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El militar, leal antes que demócrata, que paró el golpe del 23-F

GUILLERMO QUINTANA LACACCI nació el 6 de julio de 1916 en El Ferrol (La Coruña), en el seno de una familia con tradición militar de padres y abuelos, que en la generación siguiente continuaron sus cuatro hijos varones. Dos de ellos siguieron su misma carrera militar en el Arma de Infantería, mientras que los otros dos optaron por ingresar en la Armada.

Si bien el escalafón oficial reconocía el 21 de enero de 1936 como fecha de su inicio en el servicio, en sus apuntes biográficos personales figura el año anterior, 1935, como el de su ingreso en la Academia de Infantería de Zaragoza, tras superar el primer curso de Ciencias Exactas en la Universidad de Santiago de Compostela, cumpliendo así la exigencia previa que entonces estaba vigente para iniciar la carrera militar.

Ascendió a capitán en 1941 y en 1945 se alistó como voluntario en el Regimiento nº 262 de la denominada “División Azul” (encuadrada en la 250 División del Ejército alemán), obteniendo el mando de la VI y VII compañías. En aquella campaña de Rusia fue distinguido con la Medalla Militar Individual por los méritos contraídos en combate.

Entre otros destinos significativos de su carrera militar se pueden citar el Regimiento de Infantería “Zamora” nº 8, el IV Tabor de Regulares de Ceuta y el Regimiento de Infantería “Zaragoza” nº 12. Como comandante y teniente coronel prestó servicio en el Regimiento de la Guardia del Jefe del Estado, del que ostentó el mando al ascender a coronel. Como general de brigada fue designado jefe de la Brigada de Alta Montaña nº 5, con base en Jaca. Posteriormente, en diciembre de 1973, fue nombrado director de la Academia General Militar de Zaragoza.

Guillermo Quintana ascendió a teniente general el 16 de abril de 1979, siendo designado el inmediato 24 de abril capitán general de la I Región Militar (Madrid). Su nombramiento, propiciado por el baile de vacantes que provocó la petición de su predecesor en el cargo, el teniente general Manuel De la Torre Pascual, de ser trasladado a la capitanía General de Baleares por razones personales, produjo cierta sorpresa, dado que ocupaba el último lugar en el escalafón de su empleo.

En aquel destino afrontó los sucesos del 23-F, poniéndose de forma inequívoca a las órdenes del rey Juan Carlos, aunque al iniciarse el intento de golpe de Estado estuviera de “guardia expectante” en su despacho oficial junto con el general Sáenz de Tejada, que entonces era su jefe de Estado Mayor, con el plan de operaciones para sumarse a la iniciativa de Milans del Bosch encima de la mesa. Su actitud final fue, en todo caso, decisiva para abortar la intentona golpista.

En mayo de 1980 se mostró partidario de endurecer al máximo la sentencia del Consejo de Guerra que había enjuiciado la denominada “Operación Galaxia”, protagonizada por el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero y por el capitán de Infantería Ricardo Sáenz de Ynestrillas, sin conseguirlo, aunque de forma que el Gobierno estimó acertada.

Tras permanecer al frente de la Capitanía General de Madrid durante tres años, pasó reglamentariamente a la situación de disponible el 14 de abril de 1982, y a la reserva el 18 de enero de 1984.

En el acto de su despedida como jefe de la I Región Militar ante la División Acorazada “Brunete” nº 1, que se celebró en el acuartelamiento de “El Goloso”, el teniente general Quintana pronunció un discurso a caballo entre la defensa de la disciplina y el respeto a la legalidad de gran importancia en aquellos momentos, muy tensionados por la celebración del Consejo de Guerra instruido contra los procesados que participaron en el golpe del 23-F, entre los que ocupaba un destacado lugar el antiguo jefe de aquella misma emblemática unidad, Jaime Milans del Bosch. Tras referirse a la Constitución Española, de la que leyó textualmente varios artículos, entre ellos los referentes a la forma política del Estado, al fundamento de la propia ley, a la misión de las Fuerzas Armadas y a la bandera, completó su introducción afirmando: "Las Fuerzas Armadas son obedientes y disciplinadas, y sólo les preocupa el cumplimiento del deber y la preparación de sus unidades para poder cumplir cualquier misión particular que se les encomiende, en un momento determinado, dentro de la general que le señala el artículo octavo de la Constitución, que consiste en garantizar la soberanía e independencia de la patria, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional".

A continuación recordó algunas citas comparativas, entre ellas una del filósofo danés Kierkegaard: "Todo maestro es siempre un alumno; la enseñanza empieza cuando tú, maestro, aprendes del discípulo". Acto seguido pidió a los militares neutralidad frente a las luchas políticas, advirtiendo del peligro que supone "la operación psicológica que se está desarrollando para desunir al Ejército".

En su discurso afirmó: "El poder político, el Gobierno como conjunto de ministros del Estado, tiene como meta el bien común y el militar que ve que se busca el bien de la sociedad y de su Patria, ateniéndose a la Constitución y a las Leyes, debe en todo momento obedecer sus órdenes. Por ello los militares deben obedecer las órdenes de éste Gobierno. Esto ocurre en todos los países del Mundo. En la segunda guerra mundial, un político, Churchill, dirigió toda la política de guerra".

Concluyó pidiendo "unión, confianza y gran ilusión en torno al rey Juan Carlos", recordando también una frase proverbial del filósofo alemán Spengler: "Los pueblos que olvidan su historia están condenados irremisiblemente a repetirla". El teniente general Quintana, acompañado por los principales mandos de la División, se despidió uno por uno de los jefes, oficiales y suboficiales.

Previamente, fue recibido por el jefe de la División, el general Víctor Lago, quien, tras hacer un encendido elogio de su superior, le anticipó: "Puedes marcharte tranquilo y orgulloso. Nadie podrá reprocharte ninguna de las decisiones que tomaste, ya que siempre has cumplido con tu deber".

Dos años más tarde, el 29 de enero de 1984, Guillermo Quintana fue asesinado por ETA en la entrada de su domicilio situado en la madrileña calle de Romero Robledo nº 20, cuando regresaba de asistir a la misa dominical en un parroquia cercana. En ese momento se encontraba acompañado de su mujer, María Elena Ramos, que resultó herida leve en una pierna al intentar protegerle del insistente tiroteo etarra. En el curso del atentado también fue herido leve el coronel retirado Ángel Francisco Gil Pachón, que paseaba casualmente por el lugar de los hechos.

El cuerpo sin vida del teniente general Quintana permaneció en el lugar donde fue asesinado, cubierto por una manta, hasta que el juez de guardia autorizó el levantamiento del cadáver. En ese momento, el único militar de uniforme presente, el general de división Prudencio Pedrosa, entonces jefe de la División Acorazada “Brunete” nº 1, despidió al cadáver en posición de saludo.

Además de ostentar la Medalla Militar Individual, Guillermo Quintana fue distinguido con otras significadas condecoraciones españolas y extranjeras (tres Cruces de Guerra, Cruz de Hierro y Medalla del Mérito Militar de Alemania, Medalla de la Campaña del Este, Gran Cruz de San Hermenegildo, Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco, Orden de Cisneros del Yugo y las Flechas…).

Con motivo del fallecimiento del general Franco, Guillermo Quintana se pronunció públicamente en los siguientes términos: “Creo que fue el Generalísimo uno de los militares españoles mejores de todos los tiempos, y que sacrificó su vida entera por España. Como estadista, la Historia se encargará de juzgarlo. Su prestigio militar fue enorme dentro del Ejército”.

Su perfil de auténtico franquista leal al mando, más que a la propia democracia, quedó perfectamente reflejado en las declaraciones que hizo poco tiempo después del 23-F al ex ministro de Defensa, Alberto Oliart, reproducidas en el libro de Charles Powell “España en Democracia, 1975-2000” (Plaza & Janés, 2001): “Soy franquista…, adoro la memoria del general Franco, he sido ocho años coronel de su regimiento de guardia, llevo esta medalla militar que gané en Rusia, hice la guerra civil y ya te puedes figurar como pienso. Pero el Caudillo me dio orden de obedecer a su sucesor y el Rey me ordenó parar el golpe y lo paré; si me hubiera ordenado asaltar las Cortes, las asalto”. Una confesión absolutamente creíble que Paul Preston también recoge en su libro “Juan Carlos: El Rey de un pueblo” (Plaza & Janés Editores, 2004).

 

FJM (Actualizado 05/09/2011)

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