismo patrón

Estados Unidos introdujo en 1989 sancionesel bloqueo de fondos del Banco Nacional panameño para desestabilizar la situación en el país y debilitar al Gobierno de Noriega.

En este contexto, es posible trazar paralelismos con la política actual de Washington respecto a otros países, como Venezuela. Es decir, se puede decir que EEUU sigue más o menos el mismo patrón en todas las injerencias en asuntos de otros países, destacó el analista ruso.

"Sin duda, estos acontecimientos siguen la misma línea. Los parecidos saltan a la vista. La presión económica es una de las maneras más efectivas que EEUU emplea para influir sobre otros países. Pero el resultado cada vez es diferente. Puede orquestar golpes de Estado o limitarse al bloqueo de las cuentas bancarias de ciertos Estados", explicó.

Imponen su mano dura contra los países que se niegan a seguir sus órdenes y actúan en desacuerdo con sus intereses económicos. La gente en Washington cree que todas las medidas son buenas si resultan efectivas. No hace falta esperar que los estadounidenses abandonen esta política de presión multilateral, vaticinó.

Travkin recalcó que Venezuela es el ejemplo de un país que logra no sucumbir a las presiones por parte de Estados Unidos. A diferencia de muchos otros, Caracas ha conseguido resistir a las sanciones impuestas por Washington. Pero, al mismo tiempo, Venezuela debe de permanecer alerta, porque no se sabe si al final se dará un escenario similar al que EEUU llevó a cabo en Panamá en 1989, concluyó.

CANAL

 

elespiadigital.com
La información más inteligente

El Tiempo por Meteoblue