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Cuando Anthony Lake fue nombrado consejero de Seguridad de Bill Clinton en 1993, cargo todopoderoso que desempeñó hasta 1997, declaró sin ambages ni ambigüedades: “Un factor prioritario debe determinar cuando Estados Unidos actuará multilateralmente o unilateralmente, y ese factor es el interés de Estados Unidos”. La rotundidad de su afirmación devenía de la inflexión y reconducción estratégica de la política exterior de Estados Unidos generadas con la caída del ‘Muro de Berlín’, acaecida el 9 de noviembre de 1989, es decir por la conclusión de la Guerra Fría.

Es difícil formular con menos palabras un mensaje político tan claro y, además, convertido en la directriz de la acción exterior de la que entonces era la superpotencia prevalente en el mundo, aunque fuese un principio enraizado en el origen mismo de su relativamente corta existencia como nación independiente del Reino Unido (proclamada el 4 de julio de 1776). Y para entender bien la esencialidad inequívoca de ese ‘interés nacional’, baste recordar, sin ir más lejos, lo explicitado por Fletcher Pratt (1897-1956), reconocido escritor norteamericano de ciencia ficción y especialista en historia naval y en la Guerra de Secesión: “El expediente de su propia historia, incluso de la más reciente, muestra a los Estados Unidos como la potencia más pendenciera y más insensatamente violenta del mundo”. Es decir, la toma de lo ajeno por las armas.

El fondo de la cuestión parece claro, pero si alguien tiene dudas sobre la cabal afirmación de Pratt, léase entonces el capítulo titulado Opiniones del libro de Carlos María Ydígoras “Los Libertadores USAS” (Editorial Arrayan, 1966). En él se describen casi un centenar y medio de intervenciones armadas de Estados Unidos en el extranjero, sólo desde que inició su primera guerra contra Argelia en 1785 y hasta la ocupación de Islandia en 1941 (sin contar por tanto lo mucho, a veces verdaderamente apocalíptico, que ha venido después).

Por lo que respecta a enfrentamientos de Estados Unidos con España, hay que recordar entre medias de esas fechas las luchas en el río Sabine, hoy Texas (1803-1806); la conquista de la entonces Florida Occidental española (1812-1814) y la guerra por la que se ocuparon Cuba, Filipinas, Guam y Puerto Rico (1898-1899), desatada con la misterioso explosión y el consiguiente hundimiento del acorazado USS ‘Maine’ en la bahía de La Habana el 15 de febrero de 1898. Todo ello al margen de la peccata minuta que supuso la prohibición de usar en la guerra de Ifni (1957-1958) los reactores F-86 ‘Sabre’ y Lockheed T-33, trasferidos a España a raíz de los convenios hispano-norteamericanos de 1953 (considerando aquel conflicto una “guerra colonial”), el apoyo encubierto prestado a Marruecos en su ‘Marcha Verde’ de 1975 sobre el Sahara español, la ‘tutela’ ejercida durante la Transición Española (incluidos los sucesos del 23-F), la connivencia de tolerancia con la ‘colonia otanista’ de Gibraltar…

DE LA ‘DOCTRINA MONROE’ AL ‘COROLARIO ROOSEVELT’

Pero nada de ello tendría que sorprender a quienes recuerden el conocido manifiesto nacionalista de Frank Bohn (1878-1975), historiador, político de adscripción socialista y sobre todo sindicalista hiperactivo, publicada en la prestigiosa American Journal of Sociology:

Somos el pueblo más grande del mundo. Nuestro Gobierno es el mejor de todos los conocidos. En materia de fe y moral, nosotros somos exactamente lo que debe ser el hombre. Somos también los mejores combatientes que hay en la tierra. Como pueblo, somos el más hábil y, socialmente, el más desarrollado. Otras naciones podrán errar en su camino, pero nosotros estamos a salvo de toda equivocación y caminamos por el sendero seguro. Nuestra historia es el triunfo de la justicia, y así vemos manifestarse esta fuerza en cada generación de nuestro glorioso pasado. Nuestro desarrollo y nuestro éxito, cara al futuro, son tan seguros como ciertas leyes matemáticas. La Providencia siempre nos acompañó. La única guerra que los Estados Unidos ha perdido, es aquella en la que un tercio de ellos fue vencido por las otras dos terceras partes. Nosotros hemos sido elegidos por Dios para salvar y purificar al mundo con nuestro ejemplo.

Un ‘Destino Manifiesto’ (Manifest Destinity) que ya había sido formulado con anterioridad por el periodista John L. O’Sullivan (1813-1895), director de la Democratic Review, cuando en un artículo titulado “Diego”, publicado en el número de Julio-Agosto de 1845, justificaba la anexión territorial de zonas colindantes (Texas y Oregón) como nuevos Estados de la Unión de esta forma: El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino”.

Apenas cuatro meses después, O’Sullivan volvió a manejar aquel mismo concepto y aspiración ‘continentalista’ en una columna publicada el 27 de diciembre de 1845 en el New York Morning News, afirmando en relación a la disputa con Gran Bretaña por Oregón: “Y esta demanda está basada en el derecho de nuestro destino manifiesto a poseer todo el continente que nos ha dado la providencia para desarrollar nuestro gran cometido de libertad y autogobierno”.

Pero, aún antes, si se analiza la denominada ‘Doctrina Monroe’, que fue elaborada por John Q. Adams, sexto presidente de Estados Unidos, en base a una formulación original de su predecesor, el presidente James Monroe, realizada en 1823, ya se percibe en ella la traza ‘imperial’ del peculiar genoma USA. Dicha doctrina, que fue presentada inicialmente por Monroe durante su séptimo discurso al Congreso sobre el ‘Estado de la Unión’, establecía que cualquier intervención de los Estados europeos en América (es decir, en todo el Continente Americano) sería interpretada como un acto de agresión que requeriría la intervención de Estados Unidos.

Tomada inicialmente con dudas y posteriormente con gran entusiasmo, la ‘Doctrina Monroe’ fue la definitoria de toda la posterior política exterior de Estados Unidos, en sucesivas claves y reinterpretaciones ‘adaptables’ (por ejemplo, el propio presidente Adams la entendió inicialmente como una mera proclamación de oposición al colonialismo). Su síntesis es el conocido lema de “América para los americanos”, propuesto por el propio Monroe, pero entendiendo como ‘americanos’ sólo a los estadounidenses…

De hecho, asumida la ‘Doctrina Monroe’, el político chileno Diego Portales Palazuelos (1793-1837, que a partir de 1830 y hasta ser asesinado el 6 de junio de 1837 ocupó en su país la Gobernación Militar de Valparaíso y diversas carteras ministeriales (Interior, Relaciones Exteriores y Guerra y Marina) escribió acertadamente a uno de sus correligionarios: “(…) Si, pero hay que tener mucho cuidado: para los americanos del norte, los únicos americanos son ellos mismos”.

Y ya en el siglo XX, el presidente Theodore Roosevelt reafirmó el ‘Destino Manifiesto’ de Estados Unidos, emitiendo una enmienda (conocida como ‘Corolario Roosevelt’) a la propia ‘Doctrina Monroe’, de forma que ésta consideraría toda la América Latina y todo el Caribe como territorios para expandir los intereses comerciales norteamericanos en la región, ampliando muy sustancialmente su propósito original -al menos en la interpretación del presidente Adams- de mantener la hegemonía europea fuera del hemisferio nord-occidental.

Este corolario fue formulado por Th. Roosevelt ante el Congreso en el discurso del ‘Estado de la Unión’ del 6 de diciembre de 1904, tras el bloqueo naval realizado por las potencias europeas (Alemania, Inglaterra e Italia) a Venezuela en 1902-1903 para cobrar por la fuerza el pago de una deuda contraída en las últimas décadas del siglo XIX. Y en él se concluía que, si en un país latinoamericano o del Caribe situado bajo la influencia de Estados Unidos se amenazaban o ponían en peligro los derechos o propiedades de ciudadanos o empresas estadounidenses, el propio gobierno norteamericano se consideraba obligado a intervenir en los asuntos internos del país “desquiciado” para reordenarlo, restableciendo los derechos y el patrimonio de su ciudadanía y sus empresas.

Su primera aplicación, consistió en la toma por parte de Estados Unidos de las aduanas de la República Dominicana en 1905, para pagar a los acreedores extranjeros de aquella nación caribeña. Sus consecuencias no fueron otras que comenzar a crear un sentimiento anti estadounidense en la mayor parte de los países de habla hispana, todavía apreciado hoy en día.

En realidad, el ‘Corolario Roosvelt’ se aprobó como un ‘cheque en blanco’ del Congreso de Estados Unidos para que sus gobiernos pudieran intervenir libremente en América Latina y el Caribe, estableciendo derechos cuasi coloniales, o neocoloniales, sobre todos los países del Continente Americano (con la particular exclusión de Canadá). Y cierto es que muy similares a los que se habían acabado de otorgar el Reino Unido y Francia sobre los países de sus áreas de influencia en los acuerdos de no agresión y regulación de la expansión colonial de la ‘Entente Cordiale’ (el entendimiento cordial) del 8 de abril de 1904.

Paréntesis: Los acuerdos de la ‘Entente Cordiale’ entre Reino Unido y Francia fueron la base para la formación de un sistema de alianzas entre esos dos países (a los que se sumarían Rusia y Estados Unidos) durante la I Guerra Mundial: la ‘Triple Entente’, derivada de la alianza franco-rusa de 1893, de la propia ‘Entente Cordiale’ franco-británica de 1903 y del acuerdo anglo-ruso de 1907, frente a la ‘Triple Alianza’ del Imperio Alemán, el Imperio Austrohúngaro y el Reino de Italia.

EL ‘DESTINO MANIFIESTO’ Y EL IMPERIALISMO ECONÓMICO

Pero, ¿alguien puede pensar que el ‘Destino Manifiesto’ de Estados Unidos, la ‘Doctrina Monroe’ y el ‘Corolario Roosevelt’ tienen algo que ver realmente con el civismo, el desarrollo de la civilización, la solidaridad mundial, la paz…? ¿Y es que, a estas alturas de la historia, es creíble la imagen de ‘combatiente responsable’ con la que el presidente Barack Obama –irresponsable Premio Nobel de la Paz- quiere enaltecer ahora su arrogada condición de ‘Gendarme Universal’, lanzando todo su poderío militar contra Siria sin contar con la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU, como hizo George Bush II con Irak en 2003…?

Scott Nearing (1883-1983), profesor en la Escuela Rand de Nueva York en sus momentos de mayor prestigio y comprometido con la economía social, la ética, la paz, la igualdad y la ecología, lo percibió con claridad hace ya casi un siglo: “Ninguna nación iguala a los Estados Unidos en la búsqueda de posesiones materiales. El perseguimiento de la riqueza en los Estados Unidos se ha llevado a cabo de manera atroz y brutal. ‘Cualquier cosa con tal de ganar’, ha sido el lema. El hombre contra el hombre, el grupo contra el grupo, han luchado por las ganancias, primero; por ir adelante, después; por acumular riquezas y lujos y, por último, por poseer el inmenso poder que acompaña al control de la riqueza moderna. El amontonamiento de las riquezas, el afán rapaz y desmedido de ¡más! ¡más!, la deserción de los más caros principios y las primeras promesas y el trascribir otra historia del determinismo económico”.

En su lúcida aproximación al ‘sentido imperial de los negocios’ consustancial a Estados Unidos, Nearing advirtió: “Los gobiernos de los Estados Unidos son víctimas de una necesidad económica que los compele a buscar y a encontrar materias primas, mercados y oportunidades para la inversión. También son los poseedores del suficiente poder económico, financiero, militar y naval para satisfacer estas necesidades a discreción. Los fondos de capital de los Estados Unidos en América Latina y el caribe exigirán cada vez mayor protección. No hay sino un medio para que los Estados Unidos den esa protección y es cuidar que estos países conserven la ley y el orden, respeten la propiedad y accedan a los deseos de la diplomacia americana. Donde quiera que un gobierno falle a  este respecto, será necesario que el Departamento de Estado, en cooperación con la Armada, atienda a que se establezca un gobierno que se porte bien”.

A continuación, y según recogía también Ydígoras en su obra citada, Scott Nearing conectaba esa visión del imperialismo económico norteamericano con el ‘Destino Manifiesto’ que había elaborado John Q. Adams en base a la formulación propuesta por James Monroe en 1823: “Según la Doctrina de Monroe, a ningún gobierno latinoamericano se le permitirá concertar alianzas con países de Europa o Asia. Según la Doctrina de Monroe, tal y como ahora se interpreta, a ningún gobierno latinoamericano se le permitirá organizar un gobierno revolucionario que suprima el derecho de los intereses privados a poseer el suelo, carbón, madera y otros recursos. La simple amenaza del gobierno de Carranza [se refería a José Venustiano Carranza, presidente de México entre 1917 y 1920] de realizar un acto semejante, fue lo bastante para mostrar lo que tiene que ser la política americana en casos análogos. Los Estados Unidos no necesitan dominar políticamente a sus hermanas, las Repúblicas más débiles. No necesitan meterse con su independencia. Mientras sus recursos puedan ser explotados por capitalistas americanos, mientras sus inversiones gocen de razonable seguridad, mientras los mercados estén abiertos y mientras se satisfagan todas las otras necesidades del capitalismo de los Estados Unidos, los estados más pequeños del Hemisferio Occidental están libres para seguir su camino de paz y prosperidad”.

Claro está que para llegar a sus conclusiones, el profesor Nearing tendría que bucear en la historia de su país manejando datos, documentos y referencias políticas. Y entre ellas seguro que no faltarían las explicaciones del historiador Albert J. Beveridge (1862-1927), quien además de ser autor de una extensa y documentada biografía de Abraham Lincoln -inacabada porque sólo llegó a publicar dos volúmenes de los cuatro previstos- también fue durante 12 años senador republicano por Indiana (entre 1899 y 1911), sintetizadas en este impresentable alegato imperialista:

“Las fábricas norteamericanas producen más de lo que el pueblo norteamericano puede utilizar. El suelo norteamericano produce más de lo que el pueblo norteamericano puede consumir. El destino nos ha trazado nuestra política. El comercio del mundo debe ser nuestro y lo será. Y lo conseguiremos de la manera que nos enseñó nuestra madre Inglaterra. Estableceremos puestos comerciales en todo el mundo. Con puntos de distribución de productos norteamericanos. Cubriremos los océanos con nuestra marina mercante. Construiremos una Armada a medida de nuestra grandeza. Grandes colonias, gobernadas por sí mismas, pero enarbolando nuestra bandera y comerciando con nosotros, crecerán en torno a nuestros puestos comerciales. Nuestras instituciones seguirán a nuestros comerciantes en alas de nuestro comercio. Y la ley norteamericana, el orden norteamericano y la bandera norteamericana, se implantarán en playas hasta ahora sangrientas e ignorantes, embellecidas e iluminadas en adelante por aquellos instrumentos de Dios”.

Pero Scott Nearing debió contrastar al mismo tiempo el pensamiento de otros economistas que le precedieron en la crítica del imperialismo, como el del británico John Atkinson Hobson (1858-1940), conocido académica y periodísticamente como J. A. Hobson, quien en 1902 había escrito: “Esta repentina exigencia de mercados extranjeros para las manufacturas y las inversiones, es la responsable de la adopción del imperialismo como norma y práctica política del partido Republicano, al cual pertenecían los más grandes jefes industriales y financieros, y que les pertenecía a ellos. El entusiasmo aventurero de Th. Roosevelt y su partido del ‘destino manifiesto’ y de ‘misión civilizadora’ no deben engañarnos. Los señores Rockefeller, Morgan y sus socios eran quienes necesitaban el imperialismo, y lo colocaron sobre los hombros de la gran República de Occidente. Necesitaban el imperialismo porque necesitaban utilizar los recursos públicos de su país para encontrar empleo provechoso a sus capitales, que de otra manera habrían resultado superfluos…”.

Una idea que el propio Nearing matizaría de esta forma descarnada: “Lo que los gobernantes americanos quieren poseer, lo quitan por la fuerza a los que lo poseen… Los pueblos del mundo saben estas cosas. Los habitantes de la América Latina las conocen por amarga experiencia. Los habitantes de Europa y Asia las conocen de oídas. Tanto en Occidente como en Oriente, los Estados Unidos son conocidos como la Nueva Alemania. Esto significa que los habitantes de estos países miran a los Estados Unidos exactamente del mismo modo que aprendieran a considerar Alemania. Para ellos, los Estados Unidos es un imperio grande, rico y brutal que asienta su planta y pone el puño donde lo necesita…”.

LA NECESIDAD DEL ‘ESTADO GUERRERISTA’…

Pero, dando por evidentes tanto la traza ‘agresiva’ como la traza ‘imperial’ de lo que ya hemos definido como el ‘genoma USA’, no parece difícil que ambas terminen conciliadas precisamente en la industria militar de Estados Unidos, la más poderosa políticamente, punta de lanza de la investigación y el desarrollo tecnológico mundial y también la que industrialmente genera mayor valor añadido, aunque de forma paradójica en sí misma sea una industria improductiva, por no decir destructiva.

El filósofo, matemático, lógico y escritor galés Bertrand Russel (1872-1970), que fue un gran activista social y Premio Nobel de Literatura en 1950, escribió estos significativos párrafos de análisis y denuncia en los últimos años de su vida:

“Los dirigentes del capitalismo norteamericano tienen una necesidad imperiosa de realizar gastos militares. Todas las crisis económicas en los Estados Unidos se han resuelto mediante el complejo militar-industrial a través de la provocación armada, permitiendo el más amplio acrecentamiento de lo que se ha llamado justamente ‘Estado guerrerista’. Este ‘Estado guerrerista’, aparte de requerir una perpetua producción de armas para su propia supervivencia, oprime a la gran mayoría de los pueblos del mundo a fin de proteger su influencia avasalladora sobre sus recursos naturales y la riqueza nacional…”.

“Cuando declaramos enfáticamente que el poder industrial de los Estaos Unidos ha sido usurpado por grupos de gobernantes rapaces y crueles, y aplicado esta política al mundo de manera brutal, se hace tan claro como el cristal que la lucha por la liberación nacional es el único camino seguro hacia la paz mundial. Un sistema tal como el capitalismo norteamericano, que necesita de la guerra para su continuidad y 3.600 bases militares para mantener su control sobre la riqueza del mundo, no puede ser disuadido de su actividad. En la presente etapa de la historia mundial, el imperialismo norteamericano es la principal fuente de explotación y opresión de la tierra. Estados Unidos posee o controla casi el 60 por 100 de os recursos naturales del planeta, aunque sólo alberga al 6 por 100 de la población. Tal es el motivo básico del nivel de hambre en que viven los dos tercios de la población del mundo. Los llamamientos a los gobernantes de los Estados Unidos no producen efecto sobre los mismos. Los intentos para ganarse su favor no sólo habrán de fracasar, sino que alentarán a los aventureros guerreristas del Pentágono. Los Estados Unidos han desplegado en el Vietnam todas las medidas de salvajismo de sus gobernantes…”.

“En el transcurso de la historia ha habido muchos imperialismos crueles y predatorios, pero pocos han sido tan poderoso como el imperialismo estadounidense. Tan pronto como un pueblo se alza contra la opresión, el poderío militar norteamericano entra inmediatamente en acción. El problema, por lo tanto, que afrontan los pueblos del mundo, es cómo reemplazar a los gobernantes de los Estados Unidos que crearon una máquina bélica brutal para proteger su imperio económico… Pero el problema no es sólo el de la agresión militar. Los gobernantes norteamericanos controlan también los mercados mundiales y a través de ellos extraen las riquezas de los pueblos, haciéndolos aún más dependientes de los Estados Unidos… Si nos unimos en un programa de resistencia revolucionaria a la opresión y a la injusticia, podremos liberar a la humanidad. Si no lo hacemos, será la humanidad la que sufrirá…”.

… DE VUELTA CON LA AMENAZA DE LAS ARMAS QUÍMICAS

Todas estas referencias más o menos lejanas, no dejan de ser útiles para entender con exactitud la política exterior de Estados Unidos y el potente componente bélico (‘guerrerista’ como lo definió Bertrand Russel) con el que la ha venido impulsando también a partir de la caída del ‘Muro de Berlín’, y bien evidente en las últimas incursiones bélicas estadounidenses en Oriente Próximo y Asia Occidental. Una idea de correlación estratégica entre la economía y el poder militar esencial en el ‘genoma USA’, pero, al parecer poco percibida en Europa (y desde luego invisible para el ex presidente Aznar y probablemente también para Rajoy) a tenor del apoyo sicario que algunos países del Viejo Mundo prestan complacidos al ‘Tío Sam’ para que su ‘Destino Manifiesto’ llegue por fin a los confines más remotos; es decir para que alcance un nivel cosmogónico, mucho más allá de las originales aspiraciones fascistas de los Bohn, los Beveridge o los O’Sullivan ya citados, para que USA se convierta en el Gendarme Universal.

En nuestra sección de Libros Recomendados, y clasificada en el apartado temático Referentes Sociopolíticos, se puede encontrar una recesión de “El gran tablero mundial”, una de las obras más reveladoras de Zbiegnew Brzezinski, que el autor subtitula como ‘La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos’, y en la que, además de reflexionar sobre lo que ya a finales del siglo pasado (que es cuando la escribió) significaban los recursos de Asia Central en el contexto de las relaciones internacionales, también realiza una inteligente aproximación prospectiva sobre los años venideros. Por supuesto, esforzándose en demostrar que, en ese futuro, no caben alianzas posibles en contra de Estados Unidos y evidenciando cierta nostalgia de la preponderancia que alcanzó tras la II Guerra Mundial.

Aunque, a los efectos críticos que evidentemente estamos planteando, quizás sea más ilustrativo acceder al análisis de dicha obra realizado por Moussa Garduño, de la Universidad Nacional Autónoma de México (Facultad de Ciencias Políticas y Sociales), en el que pormenoriza de forma rigurosa las percepciones y propuestas geoestratégicas del politólogo Brzezinski para salvaguardar la supremacía estadounidense a nivel mundial. Ver: Análisis de la obra de Zbiegnew Brzezinski "El gran tablero mundial".

De cualquier forma, y dado que esta Newsletter no pretende ser un ensayo ni una tesina sobre la política exterior de Estados Unidos y su componente belicista, sino sólo una advertencia sobre el objeto real que encubre su obsesivo intervencionismo armado, y en particular sobre sus objetivos más próximos, es decir, ahora sobre la ‘operación de castigo’ (que oficialmente no será de ‘derrocamiento’) contra el régimen sirio de Bashar al-Assad, que es como empezó la inútil y diabólica última guerra de Irak, recordemos la parodia montada por Estados Unidos tras los atentados del 11-S con la ‘amenaza’ de unas ‘armas químicas de destrucción masiva’, realmente inexistentes en el arsenal bélico de Saddam Hussein. Un cuento chino que, apoyado por informes falsos de la CIA y el MI-6 (similares a los que, si conviene, ahora aparecerán a no dudar sobre Siria), obnubiló a José María Aznar hasta integrarle en el ‘Contubernio de Las Azores’ como el sicario más gratuito del Tío Sam (por cierto, aunado mano a mano con los colonialistas de Gibraltar).

Aunque lo realmente abracadabrante fue el lamentable espectáculo ofrecido entonces por la ministra española de Asuntos Exteriores, Ana Palacio, defendiendo sin ton ni son las mentiras y procelosas maniobras diseñadas en las alcantarillas de la CIA, el Pentágono y la propia Casa Blanca sobre la amenaza mundial de las armas químicas iraquíes. Durante una rueda de prensa compartida el 15 de agosto de 2003 en Madrid con Ayad Alaui, un títere de la CPA (la Autoridad Provisional de la Coalición establecida en 2003-2004 como ‘gobierno transitorio’ por los países que invadieron Irak para deponer el gobierno de Saddam Hussein), insistía de forma rabiosa en que la existencia de armas de destrucción masiva en Irak estaba “probada” desde antes de iniciarse la guerra. Y, aún más, casi al borde del cretinismo afirmaba que en aquellos mismos días ya se habían encontrado algunas enterradas en los jardines de casas particulares bagdadís y, si cabía todavía mayor absurdo, “en pozos cavados en medio del desierto”

Infinita es la información publicada sobre aquel vil engaño de la amenaza que representaba el inexistente arsenal de armas químicas y bacteriológicas de Irak, nacido en las podridas mentes de quienes, ejerciendo a menudo como despiadados depredadores humanos (prácticamente de cromosoma partido), no dudan en llamarse a sí mismos ‘combatientes responsables’, a la postre dejada en total evidencia mundial. Pero, a pesar de ello, ejercicio de intoxicación y desinformación siempre vivo y recurrente del ‘Gendarme Universal’ para justificar sus atrocidades bélicas en la conquista del poder económico.

Como es lógico, no parece necesario traer a colación todas aquellas noticias demoledoras, pero sí que conviene recordar el meritorio papel que jugó al respecto Hans Blix, entonces presidente de la Comisión enviada en 2003 por la ONU para inspeccionar in situ los arsenales iraquíes, desde luego sin encontrar en ellos el menor rastro del amenazante pero falso arsenal denunciado por Estados Unidos, restaurando la verdad de los hechos. Y, sobre todo, observar cómo Blix percibe ahora la estrategia norteamericana en relación con Siria.

A este efecto, reproducimos la entrevista concedida por el diplomático sueco al director del Global Viewpoint Network de Los Ángeles, Nathan Gardels, recién publicada por El País (29/08/2013) y que circula profusamente por la Red. En ella, el hombre que por cuenta de la ONU dirigió las inspecciones de armamento en Irak opina que, en el caso de Siria, hay que esperar al informe de los expertos antes de tomar medidas y que, como se refleja en su título, Estados Unidos no es el ‘Gendarme Universal’ que pretende ser:

HANS BLIX – Ex inspector jefe de armamento de la ONU para Irak

“EE UU, sea con Obama o con Bush, no es la policía del mundo”

Fue inspector jefe de armamento de Naciones Unidas para Irak de 2000 a 2003, director general del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) de 1981 a 1997 y ministro de Asuntos Exteriores de Suecia en 1978 y 1979. Hans Blix (Upsala, 1928) advierte ahora que “tanto si se trata de Obama en Siria como de Bush en Irak, EE UU no es el policía del mundo”.

Pregunta. Basándose en su experiencia, ¿cree que el veredicto de los servicios secretos occidentales de que El Asad empleó armas químicas es creíble y fiable?

Respuesta. Sin duda alguna, los indicios apuntan a que se han empleado armas químicas. Además, las pruebas circunstanciales indican que el régimen de El Asad ha empleado dichas armas. Sin embargo, como las potencias occidentales han solicitado que Naciones Unidas realice inspecciones -y Siria las ha aceptado y se ha enviado sobre el terreno a un equipo de inspectores- deberíamos esperar al informe de los inspectores antes de tomar medidas. Como hemos visto antes, la dinámica política va por delante del debido proceso.

P. ¿Es una situación parecida a la de Irak con el presidente Bush hijo?

R. En cierta manera, sí. Por aquel entonces, los estadounidenses y sus aliados también pidieron inspecciones para buscar armas de destrucción masiva. Por aquel entonces también dijeron: “Olvídenlo, tenemos suficientes pruebas en nuestro poder para intervenir. Somos la policía del mundo. ¡Nuestros ciudadanos exigen que intervengamos inmediatamente!”. No comparto la declaración de EE UU de que “es demasiado tarde” para que Siria coopere ahora. Es una excusa pobre para intervenir militarmente. Hace solo unos meses, en marzo, Occidente estaba satisfecho con las inspecciones relacionadas con el uso de armas químicas. ¿Por qué no puede esperar otra vez ahora? Dentro de un mes, cuando tengamos muestras de tejidos precisas, sabremos con exactitud qué clase de armas químicas se han empleado y quién posee dichas armas.

P. ¿Pero ahora es el presidente Barack Obama, y no George W. Bush, quien está asumiendo el papel de policía del mundo?

R. Sí. Hace poco tiempo, era el único que hablaba de la legalidad internacional. Eso me dio ánimos. Pero ahora, me temo que la política del momento le está empujando en una dirección que ya hemos visto antes en EE UU. Al primer ministro británico, David Cameron, tampoco parece preocuparle mucho la legalidad internacional. Y esta vez, tampoco a los franceses. En lo que a ellos respecta, se ha cometido un acto criminal, por lo que ahora tienen que tomar lo que ellos llaman “represalias”. No veo contra qué van a tomar represalias. Las armas no se usaron contra ellos. Tendrían que ser los rebeldes los que quieren tomar represalias. Si el objetivo es poner fin al incumplimiento de la legislación internacional e impedir que otros usen armas químicas, la acción militar sin esperar a ver el informe del inspector de la ONU no es la forma de proceder. Se trata de la policía del mundo, no de la legislación mundial.

P. ¿Saben los servicios secretos occidentales dónde están las armas químicas? ¿Puede ser eficaz un ataque aéreo?

R. Bueno, los israelíes saben dónde están. Pero en mi opinión, un ataque a los arsenales con misiles de crucero tiene la desventaja de que las armas químicas podrían propagarse por los alrededores.

P. ¿Cuáles serán las consecuencias de que EE UU y sus aliados actúen una vez más sin Naciones Unidas? Primero fue Kosovo y luego Irak. Ahora, según parece, Siria se unirá a la lista.

R. En Kosovo, la intervención se basó en el visto bueno de la OTAN. No fue suficiente. No creo que la aprobación de la OTAN sea satisfactoria en lo referente al derecho internacional. Es necesario tener la aprobación del Consejo de Seguridad. En el caso de Irak, al Gobierno de Bush no le preocupaba lo más mínimo la ONU. Simplemente siguió adelante con los británicos y unos cuantos países más. Fue una muestra de desprecio absoluto hacia la ONU. Recuerdo que John Kerry, el actual secretario de Estado, que por aquel entonces era senador, fue ridiculizado por decir que EE UU debería esperar a las inspecciones de la ONU y su aprobación para tomar medidas. Tras la guerra de Irak, Obama, en su discurso del premio Nobel, también sostuvo que no se deberían tomar medidas militares contra otros Estados sin la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU. Eso era antes, supongo, y ahora es ahora. En Libia, hubo una resolución del Consejo de Seguridad, pero se interpretó libremente después de los hechos, llevando su intención inicial de proteger a los civiles de un ataque inminente hasta el derrocamiento de [Muamar el] Gadafi.

P. Pero los rusos y los chinos nunca darán su visto bueno a que se adopten medidas militares contra Siria, así que, ¿por qué intentar siquiera seguir la senda de la ONU?

R. Los rusos y los chinos han dicho que quieren “unas inspecciones justas y profesionales” en Siria. Los iraníes también están de acuerdo. En este tema tienen intereses importantes; los iraníes son los que más han sufrido en el mundo por el uso de armas químicas en su guerra contra Irak durante la época de Sadam. No toleran el uso de armas químicas por parte de sus amigos de Damasco. En mi opinión, es muy posible que se pueda lograr la condena mundial de Siria en el Consejo de Seguridad -incluida la de Rusia, China e Irán- si las inspecciones demuestran las sospechas.

P. ¿Pero nunca estarán de acuerdo con la intervención militar?

R. China y Rusia no aceptarán la intervención militar, eso es cierto. Pero preguntémonos: ¿qué tipo de intervención militar es verdaderamente posible, y qué efecto tendrá realmente? Un ataque con misiles de crucero a los depósitos de armas sospechosas en Siria tendrá pocas consecuencias, y quizás ninguna. Acuérdese de los ataques punitivos con misiles de crucero del presidente Clinton en 1998 a los supuestos campos de entrenamiento de terroristas en Afganistán y a una supuesta fábrica de gas nervioso en Jartum, Sudán. Los ataques en Afganistán no hicieron nada para detener a Al Qaeda. Jartum resultó ser un completo error. Era una planta farmacéutica. Si el único objetivo de la intervención militar es “castigar” a El Asad para complacer a la opinión pública y a los medios de comunicación sin siquiera oír los informes de los inspectores de la ONU, será un día triste para la legalidad internacional.

© 2013 Global Viewpoint Network

Es más, quien tenga interés en recordar lo sucedido en el caso de Irak y la firme posición que entonces mantuvo Hans Blix, puede leer la ilustrativa entrevista que, cuando ya había dejado el cargo presidente de la Comisión enviada en 2003 por la ONU para inspeccionar in situ los arsenales iraquíes, concedió a Ernesto Ekaizer, publicada por El País (29/02/2004) con el título “EE UU minó la credibilidad de los inspectores de la ONU” (acceso en: http://elpais.com/diario/2004/02/29/domingo/1078030355_850215.html).

En aquella ocasión, las ideas-fuerza lanzadas por Blix, se concretaron en resúmenes como estos:

  • “Hicimos más de un centenar de inspecciones. Concretamente hallamos muchas cosas sin justificar, pero eso no significa que las armas estaban allí”.
  • “John Wolf, del Departamento de Estado, ejercía una forma de presión. Era sugerir: Diga que los aviones son para dispersar armas biológicas y químicas”.
  • “Los inspectores decíamos que Irak no había aceptado el desarme; pero, al mismo tiempo, nuestros informes no aseguraban que existieran esas armas”.
  • “Chirac me dijo que los servicios de inteligencia a veces se intoxican unos a otros. Él no creía que Irak tuviera armas de destrucción masiva”
  • “Powell nos dijo que si las inspecciones no daban resultado, EE UU no vacilaría en desacreditarlas en favor de la intervención armada. Fue una cosa brutal decir eso”.
  • “¿De dónde salían las cintas en las que presuntos oficiales iraquíes hablaban de destruir agentes químicos? ¿Quiénes las habían proporcionado?”…

Ahora, la historia anuncia con repetirse y la reaparición mediática de Blix, ya con 85 años cumplidos, nos recuerda también lo que el 9 de marzo de 2004 aseguró en Barcelona, cuando acudió para recibir el Premio por la Paz de la Asociación para Naciones Unidas en España (ANUE), por su defensa de la solución pacífica de los conflictos: que los Servicios de Inteligencia de “muchos” países “exageraron y malinterpretaron” erróneamente los indicios sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, y que los líderes políticos que apoyaron la guerra “se equivocaron”.

Blix estimó entonces que los atentados del 11-S “fueron el punto clave que hizo surgir todas las teorías sobre el terror” y que aquel ataque propició una tendencia a “ver todas las suposiciones bajo una luz aterradora, y lo mismo hicieron los servicios de inteligencia, fiarse demasiado de los indicios”. Claro está, afirmó, que “eso no es una excusa para los líderes políticos: ellos deberían haber planteado preguntas más cruciales”, aunque también afirmó que, en su opinión, “no lo hicieron de mala fe”… De hecho, admitió que, en diciembre de 2002, él mismo llegó a sospechar que Irak poseía armas de destrucción masiva, aunque a medida que avanzaba en las investigaciones se fue volviendo “más escéptico” y que, si le hubieran permitido continuar con las inspecciones, “es posible que hubiera podido demostrar que no existían esas armas”. Cuando él y sus inspectores abandonaron Irak, “no se podía garantizar que no había armas, pero sí que había suficientes dudas para prolongar el tiempo de las inspecciones”, afirmó.

En la opinión del prestigioso diplomático sueco, expuesta en la reunión de Barcelona de 2004, los gobiernos que promovieron la guerra de Irak, entre ellos el español presidido por José María Aznar, “intentaron minar el trabajo de los inspectores, porque pensaban que efectivamente había armas de destrucción masiva en Irak”. Como consecuencia de aquella actitud, Blix sostuvo que “la gente tiene ahora menos confianza en esos gobernantes”.

Blix también explicó que Estados Unidos y Reino Unido no sometieron a votación del Consejo de Seguridad de la ONU una resolución que permitiera el inicio de la guerra porque sabían que no obtendrían mayoría, “con lo que demostraron que pensaban que lo podían hacer solos, sin tener en cuenta a la comunidad internacional”. Pero obviamente “con lo que no contaron es con las consecuencias que ello tendría sobre el resto del mundo, respecto a la legitimidad de su acción”, concluyó  Blix, considerando que la guerra de Irak supuso “una lección para el mundo”, poniendo de relieve que “contar con el apoyo del Consejo de Seguridad no es un detalle sin importancia”

ESPAÑA, SICARIO GRATUITO DEL GENDARME UNIVERSAL

Cierto es que el hombre es el verdadero creador de su destino y que cuando no está convencido de esa potencialidad, no es nada en la vida. Nosotros no vamos a negar de ninguna forma esa capacidad individual o colectiva de los seres humanos para forjar su propio destino, ni siquiera a Estados Unidos; entre otras cosas porque, hoy por hoy, lamentamos que España carezca del suyo como pueblo y como nación.

Pero John Milton (1608-1674), poeta y ensayista inglés cuyo pensamiento político inspiró en gran medida la redacción de la propia Constitución de los Estados Unidos de América, también afirmaba no creer en la casualidad ni en la necesidad, y sostenía: “Mi voluntad es el Destino”. Algo que François Mauriac (1885-1970), Premio Nobel de Literatura en 1952, dijo de forma distinta al reconocer que “las huellas del hombre sobre el hombre son eternas”, lo que le llevó a la inteligente conclusión de que “ningún destino ha atravesado impunemente el nuestro”.

Por ello, no queremos concluir sin precisar que quienes pueden cambiar sus pensamientos, pueden cambiar igualmente su destino. Estados Unidos tiene el suyo, habiendo elegido el omnímodo del imperialismo económico y el de comandar a su imagen y semejanza la gendarmería planetaria, el ordeno y mando a nivel cosmogónico, incluso por encima de su creador. Mientras España se conforma con otro de tono menor: el de sicario gratuito de ese mismo Príncipe de las Tinieblas, a quien los alienados yihadistas de Al Qaeda llaman, quizás sin razón, ‘Satán’.

Y es justo recordar que ese aventajado aspirante a Gran Señor del Universo, hoy dueño de medio mundo y odiado casi por el otro medio, fue el que infligió a las Fuerzas Armada españolas la mayor humillación militar de toda su historia (primero en la bahía de Manila -batalla de Cavite- y a continuación en la de Santiago de Cuba…). Y que también fue el que, cuando España ingresó en la OTAN, se opuso a cubrir con su manto protector los territorios de Ceuta y Melilla como sin embargo cubría los territorios argelinos de Francia, por ejemplo. Sin tener que comentar lo poco que el mismo ‘amigo americano’ que ha puesto Rota en el punto de mira de los misiles estratégicos rusos, hace por solucionar el contencioso de Gibraltar (una ‘colonia OTAN’) o por sustanciar el derecho proclamado por la ONU a la libre autodeterminación del pueblo saharaui…

Claro está que al Gendarme Universal únicamente le interesan sus propios intereses, como advirtió con gran sinceridad Anthony Lake tras la caída del ‘Muro de Berlín’ y la conclusión de la Guerra Fría, al margen por supuesto de los intereses generales de la Humanidad. Por eso no acepta más armas nucleares, químicas, bacteriológicas, o de cualquier otro efecto devastador masivo e indiscriminado, que las suyas; por eso se pasa el Protocolo de Kioto por la entrepierna; por eso renueva sus arsenales bélicos de forma constante, desprendiéndose de los stocks obsoletos en las guerras que le son más oportunas, porque es más práctico que desmilitarizarlos -aunque menos ecológico- y porque así reactiva su ingente y dominadora industria ‘guerrerista’ en continuo desarrollo tecnológico…

Y por eso, el ‘genoma USA’, la carga belicista de Estados Unidos, se hereda de presidente a presidente sin solución de continuidad, aunque alguno, como Obama, sea paradójicamente Premio Nobel de la Paz (¡qué sarcasmo, qué inmenso sarcasmo!). Una transferencia con su exponente más claro en la familia Bush, a partir de que en febrero de 1991, a punto de concluir la guerra del Golfo que conllevó la primera invasión de Irak, ni corto ni perezoso el presidente George Bush I afirmara en su discurso sobre el Estado de la Nación: “Como estadounidenses sabemos que hay veces en que debemos dar un paso al frente y aceptar nuestra responsabilidad de dirigir al mundo, lejos del caos oscuro de los dictadores. Somos la única nación en este planeta capaz de aglutinar a las fuerzas de la paz”...

Nada, pues, de esperar para iniciar una nueva escalada bélica (con derivas previsibles graves) a que los inspectores de la ONU concluyan sus informes sobre el uso de armas químicas en la guerra civil siria, y nada de averiguar quienes, en su caso, las usan verdaderamente: si las tropas leales de El Asad o algunas de las muchas facciones rebeldes que se le enfrentan, entre ellas los Hermanos Musulmanes y bandas organizadas de Al-Qaeda a las que el Gendarme Universal persigue y masacra cuando le interesa o protege de forma encubierta a su pura conveniencia. Un engaño de bajeza sin límite que sus sicarios más gratuitos, por ejemplo los gobernantes del PP, aceptan sumisos en contra de la voluntad de sus gobernados.

Rajoy ya se ha medio bajado los pantalones en cuanto se lo ha pedido Obama para respaldar sus aventuras de poder, gratis et amore Dei, como se los bajó Aznar con George Bush II, malversando sin cuento la dignidad y el honor nacionales. Pero, ¿será capaz de embarcarnos definitivamente en otra injustificada guerra del ‘amigo americano’…? No sería digno ni tampoco honorable, pero todos los indicios apuntan a que, cuando llegue el momento, así será. Por ello le advertimos modestamente que Estado Unidos no es, ni mucho menos, el Gendarme Universal.

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