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EL 15-M es un mito antiguo para tiempos modernos, escribió Santiago Alba. «Igual que la Roma republicana inspiró la Francia revolucionaria». Pero todo mito perece, y al 15-M lo mató su propio heredero: Podemos.

Para Rossique ocurrió en 2016, cuando el partido pasa de círculos a jerarquías. Carolina Bescansa dató el «fin de ciclo» en 2017, con Vistalegre tornando la unidad en ruptura. Para Granda termina en 2018, cuando el nomadismo de acampados se convierte en sedentarismo de chalet. Para Jordi Amat el 15-M está recién cortado, con la coleta de Iglesias.

El día y la hora exacta no lo saben ni los ángeles, pero todos coinciden en cómo muere un mito. «Un ciclo termina cuando sus símbolos se han desviado hasta quedar invertidos», escribió el matemático francés René Guénon, «es decir, al revés de su estado inicial». En otras palabras: algo muere cuando acaba representando su contrario.

En el ejemplo de Santiago Alba: el ciclo revolucionario francés termina cuando Napoleón ya no toma de Roma la idea republicana sino la idea imperial (su opuesto).

De la misma forma, al 15-M le han volteado sus propuestas, bases, ejes y lemas. Lo que antaño fue revolucionario, hoy a algunos les resulta reaccionario. Aquellas propuestas de «Gobierno protector, democracia transparente e igualdad de oportunidades» fueron algo «reactivo y conservador», según Emmanuel Rodríguez.

«Viejas lógicas» estatales «de herencia fascista». El podemismo ya no está interesado en «desigualdad de renta o precariedad», explica Ricardo Dudda, sino en «minoritarios logros culturales, sexuales, morales».

La «clase media blanca empobrecida» del 15-M es hoy, según Nicolás Sesma, «sospechosa de sustentar fascismos». También las clases bajas que se acercaron a las plazas (trabajadores pobres, parados o sin estudios) son «votantes típicos del populismo de derecha», según Steven Forti. Los verdaderos revolucionarios serán (según Antonio Maestre) «Greta Thunberg, una feminista adolescente y una trans de 10 años». O, según Nuria Alabao, «principalmente mujeres, migrantes, gays, lesbianas, trans, negros, amarillos y marrones».

Al 15-M no se le perdona que «no había prácticamente inmigrantes, que sólo aparecieron más tarde como afectados por los desahucios» (Amador Fernández-Savater).

Tampoco se olvida que el 15-M vetó una bandera arcoíris de cuatro metros y retiró la pancarta de la revolución será feminista o no será. Los actuales estudios de género buscan vengarse de 2011 y su supuesta «división sexual del trabajo, que reservaba a los hombres portavocías y manifiestos, relegando a las mujeres a comunicados, venta y transcribir actas» (A. Razquin, 2019).

También el colectivo LGTB recuerda con horror una «actitud homófoba: alusiones al sexo anal como metáfora de opresión económica» (G. Trujillo, 2016). Aquello de «si somos el futuro, ¿por qué nos dan por culo?».

El 15-M no quería un eje feminista (el 50% femenino contra el 50% masculino) o ecologista (el 80% de países contra el 20%). Ni siquiera querían izquierda y derecha.

Su planteamiento era más eficiente: «Somos el 99% y estamos contra el 1%». Es decir, el pueblo contra la casta. Otro factor que hoy activaría la alerta anti-fascista.

«La palabra pueblo tiene un fundamento reaccionario y fascista», dice Bifo. «La alusión a la casta», añade Maestre, «comenzó en la ultraderecha» (Chani en 1992 y Tertsch en 2010). Y eso de pueblo contra casta estaría «relacionado con fascistas, la falange y el peronismo».

Quizá por eso Podemos dejó de hablar de casta. ¿O fue para gobernar con el ala izquierda de dicha casta? El 15-M decía que «PSOE o PP, la misma mierda es».

Pero el Podemos de Monedero matizó: «Huelen parecido, pero son mierda distinta». Y del discernimiento excrementicio se pasó a la simple y llana coprofagia.

Hoy Podemos se come los marrones de un PSOE cómplice de endeudamiento externo y especulación inmobiliaria. Lo mismo que se reprochó al PP como causa de la crisis que precedió al 15-M. Pero hoy la formación morada impediría criticar a Sánchez lo criticado a Aznar y Zapatero. Hoy Podemos diría que ya no hay que escoger entre los de abajo o los de arriba, sino entre fascismo o democracia.

Fascismo sería Vox, por su discurso anti político y anti constitucional. Es decir, ¡por haber heredado del 15-M el no nos representan y la crítica al régimen del 78! Democracia sería el bipartidismo (reconvertido en bi-bloquismo), del que decían le llaman democracia y no lo es.

Todo un planteamiento «capaz de sepultar los rescoldos del 15M», lamenta José Luis Villacañas. En esta democracia, el 15-M es reivindicado por Ángel Gabilondo, compañero de Rubalcaba (que cortó el acceso de la Puerta del Sol). Podemos queda a las órdenes del PSOE, que a su vez tiene a España a las órdenes de la OTAN y Alemania (algo más cercano a fascismo que a democracia).

El 15-M proclamaba que «no somos mercancía de políticos y banqueros», pero Yolanda Díaz discrepa. Ya no toca criticar a la Troika o a Wall Street, sino elogiar a la Unión Europea y a Biden. La soberanía es de fachas.

TAMBIÉN DECÍA el 15-M que la ruina del 2008 «no es una crisis, es una estafa». Y ¿no habrá estafas políticas, financieras y farmacéuticas en la actual crisis covid?

Igual que en 2008 existían Madoff, Goldman Sachs y el FMI, en 2021 existen Soros, BlackRock o el Partido Comunista Chino. Pero señalar esto es, en palabras de Pedro Sánchez, conspiracionismo ultraderechista.

Sorprende tanto fascismo cuando en Podemos decían que el 15-M fue una vacuna contra la xenofobia. ¡Sería de AstraZeneca! El más preocupado es Gabriel Rufián, que afirma que ahora vivimos un «15-M facha». «El patriota ya no es un señor engominado y mocasines caros, sino el chaval que sale de la obra». La (re)nacionalización asusta hoy a la casta independentista, como la (re)politización en 2011. El 15-M no hablaba de secesiones, porque sabía que solamente «el pueblo unido jamás será vencido».

Ahora compara Iglesias el 15-M con el «anhelo democrático» del independentismo, pero Carod-Rovira decía otra cosa. «¡Que se vayan a mear, pintar, abroncar e insultar a su país!». Para él, los acampados de Cataluña eran «españoles», o sea extranjeros. ¿Cuándo nos vacunan contra la xenofobia indepe?

Este era el odio que las élites dirigían al pueblo del 15-M: «Perroflautas, golpistas, indignos, mantenidos». Pero incluso esto se ha invertido. Podemos ya es la nueva élite que insulta al pueblo: «Gilipollas que cobran 900 pavos, cayetanos, tránsfobos, tabernarios, privilegiados payoblancos».

«Cuando ocurre este proceso», escribía Guénon, «sólo cabe esperar un enderezamiento que restablezca el orden primordial».

Hásel-Paris Álvarez

Politólogo

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