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Las fuerzas de seguridad alertan en informes internos sobre la posibilidad de un otoño caliente de movilizaciones y las encuestas señalan una creciente desafección de los ciudadanos hacia los políticos y partidos (la mitad de los encuestados por el CIS lo señalan como el principal problema del país). Las encuestas de consumo señalan también una creciente falta de expectativas por la crisis económica que se avecina. Es decir, se dan condiciones objetivas para una contestación social intensa, pero no hay suficientes certezas para poder discernir qué expresiones y qué alcance podría adoptar ese descontento o qué movimientos políticos podrían capitalizarlo.

Los analistas coinciden en señalar que todo dependerá de las medidas que ponga en marcha el actual Gobierno para aliviar los efectos de la crisis y de la repuesta de una Unión Europea cada vez más desestructurada. Volvemos a escuchar el mantra del "rescate". Nos avisan de nuevos rebrotes del virus y, por ende, nuevos confinamientos…  Si a este coctel se le suma una creciente desafección, sobre todo entre los jóvenes, no se puede descartar la aparición de fenómenos como unos "chalecos amarillos" a la española o salidas nihilistas al descontento.

La desafección no ha aparecido ahora, viene de atrás, pero como ocurre en las crisis, todo se acelera. Venimos ya de una crisis profunda prolongada en el tiempo, de un malestar hacia la política y los españoles son más pesimistas, pero los estallidos sociales no son fácilmente predecibles. Puede haber un malestar larvado que su explosión dependerá de si el poder logra canalizarlo. Lo que sí podemos asegurar que en estos momentos se están colocando las bases para la contestación de los próximos años.

Uno de los aspectos cruciales es el nivel de confianza de la sociedad en sus representantes políticos, que ahora está bajo mínimos, un factor que alimenta los estallidos sociales y que se ha acelerado mucho en los últimos tiempos. El bipartidismo en España parece muerto y los líderes políticos guardan su última bala y se lo juegan todo a una sola carta.

Pero cuidado, hay indicios de que el descontento, paradójicamente, puede trabajar en favor del sistema y propiciar una cierta vuelta a ese bipartidismo. Si la crisis económica anterior produjo a Podemos y la crisis catalana produjo a Vox, ahora podría producirse la nostalgia de una autoridad fuerte, institucional, con experiencia, capaz de gestionar la sanidad, el ejército, la seguridad social, el Estado de bienestar en su conjunto con todos sus resortes, y eso se concreta en los dos partidos de alternancia histórica en el poder, PSOE y PP, anulando, al menos por un tiempo, los partidos presuntamente alternativos.

Hay otro factor que no suele tomarse en consideración: la polarización. Las versiones digitales de los periódicos, antes de acceso gratuito, tenían columnistas muy influyentes, pero ahora ven reducida vertiginosamente su influencia social, sin webs y sin redes sociales que divulgan sus artículos a todo el mundo al convertirse sus medios en opciones de pago. Antes uno podía curiosear las opiniones ajenas en periódicos de ideario contrario, ahora no lo hará y buscará en los suyos la confirmación de sus posiciones y prejuicios, alimentados por los medios que son afines. Se pierde la pluralidad de fuentes en la formación de la opinión pública y esta se divide y polariza, lo que también podría favorecer el retorno del bipartidismo.

Múltiples teóricos escenarios

Con todo, es evidente que el dolor radicaliza las opiniones porque las hace vehementes y potencialmente violentas. Unas movilizaciones provocadas por una creciente conflictividad, que puede venir del desempleo o "de las colas del hambre” hacen que el escenario esté muy abierto. Dicha contestación podría adoptar tres expresiones diferentes. Una reacción tipo años 30, con una cierta fascistización de la sociedad; otra reivindicativa tipo años 60 y 70 o una forma nihilista, 'antiestablisment', incapaz de entroncar con un movimiento más amplio. Si predominara esta última, la protesta social se agotaría en sí misma sin mayores consecuencias.

Si se sigue una lógica socialdemócrata clásica, dando ayudas a la población abriendo una ventanilla para cada afectado, será difícil que se construya un movimiento de base. Las expresiones de descontento serían más radicales pero minoritarias, quizá nihilistas, ya sean de derechas o de izquierda. Pero la base social del Gobierno iría disminuyendo. Por el contrario, si se desarrollan medidas más universales, no segmentando en función de necesidades puntuales, el escenario sería distinto. Se producirá la polarización y desafección, pero sin capacidad de articularse y quizá con algunos episodios violentos.

Las nuevas generaciones son uno de los agentes políticos en los que más habría que poner el foco. Precariedad, inestabilidad y falta de expectativas forman un cóctel explosivo. La quiebra de expectativas y material van de la mano. Una propuesta política que capitalice parte del voto joven, que se siente más alejada del sistema, más damnificado y sin mecanismos de ayuda, puede aglutinar el malestar larvado. No puede descartarse, por tanto, la posibilidad de una especie de 15-M con rasgos más orientados hacia un nacionalpopulismo radical.

La crisis sanitaria ha preservado a los jóvenes. Pero es muy posible que en la crisis económica ocurra lo contrario: se preserven las pensiones de los mayores pero los jóvenes encuentren muchas dificultades para obtener un trabajo. Por eso es previsible que la voz de los jóvenes se mezclaría en el coro de voces de protesta de la casi totalidad de sectores económicos y profesionales, descartándose una salida tipo 15-M alentado desde la extrema izquierda, sobre todo tras la experiencia de un gobierno como el de ahora, compuesto por una coalición entre la izquierda y la extrema izquierda globalista.

Igualmente, estamos convencidos que las protestas de los denominados Cayetanos en los barrios acomodados y los toscos discursos derechistas como el de Vox, hablando de un “Gobierno criminal, de una dictadura comunista o de campos de exterminio” no funcionará porque es un relato que solo hace que se radicalicen los que ya están convencidos, perdiendo el contacto con la pluralidad de toda la sociedad española.

Para evitar este final, Vox debería dar un giro hacia el proteccionismo social, al estilo Le Pen. En esa línea, podría impulsar una movilización híbrida entre la surgida en Francia con los chalecos amarillos y las movilizaciones del campo en España. Pero mucho nos tememos que las dificultades estructurales de Vox para orientarse hacia una opción populista abandonando el espacio clásico de la extrema derecha española es casi imposible. Están anclados en la lógica ultraliberal y atlantista, y además la competición con el PP les dificulta este movimiento. No parece que sean capaces de lepenizarse y capitalizar el descontento, menos aún con lo que estamos viendo, el descrédito de los liderazgos populistas de derecha en esta crisis, desde Boris Johnson a Trump o Bolsonaro.

Subirse a la ola para enfrentar la “Nueva Normalidad”

Solo un planteamiento de ruptura puede evitar que la protesta social precipite de nuevo en el bipartidismo o en alternativas ya fracasadas y, menos aún, en un nihilismo autodestructivo que la llevaría a la esterilidad más absoluta. Con corona virus o sin él, el sistema dominante se caracteriza como una guerra del 1% contra el 99% de la población, una guerra de los de arriba contra los de abajo, una guerra que nos ha declarado la oligarquía a la que se suma una “izquierda" sistémica y financiada por la mafia globalista que está al servicio de la élite financiera internacional. Una crisis inducida desde arriba, como en el año 2008, que busca esquilmar riqueza desde las clases medias y trabajadoras endeudando a los Estados y a las familias.

Estamos en presencia de ese fenómeno que ha descrito el geógrafo teórico y marxista David Harvey que consiste en el uso de métodos de acumulación con el objetivo de mantener el sistema capitalista, mercantilizando ámbitos hasta entonces cerrados al mercado.​ Mientras que la acumulación originaria supuso la implantación de un nuevo sistema, entramos en una fase donde sufriremos una acumulación por desposesión con el objetivo mantener el sistema actual, repercutiendo la crisis de sobreacumulación del capital en los sectores empobrecidos de la sociedad. ​El término, según David Harvey, ha determinado los cambios neoliberales producidos en los países occidentales desde los años 1970 hasta la actualidad y que estarían guiados por cuatro prácticas fundamentales: la privatización, la financiarización, la gestión y la manipulación de las crisis y redistribuciones estatales desde las rentas del trabajo hacia el capital. ​

La razón es que posiblemente nos encontremos en el denominado "invierno de Kondratiev", según el modelo de ondas largas del capitalismo descrito por el economista soviético Nikolai Kondratiev. Un punto crítico en el que el sistema necesita un cambio de paradigma económico que le permita salir de la depresión del ciclo, por eso la oligarquía necesita una voladura del tejido económico y mantener el sistema teniendo en cuenta que más del 70% de la economía es puramente especulativa. Históricamente, estas situaciones se han superado a través de guerras o provocando crisis como la del año 2008. Como la duración de cada onda de Kondratiev varía entre 47 y 60 años y la última comenzó sobre 1990, a estas alturas estaríamos de lleno en ese “invierno”. De ahí la necesidad de grandes inversiones que inicien una nueva revolución tecnológica (¿ahora en la “industria de la salud” o en la del clima?) que requiera bienes de capital que puedan ser rentabilizados durante largo tiempo en un nuevo ciclo. A ese nuevo ciclo lo llaman “Nueva Normalidad”. Es necesario pensar cómo darle la vuelta para que la normalidad pueda ser un Nuevo Sistema que acabe con las crisis cíclicas y su causa: el modelo liberal capitalista.

Juan A. Aguilar

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