Alberto Hutschenreuter

Se cumplen 70 años de la firma del Tratado de Washington, que dio origen a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la entidad política-militar creada para contener a la Unión Soviética, un país que, de acuerdo a los primeros sovietólogos estadounidenses establecidos en Riga, siendo George Kennan el más célebre, era “un país como todos pero a la vez distinto a todos”, pues poseía una naturaleza expansionista que, acompañada de la ideología marxista-leninista-stalinista, implicaba una amenaza sin precedentes para el mundo libre.

En las siguientes tres décadas la OTAN mantuvo su carácter netamente defensivo-contenedor, hasta que en los años ochenta, mientras la URSS sufría las consecuencias que implicaban años de problemas con la productividad económica y la “sobre-extensión imperial”, para utilizar los términos de Paul Kennedy, desplegó una concepción ofensiva basada en llegar a sostener en el mismo territorio de su contraparte, el Pacto de Varsovia, una confrontación militar y (considerando la supremacía en la “Revolución en los Asuntos Militares”) lograr la victoria.

Sabemos qué sucedió: cayó el Muro de Berlín, el Pacto de Varsovia se disolvió y, finalmente, la propia Unión Soviética se desplomó; terminando así la Guerra Fría, el régimen de poder que sometió las relaciones entre Estados a su férreo patrón ideológico y geopolítico.

Desaparecida la contienda bipolar, era razonable considerar que desaparecerían todos aquellos instrumentos creados por y para ella. Del este prácticamente quedaba poco, pero en el oeste se mantuvo la estructura política-militar. Más todavía, la rápida unificación de Alemania en 1990 se realizó bajo patrones netamente occidentales, esto es, según el modelo político-socioeconómico de Alemania Occidental, sin soldados soviéticos en territorio alemán y sin salir el país de la OTAN. Por ello, la unificación de Alemania se considera “la primera ampliación de la OTAN”.

Más allá de lo que se habría coordinado entre Estados Unidos y la URSS, en relación con un presumible “pacto estratégico de caballeros” sobre el que se dispuso el fin de la Guerra Fría, la Alianza Atlántica procedió a ampliarse en la segunda mitad de la década de los noventa.

Entonces, Rusia ya no mantenía una concepción “romántica” en materia de política exterior, pero (sin capacidad de respuesta) “asumió” la extensión militar a Polonia, la República Checa y Hungría, países que por su tradición y ubicación se podía entender fueran parte de la cobertura estratégica de Occidente.

Pero pocos años después la OTAN marchó hacia el este, situándose, con la inclusión de los países del Báltico, al inmediato noroeste de Rusia. En 2008, este país, que ya no era la potencia retórica de los noventa, movilizó fuerzas al Cáucaso para evitar que Georgia fuera la siguiente ex república soviética en ser parte del umbral de membresía, cuando no directamente miembro de la OTAN.

La Alianza comprendió que la situación era compleja y por algunos años pareció abandonar la idea de ampliación irrestricta. Pero a los pocos años retomó la iniciativa nada más y nada menos que con Ucrania, la “plaza geopolítica sacrosanta” para Rusia, y se produjo la mutilación territorial de este país. Desde entonces, la tensión entre Occidente y Rusia se mantiene en un preocupante nivel, al punto que se trabajan escenarios de querellas o directa confrontación militar entre ambos.

En Occidente se sostiene que Rusia es una amenaza, es decir, aunque la URSS desapareció y con ella la ideología “revolucionaria”, existe una concepción ante Rusia casi como la que existía cuando terminó la Segunda Guerra Mundial. Pero ello no es reciente ni de los últimos años: existe prácticamente desde el fin de la Guerra Fría, cuando Occidente no dejó de considerar a la Federación Rusa como una eventual nueva amenaza a la supremacía de Occidente. La ampliación de la OTAN se fundó en esta idea de “nueva prevención geopolítica” o “segunda contención”.

Pero no es correcto decir que hubo una nueva política de contención, pues no se trató nunca de una posición estática-defensiva, más allá de que Rusia no era la URSS. Para Occidente, Rusia no modificaría nunca sus instintos geopolíticos y ahora era el momento de neutralizarla para siempre, cercándola en sus propios lindes y haciendo colapsar su activo protohistórico, la profundidad estratégica. Más todavía, en su momento se sugirió su federalización con el fin de “facilitar su administración territorial”.

En otros términos, desde Occidente nunca se buscó un equilibrio geopolítico con Rusia, a pesar de los consejos ofrecidos en su momento por expertos occidentales realistas y sabedores de las “sensibilidades” rusas como potencia terrestre.

Pero no solo se rebasaron los límites geopolíticos, sino que se transgredieron los principios de estrategia militar (en algunos casos casi elementales) destacados por hombres como el prusiano Carl von Clausewitz.o el suizo Antonie-Henri de Jominí.

Resulta pertinente considerar brevemente algunas premisas del primero, un pensador y soldado que hoy parece olvidado y solo utilizado en materia de técnicas de gestión y dirección de empresas, como si la guerra ha sido un fenómeno social del pasado y hasta superado ya por el hombre.

Es cierto que no hay una guerra entre Occidente y Rusia, pero la Guerra Fría implicó una guerra no directa pero abierta en todos los frentes, incluso ambos contendieron a través de terceros. Y Occidente, a juzgar por sus iniciativas, continuó sus políticas tendientes a lograr ganancias de poder ante Rusia. Es decir, continuó la guerra.

En estos términos, la OTAN pareció seguir, sin medir consecuencias, el principio de Clausewitz en relación con el precepto de sometimiento del adversario.

Pero el prusiano también nos advierte que “En la guerra, el agresor no está siempre en condiciones de derrotar por completo a su oponente. A menudo, y de hecho la mayoría de las veces, se produce un punto culminante de la victoria”.

Expongámoslo más claramente, según reza el Capítulo XXII del Libro VII de la obra mayor del gran estratega, “De la guerra”, que se titula precisamente “El punto culminante de la victoria”:

“[…] Si echamos una mirada general sobre estos principios diferentes y antagónicos, podemos deducir, sin duda, que en la mayoría de los casos, la persecución de la victoria final, la marcha hacia adelante en una guerra de agresión, provocan a la postre la disminución de la supremacía con la que se partió al principio o que ha sido obtenida mediante un triunfo”.

“Nos enfrentamos necesariamente con la siguiente pregunta: si esto es así, ¿qué es entonces lo que impulsa al atacante a proseguir su senda victoriosa, a continuar la ofensiva? ¿Puede esto llamarse en realidad persecución de la victoria? ¿No sería mejor detenerse en el punto en el que aún no se pone de manifiesto una disminución de la supremacía obtenida?

Para decirlo sin ambages, la victoria de Occidente sobre la URSS se produjo hace tiempo, pero aquel ha decidido rentabilizar la misma a través de iniciativas dirigidas a debilitar al “oponente” con el fin de que éste nunca vuelva a implicar un nuevo reto.

Pero lo ha hecho sin medir las consecuencias del principio de Clausewitz: no rebasar los términos de la victoria, pues ello podría llegar a difuminar la misma y tornarse un problema; precisamente lo que ha sucedido cuando la OTAN decidió marchar sin consideraciones ni geopolíticas ni estratégicas, creando una situación de acumulación militar y peligrosa tensión.

A esta omisión podríamos, siempre considerando a Carl von Clausewitz, sumar la que en rigor se encuentra al frente de la misma: la primacía de lo militar sobre lo político; a esta altura de la historia, una incongruente inversión. Una inversión infantil que puede resultar muy costosa.

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